Quintín Calle Carabias
Doctor en Filología Moderna, profesor titular de la UMA y Presidente de la SEMA
Decir de alguien que es muy apuesto es hablar bien de él, aunque no se sepa exactamente en qué consista tal virtud. Curiosamente, por más que el término ‘aposición’ sea del género femenino, se aplica más al sexo contrario. El diccionario de la RAE no está muy acertado –más bien torpe– en su definición: «Ataviado, adornado, de gentil disposición en la persona». Sobresale en cambio su corpus de sinónimos, y de ellos cabe deducir que la persona ‘apuesta’ es de porte distinguido.
Definición muy bonita, esta última, pero de tanta vaguedad como la anterior. Y es que ser apuesto no es una virtud, sino varias a la vez, que implican el aspecto físico (belleza, elegancia en el vestir y el andar), la disposición (naturalidad en los gestos y ademanes) y el aspecto moral (austeridad y firmeza en la expresión). Esto es básicamente la ‘apostura’, condición y méritos sobrados para que alguien desee verse junto a dicha persona sin intermediarios. Y, a poder ser, toda la vida.

RAE. El libro de estilo de la lengua española según la norma panhispánica de la Real Academia Española, 2018
La lengua utiliza a menudo este recurso, aponiendo o yuxtaponiendo dos términos, sin elementos de relación por medio (lat. ad-pónere y juxta-pónere: ‘poner junto a’. Añado el acento, inexistente en latín, para la evitar la tentación de pronunciarlo como la pobre ‘sanitas’, afectada ya de enfermedad crónica). Ejemplos de aposición: palabra clave, hombre orquesta, ciudad estado, alma cántaro. En francés tenemos el bloque paradigmático dedicado a París, La Ville lumière, así denominada, no por su iluminación, sino por albergar ‘las luces de la razón’, según los enciclopedistas, que se reunían allí periódicamente.
En los ejemplos citados se unen dos elementos de igual naturaleza: sustantivos, que, aunque yuxtapuestos, no tienen igual función sintáctica. Manuel Seco, en su Gramática esencial del español (1991) tantas veces citada aquí, no es muy generoso en su análisis. Sí lo es, en cambio en su Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española (1991), donde distingue una aposición ‘explicativa’, cuyo segundo término nada añade al primero (el caso de ‘Madrid capital’); y otra ‘especificativa’, cuyo segundo término define al primero, evitando confundirlo con otros. Ejemplo: David rey. Y ahí se queda.
El libro de estilo de la lengua española según la norma panhispánica de la Real Academia Española (2018) no habla de ‘aposición’; la trata en su parte gramatical (G) dentro del apartado «Número: singular y plural» (G-21). No entra en definiciones ni en razones que justifiquen y sirvan de guía para otros casos. Se limita a decir: «En casos como carril bici, solo pluraliza el primer elemento, que es el núcleo: carriles bici. […] No obstante, si el segundo elemento admite un uso similar al de un adjetivo, es frecuente, e igualmente válido, que pluralice: palabras clave o palabras claves […]». Subrayamos “es frecuente e igualmente válido”, porque se da por bueno lo que es frecuente.
Esto plantea un problema colateral: la corrección en el uso de la lengua. De esto, al menos explícitamente, la RAE últimamente no quiere ni oír hablar. En su lugar usa el término ‘aceptable’ o ‘válido’, como en el caso anterior. «Que las lenguas cambian es un hecho de dominio público. Incluso el no lingüista observa continuos cambios lingüísticos, la creación de nuevas palabras, la desaparición de las viejas, las modificaciones de la lengua escrita, las variaciones del estilo y el surgimiento de modas en la manera de escribir. Hasta cabe observar cambios de pronunciación en el transcurso de unos pocos años…» (Bertil Malmberg, La lengua y el hombre, Madrid, Istmo, 1981: 235-236). Pero es-tos cambios, añade luego, ocurren tan lenta y parcialmente que no implican la ruptura completa del código lingüístico, base de la comunicación verbal.

Bertil Malmberg. La lengua y el hombre, 1981
Saussure y Coseriu trataron este asunto desde ángulos complementarios. Ferdinand de Saussure distingue entre ‘lenguaje’ (capacidad general de comunicación [de los seres vivos]) y ‘lengua’, que «no es más que una determinada parte del lenguaje [relativa a la comunicación verbal], producto social de la facultad del lenguaje [y como tal], conjunto de convenciones necesarias adoptadas por el cuerpo social para permitir el ejercicio de esa facultad en los individuos» (Curso de lingüística general, Madrid, Alianza Editorial, 1987: 24-25). A su vez, Saussure distingue entre ‘lengua’ (sistema) y ‘habla’ (manifestación individual del sistema de cada lengua).
Eugenio Coseriu añade una distinción más: la ‘norma’ (Sistema, norma y habla, Montevideo, 1952). Según él, la distinción de Saussure se queda corta y habría que tener en cuenta tres elementos: el sistema (lo que puede decirse), la norma (lo que suele decirse) y el habla (lo que realmente dice cada individuo). En un trabajo posterior distinguiría entre «Lo correcto y lo ejemplar» (El problema de la corrección idiomática, Madrid, 1956; ver la edición de Alfredo Matus Olivier y José Luis Samaniego Aldazábal: Competencia lingüística y criterios de corrección, Universidad de Sevilla, 2019, revisada por el propio Coseriu).
En resumen, ‘correcto’ es lo que corresponde a una tradición lingüística real de una comunidad; y ‘ejemplar’, la norma culta o estándar (entiéndase algo semejante al propósito del Diccionario de Autoridades). El problema no acaba aquí, pero yo sí, que debo acabar mi artículo.
Es comprensible que la gramática, junto con la lógica y la retórica, conformaran el trívium medieval universitario, las tres vías para el conocimiento de las ciencias sermocinales o del habla. Se trata, pues, de un asunto ‘trivial’, es decir, elemental. Tratemos de encontrar la lógica de la aposición.
El problema de la ‘aposición’ que nos ha traído aquí sigue irresuelto, porque el sustantivo –en los ejemplos citados y en todos los casos– es una parte variable de la oración. Cuando el primer sustantivo torna a plural, ¿debe obligar al segundo a hacer otro tanto? Por ejemplo, el reiterado ‘decreto-ley’.
El Diccionario jurídico Espasa (1991), toma del derecho administrativo la siguiente definición: «Normas con rango de ley que emanan por vía de excepción de un órgano que no tiene constitucionalmente atribuido el poder legislativo, concretamente el Gobierno».

Diccionario jurídico Espasa, 1991
Es decir, ‘norma con rango de ley’ genera ‘decreto-ley’ con toda justeza. Pero, cuando no hay una sola norma, sino varias, no por ello hay muchos ‘rangos de ley’, porque su naturaleza no se multiplica, todos los decretos, por muchos que sean, coinciden en la misma y única naturaleza, ‘el valor o rango de ley’. En consecuencia, el plural de esa aposición debe ser un decreto-ley, dos decretos-ley, tres decretos-ley y así. Pues no, señor. Contra su propia lógica (aposición ‘especificativa’), el señor Seco resuelve que «el plural de este nombre es decretos-leyes (no decretos-ley [sic])» Diccionario de dudas…
Pero la lengua no funciona nunca por decreto-ley ni por complacencia, como acepta el Libro de estilo citado en el caso de “palabra clave, palabras clave y palabras claves”, porque, supuestamente, el segundo término (‘clave’) “funciona como adjetivo”. Apliquemos la lógica del caso anterior: el término ‘clave’ (en aposición especificativa) permite distinguir las palabras que ‘abren’ la puerta a la comprensión de un misterio, de otras que no sirven para ello. Y esa cualidad (servir de llave) es única (nadie tiene varias llaves para una misma cerradura). Rechazamos, pues, en este caso la razón del sustantivo con valor de adjetivo.
Por este ilógico camino encontramos titulares que nos ponen los ojos de camaleón: «El Tour 2027, con dos contrarrelojes, acabará en los Pirineos» (Sur, 23.10.2026 p. 42). Así, con dos… contrarrelojes. En un mundo tan inestable como el nuestro, sólo pensar que van a cronometrar la etapa con varios relojes, es dar por seguro que hay tongo. ¿Cuál de los varios es el bueno? En este caso la misma aposición es bastarda, pues no une dos elementos de igual naturaleza como en los casos anteriores, sino una preposición (elemento invariable) y un sustantivo, único que podría variar, pero no tiene porqué. Para eso están los determinantes (artículos, demostrativos, numerales, etc.): una contrarreloj, dos contrarreloj, tres contrarreloj… Una carrera, para ser justa, no puede admitir más que un mismo y único elemento de medición. Lógico por trivial.
Una buena aposición, también la lingüística, debe mostrar apostura. Un garbanzo negro no estropea el cocido; pero media olla de garbanzos negros, por muchos que sean, no hacen bueno el cocido. Y ese día tocaría ayunar…
epistemai.es – Revista digital de la Sociedad Erasmiana de Málaga – ISSN: 2697-2468
Citación: Calle Carabias Q. Con dos… contrarrelojes. De la apuesta aposición. epistemai.es [revista en Internet] 2026 octubre (30). Disponible en: https://epistemai.es/archivos/10295
