Pedro Luis Pérez Frías
Doctor en Historia. Academia Andaluza de la Historia
El 7 de octubre de 1571 tuvo lugar una batalla naval en aguas del mar Jónico, en la entrada del actual golfo de Patras que, a su vez, comunica con el de Corinto; ambos separan la costa norte de la península del Peloponeso del resto de la Grecia continental.
Este enfrentamiento naval fue conocido como ‘batalla de Lepanto’ desde el primer momento, por ser el puerto, y ciudad, de este nombre (actualmente Naupacto) donde se encontraba concentrada la armada turca antes del combate. El otro contendiente fue una armada formada por embarcaciones de España, Venecia y los estados Pontificios, como consecuencia de una alianza denominada ‘Santa Liga’, propiciada e impulsada por el Papa Pío V.

Pío V. Museo Naval de Madrid
Desde el primer momento la batalla fue objeto de atención para los escritores coetáneos y, posteriormente, numerosos historiadores han descrito esta batalla, sus antecedentes y consecuencias; destacando la importancia que tuvo para el mundo occidental del siglo XVI. Entre los escritores podemos destacar a Fernando de Herrera que, ya en 1572, publicó su obra en prosa Relación de la guerra de Chipre, y Sucesso de la Batalla Naval de Lepanto. Pero, sin duda, el más conocido y recordado es Miguel de Cervantes Saavedra, ‘el manco de Lepanto’, gracias a una cita sobre esta batalla (apenas una página) incluida en la primera parte de su inmortal obra del Quijote, publicada por primera vez en 1605, treinta y cuatro años después de aquel combate que Cervantes vivió en primera persona.
En ella, encontramos frases que Cervantes puso en boca de uno de sus personajes, el capitán Ruy Pérez de Viedma, que han pasado a formar parte del imaginario histórico respecto a la batalla de Lepanto, como: “aquel día, que fue para la cristiandad tan dichoso, porque en él se desengañó el mundo y todas las naciones del error en que estaban, creyendo que los turcos eran invencibles por la mar”.
La fecha de la batalla, el 7 de octubre, sería determinante para relacionar la victoria cristiana con la intervención de la Virgen del Rosario. En el impulso de esta creencia tuvo un papel relevante el pontífice Pío V, principal responsable de la creación de la Santa Liga, quien tras conocer el triunfo de la armada lo atribuyó, según Cesáreo Fernández Duro, a “favor especialísimo de la Reina de los Ángeles, alcanzado por la oración de los cofrades del Rosario”; en consecuencia, ordenó que se añadiera a la letanía de la Virgen la invocación Auxilium Christianorum y que, en lo sucesivo, se celebrará la fiesta de la Virgen de la Victoria el día 7 de Octubre.

Azulejo del palacio del marqués de Santa Cruz (Wikimedia Public Domain CC)

Mapa con la ubicación de Lepanto
Pío V no llegó a vivir esta fiesta, ya que falleció en Roma el 1 de mayo de 1572. Es de suponer que se celebrase por primera vez el 7 de octubre de ese año; pero, en todo caso, esta sería la única ocasión en que se hiciese con la denominación establecida por el Papa recién fallecido, la Virgen de la Victoria. En efecto, el 13 de mayo de ese año era elegido Sumo Pontífice el cardenal Ugo Buoncompagni, tras un conclave brevísimo que duró un día, que asumió el nombre de Gregorio XIII. Antes de un año, el nuevo Papa establecía, en letras fechadas el 1 de abril de 1573 que comenzaban Monet Apostolus:
“que en todas las iglesias de la Orden de Predicadores, en que estuviera instituida la cofradía del Rosario y en las que hubiera altar ó capilla dedicada á la Virgen del dicho Rosario, se celebrase en la primera dominica de Octubre, día de la victoria de Lepanto, oficio solemne de nueve lecciones con rito doble mayor, y que en lo sucesivo se nombrase fiesta de la Virgen del Rosario”. (Fernández Duro)
Además, para el caso de Roma, ordenó que en dicha fecha saliese “solemne procesión de la Archicofradía del Rosario” de la Iglesia primada de la Orden de Predicadores, Santa Maria sopra Minerva.
A ello se unía la presunta visión que tuvo el propio Pío V, el mismo día 7 de octubre de 1571, de la victoria alcanzada sobre los turcos: “el Papa se levantó de su asiento, dejó á los Cardenales con quienes estaba trabajando, abrió una ventana del palacio, miró al cielo, y volviéndose á los ilustres purpurados que no comprendían el motivo de sus movimientos, les dijo: «Dejemos otros asuntos y demos gracias á Dios por la victoria conseguida»”. Esta cita corresponde a un artículo titulado Tercer centenario de la batalla de Lepanto, publicado trescientos años después de la batalla en dos periódicos españoles: El Pensamiento Español del 11 de octubre de 1871, en Madrid, y La Convicción, en Barcelona, tres días después.
Ciertamente este fue, prácticamente, el único recuerdo que la prensa dedicó a la efeméride de la victoria en España, salvo algunas alusiones a la instauración de la fiesta de la Virgen del Rosario en algunos otros periódicos. Esta circunstancia contrasta con la permanente presencia del combate e, incluso, del lugar geográfico en periódicos, literatura, teatro, historia y pintura a lo largo de esos tres siglos.

Revelación a Pío V acerca de Lepanto y detalle de la parte superior izquierda donde aparece una vista de la ciudad de Málaga (Wikimedia Public Domain CC)

Así sucedió con la revelación a San Pío V que sería llevada a la pintura, cien años más tarde, con motivo de su beatificación, en 1672. Esta obra de autor anónimo fue realizada para el convento de Santo Domingo de Málaga, razón que explica la inclusión en ella de una vista de aquella ciudad (en el ángulo superior derecho). En dicho cenobio estuvo hasta mediados del siglo XIX que fue trasladado al Museo Naval de Madrid, a instancias del ministro de Marina, Mariano Roca de Togores, marqués de Molins. En mayo de 1849 la Gaceta de Madrid anunciaba su restauración y la colocación en dicho museo:
“Ya se encuentra colocado en el Museo naval el cuadro dé la batalla de Lepanto, que mandó restaurar á sus espensas el actual Ministro de Marina. Encargado de esta operación el pintor Sr. Lebrun, nada ha dejado que desear en su desempeño, y mucho menos para los que conocían el estado lamentable en que el célebre lienzo se encontraba por la incuria y abandono de los encargados de su custodia. Renovado hoy con el mayor acierto aquel monumento dé nuestras primeras glorias militares, y adornado además con un suntuoso marco, sencillo, pero del mejor gusto, ocupa un digno lugar entre los trofeos inapreciables que proclaman muy alto el denuedo y el valor de nuestros marinos. = Según leímos en una elegante chapa de metal amarillo, fijado en la moldura del cuadro, fue adquirido este del convento de dominicos de Málaga. El Sr. D. Juan Nepomuceno Martínez, director del establecimiento, ha querido perpetuar de esta manera su procedencia, á la vez que ha tributado un recuerdo de justo agradecimiento al Sr. Marqués de Molins, inscribiendo allí su nombre y consignando que á su liberalidad se debe una adquisición tan preciosa”.
No es de extrañar que el nombre de Lepanto figurase entre los que el 20 de octubre de 1887 propuso la Comisión de Ornato y Alineaciones al Ayuntamiento de Málaga, para dar nombre a numerosas vías en los diez distritos de la ciudad. Esta comisión estaba compuesta por Manuel Landero, Joaquín Alpáñez y Antonio de Ayala. La propuesta sería aprobada en el cabildo del día siguiente, de una forma global, tal y como consta en el libro de actas capitulares de ese año: “Fue aprobada por el Excmo. Ayuntamiento una propuesta de la Comisión de Ornato relativa a la rectificación de los rótulos de las calles y números de las casas; en armonía con lo preceptuado en la Real Orden de trece de enero último. Dicha propuesta quedará unida al respectivo libro de Actas”.

Plano de Málaga de L. Thuiller, 1880. Archivo Municipal de Málaga

Detalle del barrio de Pries en un plano de 1880. Archivo Municipal de Málaga
Como hacían constar los tres comisionados en su propuesta, en primer lugar, habían examinado los estados formados por “el personal nombrado al efecto” por el ayuntamiento malagueño para la revisión de “la relación de las calles y plazas de esta Capital y de la numeración de las casas y edificios”, dispuesta por dicha real orden. En el examen la comisión se había guiado por el criterio de hacer los menos cambios posibles para evitar grandes perturbaciones en la propiedad inmueble; en consecuencia, decidieron:
– Conservar “los nombres de las calles y plazas tal y como vienen establecidos de antiguo”.
– Limitarse a poner nombres nuevos a aquellas vías públicas que no lo tenían.
– Cambiar tan sólo los que estaban repetidos.
Para proponer los nombres de las vías afectadas por los dos últimos, los comisionados tuvieron en cuenta los siguientes criterios:
– En primer lugar, “los que llevaron hijos ilustres de esta provincia y otros que sin haber nacido en la misma le prestaron señalados servicios o desarrollaron en ella hechos de verdadera importancia”.
– En segundo, “aquellos nombres que recuerdan viejas tradiciones locales que un pueblo meridional como el nuestro conserva con orgullo y trasmite con cariñoso respeto”
– Al ser el número de vías a denominar elevado, la comisión tuvo que elegir, en tercer y último lugar, entre los nombres “de los grandes hombres y de los hechos más importantes de la historia patria”.
Es evidente que tanto el nombre de Lepanto, como el de dos de sus grandes protagonistas: Juan de Austria y Álvaro de Bazán, se encontrarían en este último grupo. En el caso de Lepanto, Landero y sus compañeros propusieron este nombre para “la plaza rectangular proyectada en La Malagueta que está limitada por las calles de Reding, Vélez Málaga, Cervantes y Arenal”. Plaza que estaría comprendida en el segundo distrito de la capital.
Sin embargo, la proyectada reforma no se llevaría a efecto nunca en los términos propuestos y la plaza nunca llegó a realizarse; por lo que el nombre de Lepanto no llegó a figurar en La Malagueta. Rafael Bejarano Pérez, en 1939, en el Callejero de la Ciudad de Málaga, incluyó el nombre de Lepanto, como calle, en la lista de “calles en proyecto suprimidas”; en esta relación aparecían cuatro plazas: Buenos Aires, Covadonga, Floridablanca y Gumersindo García Sánchez.
Aún tendrían que pasar treinta años para que el nombre de la memorable batalla de Lepanto apareciese en la toponimia callejera de Málaga. En efecto, en 1970, el 23 de enero, la comisión Permanente Municipal acordó dar los nombres de Cavite, Alhucemas, Lepanto y Trafalgar a cuatro nuevas calles de un barrio, por aquel entonces en expansión: Las Delicias. Estos nombres habían sido propuestos por la empresa INIMASA, constructora de la barriada, como una forma de homenajear a la Marina española.

Plano de Emilio de la Cerda de 1892 con proyectos urbanísticos. Archivo General Militar de Segovia

Detalle del proyecto de urbanización Malagueta, 1892. Archivo General Militar de Segovia
La web municipal callejero de Málaga (https://sig.malaga.eu/territorio/callejero/), gestionada por el Centro Municipal de Informática, se limita a recoger en la reseña histórica de la calle Lepanto:
“Combate naval librado el 7 de octubre de 1571 en aguas del golfo de este nombre entre la Santa Liga (España, Venecia y los Estados Pontificios) y los turcos. La flota cristiana, al mando de don Juan de Austria, estaba compuesta de 280 galeras, y la musulmana de unas 300. La victoria cristiana resultó precaria, pues España, empeñada en sus luchas con los Países Bajos, hubo de desatender el frente mediterráneo. En esta batalla, perdió un brazo Miguel de Cervantes. Se propuso este nombre para rotular una plaza el 20 de octubre de 1887”.

Orden de batalla en Lepanto (Wikimedia Public Domain CC)
Cita exacta, salvo la inclusión como novedad de la mención a la propuesta de 1887, a la que incluyó Domingo Mérida Casermeiro en su libro 3900 CALLES. Enciclopedia del callejero malagueño, publicado en 2004.
Las cifras ofrecidas por los historiadores varían, pero, en general, difieren de las ofrecidas en esta reseña. Cesáreo Fernández Duro, en el tomo II de su libro Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y de Aragón, publicado en 1896, señala que la armada turca contaba con 210 galeras y 63 galeotas, es decir 273 embarcaciones en total; mientras que la Santa Liga sumaba 316 barcos, 208 galeras, 76 fragatas, 26 naves y 6 galeazas. Cifras muy similares a las que daría Fuller en su obra The decisive battles of the western world, Londres 1956, reeditada por Ediciones Ejército en español con el título Batallas decisivas del mundo occidental, en 1979: 316 naves para la Liga, en Mesina a principios de septiembre, repartidas en 208 galeras, 6 galeazas, 26 galeones y 76 bergantines, aumentadas después con otras 17 galeras; mientras que para los turcos da las mismas cifras que Fernández Duro: un total de 273 barcos, con 210 galeras y 63 galeotas.
Al margen de las cifras, todos los historiadores coinciden en la organización de ambos bandos en cuatro grupos o cuerpos: un centro o grueso, dos alas o cuernos, a izquierda y derecha del grueso; y una reserva situada detrás de la línea formada por los tres anteriores.
¡Gloria a los que combatieron en Lepanto en defensa de la Fe!
epistemai.es – Revista digital de la Sociedad Erasmiana de Málaga – ISSN: 2697-2468
Citación: Pérez Frías PL. Lepanto, una plaza malagueña que se quedó en el limbo. epistemai.es [revista en Internet] 2026 octubre (30). Disponible en: http://epistemai.es/archivos/10262
