San Juan de la Cruz: de lo inefable místico a la creación poética

 

María Jesús Pérez Ortiz
Doctora en Filología, catedrática y escritora

 

Durante la vida de los místicos, las breves etapas ‘dulces’ alternan siempre con etapas amargas de sufrimiento destinadas a borrar las imperfecciones que impiden el contacto directo y constante del alma con Dios. Por un lado, las etapas purgativas son pruebas interiores que llevan incluso a la tentación de desesperación y destinadas a alcanzar grados cada vez más altos de contemplación, terminando en la unio mystica por excelencia. Por otro lado, las etapas ‘dulces’ conducen primero a un vago pero seguro sentimiento de la presencia de Dios; después, a una inteligencia intuitiva de los misterios; y, finalmente, a un contacto directo con Dios. Estas son afirmaciones que se pueden deducir de las obras de San Juan de la Cruz, declarado doctor de la Iglesia en el año 1926.

Retrato de San Juan de la Cruz . Autor desconocido. [© Public domain, via Wikimedia Commons]

El poeta místico, cuya representación casi prototípica es San Juan de la Cruz, tiene la única doble función de aprehender a Dios y de someterse a la incitación y capacidad de trasladar esta aprehensión a una obra de arte, es decir, a una poesía mística. Al crítico literario incumbe la tarea de distinguir estos raros poemas místicos, en que los ambiguos pero seguros símbolos expresan mejor que cualquier término o circunloquio en prosa lo arcano de las experiencias místicas, de cualquier otra clase de poesía pseudomística, cósmica, romántica, pura, y especialmente de poesía amorosa. No es siempre tarea fácil, por la razón de que la misma poesía genuinamente mística ofrece a su vez dos desviaciones. Una consiste en la poesía mística empática, manierista, escrita por buenos poetas que no han tenido personalmente ninguna experiencia mística, pero que saben de teología mística y moldean sus poemas conforme a esos conocimientos. Que tales poetas no son poetas místicos se traduce de la ausencia de símbolos arquetípicos, que encarnarían una experiencia fundamental en una forma única y “necesaria”. Ejemplo de esto lo tenemos en Fray Luis de León. La otra desviación consiste en aquella clase de poesía proveniente de un místico con auténtica experiencia, pero carente de aptitud poética. En este caso, aunque las formas de expresión incluyen símbolos arquetípicos, tienen sin embargo un sabor didáctico y explicativo, de manera que las afirmaciones hechas, en lo concerniente a la expresión, podrían hacerse también en prosa. Nos ofrece un ejemplo de esto Santa Teresa en cuanto poetisa. La auténtica poesía mística que vierte la experiencia directa de Dios en el correspondiente lenguaje verdaderamente simbólico y poético la representa San Juan de la Cruz.

Por otro lado, la cuestión más candente con que se enfrenta el teólogo, el metafísico, el psicólogo, el lingüista, el sociólogo y el crítico literario es, por supuesto, el problema del simbolismo místico. El lenguaje simbólico, ‘poético’, deviene de una necesidad frente a lo misterioso, frente a lo divino que escapa a toda definición y a toda lógica, puesto que es imposible convertir un misterio en un problema y delimitar sus aspectos hasta la limitada inteligencia de la mente razonadora.

Se ve que son símbolos verdaderos, aunque naturales, por la relevancia que inspiran, por ejemplo, en el lector de San Juan de la Cruz, que se queda sobrecogido ante el grandioso símbolo de la noche, que, a pesar de todos los posibles antecedentes, constituye una creación tan abrumadora, porque en ella lo arquetípico, lo poético, lo moral, lo experimental y lo religioso coinciden hasta el extremo de no poder distinguir la parte del hombre espiritual y la parte del artista. Otros símbolos serían fuente, castillo, llama, caverna, que producen por su parte innumerables metáforas. En efecto, el simbolismo como fenómeno estilístico es el principal unificador de todos los escritos místicos, en tanto que en las visiones descritas, se revelan experiencias sobrenaturales no comunicables en cuanto tales por vía directa. Estas obras artísticas trascienden la imitación realista o la imaginación romántica, puesto que encarnan “encuentros con Dios” reales, no poéticos, sino poetizados en cuanto a los hechos y realidades. Por ello, el análisis estilístico del simbolismo místico trata de penetrar en su misma esencia, una gran experiencia espiritual.

Retrato de Jan Juan de la Cruz atribuido a Zurbarán. [© Public domain, via Wikimedia Commons]

En efecto, el motivo de toda poesía mística es el amor abrasador del alma por Dios. Este amor no se expresa abstractamente sino en la perspectiva de un contacto experimental con el divino Amado; por consiguiente, se presenta, no de manera estática, sino dinámica. Además, en un contexto místico el alma no es meramente la personalidad humana o cristiana, y el cónyuge divino no es sencillamente Dios o Jesucristo. En términos teológicos, es más bien la sustancia del alma y la Divinidad del Verbo. Por esta razón, atendiendo sólo al contexto, el famoso Soneto a Cristo crucificado (“No me mueve, mi Dios, para quererte / el cielo que me tienes prometido…”) es un poema de puro amor más que de unión mística. Para Leo Spitzer, sin embargo, el Soneto es una meditación hecha ante un crucifijo, durante el cual el devoto se enajena hasta caer en un éxtasis amoroso. Pero la unión mística como tal es una compenetración amorosa de esencias espirituales, es decir, la del alma y la de Dios. Esta característica es nupcial en la poesía de San Juan, no sólo porque el misticismo cristiano toma como modelo el Cantar de los Cantares; no sólo porque San Juan se atreve a expresar que experimentó lo que se dice de la Esposa en el Cantar; no sólo porque Dios, como creador, es el elemento masculino y el alma, como la criatura receptora, el femenino; no sólo, en fin porque así el alma adquiere parentesco lógico con María (prototipo místico); sino fundamentalmente porque, según la teología de San Juan de la Cruz, esta relación nupcial entre Dios y el alma es prototipo y no analogía del amor conyugal humano: es el “arquetipo del matrimonio”.

En la línea de nuestras reflexiones, cabría añadir que este Amor Divino tiene también implicaciones intelectuales. En las propias palabras del santo, es una ciencia “toda ciencia trascendiendo”. Es un “eros intelectual”, que antecede el enamorarse del alma porque, sin él, el objeto de amor no podría reconocerse. Es una mezcla de amor y fe. La fe revela al Amado y eleva el amor progresivamente, de acuerdo con el grado en que la fe oscura se transforma en fe iluminada o visión.

Haciendo referencia al texto de los poemas Cántico espiritual y Noche oscura, el motivo del amor divino sólo puede valerse de la noche oscura y de la unión matrimonial. La noche oscura simboliza el anhelo, pero no realizado amor, llamado por eso, a veces, desposorio, pero que San Juan subraya exclusivamente bajo el aspecto de sufrimiento que acompaña al anhelo. El matrimonio significa amor logrado. La vía que conduce del uno al otro la evocan con serena retrospección las liras de En una noche oscura; la progresiva dramatización y acción de las canciones del Cántico espiritual; la resignación al estado del amor insatisfecho de los tranquilos versos de “Que bien sé yo la fonte…”, la queja contra el insoportable anhelo de la glosa del estribillo “Vivo sin vivir en mí”; y por fin, el triunfo del amor logrado de la “Llama de amor viva”. La Noche, tan intensamente descrita bajo sus más terribles aspectos en la prosa de la Subida y de las dos Noches, parece impoetizable en su forma ascética directa. Pero en el fondo de los dos poemas se siente todavía vibrar la reminiscencia de la noche oscura como una fusión cósmico-espiritual de la angustia en uno de los símbolos más destacados de la historia literaria: el alma aún vacilante bajo el impacto de una prueba tan terrible y atormentadora, porque la amante Luz Divina, al querer iluminar su oscuridad, la había cegado, lastimado y herido, suprimiéndole las ilusiones terrenales y conduciéndole a la realidad divina.

El símbolo de la noche en la poesía de San Juan de la Cruz es un sendero que conduce a una meta, tanto más claramente perceptible cuanto más resplandeciente es la noche. Resplandece ésta más cuando el alma, al escapar en la noche sin luz alguna, descubre en su interior otra luz, “la que en el corazón ardía”, o sea la Luz Divina, que modifica así su propia apariencia como oscuridad de la Noche y, no obstante, perdura a la vez como la inescrutable noche divina. En este sentido, la Noche oscura convertida en la luz más brillante, el Santo habla de noche dichosa y, según subraya Baruzi, identifica el fin de la larga noche con Dios, de manera que la novia puede invocarle: “¡Oh noche, que guiaste! / ¡Oh noche amable más que el alborada! / ¡Oh noche, que juntaste / Amado con amada…”(En una noche…, estrofa 5), o identificarlo a Él con “la noche sosegada / en par de los levantes de la aurora…” (Cántico, estrofa 15).

Una muerte dichosa “¡Rompe la tela de este dulce encuentro!”, es para San Juan de la Cruz el verdadero fin de la noche, la plena luz de mediodía de la llama de amor viva, de las lámparas de fuego, que con sus resplandores han eliminado toda oscuridad en las profundas cavernas del sentido (Llama, estrofa 3). Hasta aquí, en efecto, Noche y Llama se han fundido: “en la noche serena, / con llama que consume y no da pena” (Cántico, estrofa 39).

El segundo símbolo es el matrimonio bíblico del Cantar. Como meta deseada y lograda, representa para el alma nupcial lo que el desenvolvimiento de la Noche como Luz Divina para su fe ardiente. Noche y Cántico coinciden en el simbolismo: una novia va en busca del novio, que, sobre todo en Cántico, la ha abandonado en un caprichoso juego de amor, para poner a prueba su fidelidad. Y, en efecto, ella lo encuentra, ya sea siguiendo su propia luz interior como guía, ya pidiendo orientación a las criaturas que, necesariamente, lo han visto al recibir de Él su existencia y su belleza.

El símbolo matrimonial íntegro, aquí, a diferencia del Cantar de los Cantares, no conduce fácilmente a una interpretación profana del amor matrimonial, ya que en este más impreciso fondo de un pasaje aéreo, pastoril, todo directamente sensual y asible se ha eliminado sin disminución del símbolo, sino más bien realzando el significado total del mismo. Pero sí está presente, sin embargo, el más fuerte simbolismo matrimonial fresco y juvenil, en exuberante y dichosa floración dentro de un ambiente de prados, bosques, fuentes, pájaros, leones, ciervos, palomas, ríos, montañas, valles, azucenas y rosas, perfumando el aire que se respira. En tal transformación de la naturaleza, otorgada a la novia como regalo nupcial al fin de sus fatigas, cada uno de los elementos refleja al Divino Amado y se lo revela a ella en su plenitud. La novia, en ese ambiente transfigurado de gracia, entona su bien conocido epitalamio, en un dichoso balbuceo sin ningún vínculo lógico: “Mi Amado, las montañas, / los valles solitarios nemorosos, / las ínsulas extrañas, /los ríos sonorosos, /el silbo de los aires amorosos (…) / la música callada, / la soledad sonora, (…)” (Cántico, estrofa, 14 y 15).

En el Cántico espiritual de San Juan exclama la esposa en lo más agudo de su deseo vehemente de gozar la presencia de su Divino Esposo ausente e inmediatamente antes de que este favor del matrimonio íntimo le sea otorgado: “¡Oh cristalina fuente, / si en esos tus semblantes plateados / formases de repente / los ojos deseados / que tengo en mis entrañas dibujados! (Cántico, estrofa 12).

‘San Juan de la Cruz. Cántico espiritual. Poesía completa’. Biblioteca Clásica Real Academia de la Lengua Española

San Juan de la Cruz dice en la Canción X de su Cántico espiritual: “y véante mis ojos, / pues eres lumbre de ellos…”, con su correspondiente comentario: “Dios es lumbre sobrenatural de los ojos del alma, sin la cual está en tinieblas, llámale ella aquí por la afición lumbre de sus ojos, al modo que el amante suele llamar, al que ama lumbre de sus ojos”. San Juan de la Cruz llega a sentar una extraña afirmación a cerca del cambio de miradas entre el Alma enamorada y su Amado Divino: “Cuando tú me mirabas, / Tu gracia en mí tus ojos imprimían: / Por eso me adamabas, / Y en eso merecían/ Los míos adorar lo que en ti vían”.

Proclamaremos, por otra parte, la esencial inefabilidad de la ‘poesía’. San Juan de la Cruz afirma que el amor es tema, que el amor no puede decirse, es inefable. De esta inevitable inequivalencia se deduce la necesidad de la poesía. Así, con “figuras, comparaciones y semejanzas” se sugiere algo de los “secretos misterios”. La poesía habrá de resolverse, pues, en el lenguaje figurado: comparación, metáfora y símbolo.

Son numerosas las ocasiones en que San Juan de la Cruz alude a la imposibilidad de conducir hasta el nivel del verso o de la prosa tales estados de espíritu: “solo el que por ello pasa lo sabrá sentir, mas no decir”. Si la experiencia mística se sitúa más allá de la razón y la imaginación, a lo incomprensible divino ha de seguir la insuficiencia de la voz humana. San Juan de la Cruz tiene que inventarse un mundo, y aquellas intuiciones indecibles se objetivarán en imágenes y ritmos. Soledad sonora: “sin imaginación no hay sentimiento”. Asombra que un mismo ser haya conquistado estas dos perfecciones: la religiosa y la poética.

Partiendo humildemente de la inefabilidad de sus experiencias, consigue uno de los más grandes triunfos del hombre sobre el lenguaje. Todo un orbe se alza dentro del alma en la mayor plétora de intimidad que se haya sentido cerrándose a nuestro mundo, fuera del mundo de todos. Esta realidad tan incomunicada origina una correspondiente incomunicación de lenguaje, de ese lenguaje que nos sirve a muchos. Nada puede decir el hombre a solas con Dios. En ese apuro silencioso, cuando el espíritu calla de tanto como tiene que manifestar, no vale ningún idioma. Imaginemos al hombre en ese instante de trágico enmudecimiento. Ni su santidad, ni sus virtudes, ni sus maravillosas experiencias vendrán en su ayuda. Pero el alma es capaz de crearse un nuevo decir. En aquella salida hacia la luz, creación de lenguaje y creación de poesía se funden: la profunda expresión será poema. Todo fue tan íntimamente vivido como será tan expresivamente inventado. Poco antes de morir, en aquella noche del 13 al 14 de diciembre de 1591, vuelven a la memoria del santo y del poeta unos versos de su Cántico inmortal: “Gocémonos, Amado, / Y vámonos a ver en tu hermosura…”. ¡Gocémonos Amado! Audaz exclamación del amor que se cumple del todo. San Juan de la Cruz es quien realiza en absoluto el tipo de poeta que soñará tres siglos más tarde Baudelaire. San Juan de la Cruz es precisamente el alma santa y el perfecto químico. Santo. Poeta: la doble autoridad converge hacia cada uno de esos versos, entre los mejores o acaso los mejores de la lengua española. “Entremos más adentro en la espesura”. ¿Cuándo se ha atinado con tal fusión de alma y de arte? San Juan de la Cruz consigue la poesía que lo es todo: iluminación y perfección.

 

Bibliografía

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-Jean Baruzi, San Juan de la Cruz y el problema de la experiencia mística, Valladolid, (Junta de Castilla y León), 1991
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-Emilio Orozco, Poesía mística, Madrid, 1959.
-Marcelino Iragui, El Espíritu Santo en mi vida. A la luz de S. Juan de la Cruz, Monte Carmelo, Burgos, 2001.
-Colin Tompson, Canciones en la noche. Un estudio sobre San Juan de la Cruz, Editorial Trotta, Madrid, 2002.
-Macario Ofilada Mina, Llama de amor viva: claves experienciales y apropiación existencial, en Monte Carmelo 109 (2001).
-José Ramos Salguero, Sacrificar la vida. El amor como poesía transformante y S. Juan de la Cruz, en Alfa (2001).


epistemai.es – Revista digital de la Sociedad Erasmiana de Málaga – ISSN: 2697-2468
Pérez Ortiz MJ. San Juan de la Cruz: de lo inefable místico a la creación poética. epistemai.es [revista en Internet] 2026 junio (29). Disponible en: http://epistemai.es/archivos/9832

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