Más todavía, salvar al padre y a la madre. El ejemplo de los hermanos de Catania

Aurelio Pérez Jiménez
Universidad de Málaga
Vicepresidente de la Sociedad Erasmiana de Málaga

Hace un año, en esta misma revista (‘Piedad filial de Cléobis y Bitón. Todo por la madre’, Epistêmai 9, nº 26, junio de 2025), os di a conocer la hermosa historia de los argivos Cléobis y Bitón, cuando sacaron de un apuro a su madre, sacerdotisa de Hera; y os contaba cómo la diosa, ante la petición que aquella le hizo de un premio para sus hijos, les dio una muerte plácida, bien comidos, bebidos y colmados de elogios por sus conciudadanos. La que hoy traigo ante vosotros, queridos lectores, no ha tenido tanto éxito iconográfico como la anterior; pero, aunque más reciente, también está bien documentada en la literatura griega y romana e incluso puede que su leyenda derive en parte de la de Eneas sacando a su padre de la incendiada Troya y en parte de la de los jóvenes argivos. En cualquier caso, por lo que a carga moral se refiere, me parece más meritoria que ambas. Pues los protagonistas de aquellas no eran conscientes de ofrecer la vida cuando ayudaron a su padre, el primero, y, a su madre, los segundos; en cambio, los de la historia de hoy, se la jugaron por salvar a sus dos progenitores.

Ocurrió esto en la ciudad greco-siciliana de Catania, a las faldas del terrible volcán en que, según la leyenda de los antiguos griegos, los cíclopes forjaban cada día las armas extraordinarias que hacía Vulcano, como vemos en el cuadro de Velázquez. Los catanenses estaban acostumbrados ciertamente a las caricias de la suave ceniza con que el Etna regaba sus campos, casas y a ellos mismos durante todo el año, admirando con temor de cuando en cuando la alta torre de humo gris construida por Tifón, fuente de la llama que alimentaba la fragua de Hefesto. Tal vez su enorme mole, con sus bocanadas de lumbre, les había dado fuerza y valor suficiente para acabar con el yugo impuesto por los tiranos de Siracusa, tras la muerte de Hierón. Y se las prometían felices. Pero el volcán, al que tan agradecidos estaban y de que tanto presumían, porque representaba la esencia de su pueblo, no los iba a retribuir siempre de igual modo. Ahora, vamos a lo que nos interesa.

Vivían entre ellos unos viejos con dos hijos, todos dichosos por su existencia anónima y sin estrecheces, que iban a canjear la monotonía por el más alto premio al que pueden aspirar los mortales. Que yo sepa, solo lo obtuvieron antes, como he dicho, Anquises y Cidipe. Me refiero al orgullo, recompensado con el aplauso de sus conciudadanos o de la historia, de los padres por el amor filial de los hijos. En el caso de Cidipe, como ya vimos hace un año, la muerte de estos empañó la felicidad de aquella, aunque silencien las fuentes el detalle y lo pida el sentido del relato de Solón a Creso; pero en el de esta historia, igual que en la de Anquises y Eneas, la alegría fue doble y el sacrificio de los hijos, como ya dije, más meritorio; pues, si Cléobis y Bitón no podían ser conscientes del peligro que implicaba su ayuda a la sacerdotisa, Anfínomo y Anapio (Ánapo o Anapias según otros, Filónomo y Calias para Eliano, o Fintias y Damón, como dice Higino) antepusieron su piedad filial al riesgo de la propia vida.

El caso es que un día de uno de los años de la primera mitad del siglo V a.C. (el 478/77 si aceptamos la erupción del Etna registrada por el Marmor Parium, o el 456 a.C., si es la que menciona Estrabón) el volcán despertó de su temporal letargo y escupió lava y cenizas sobre la ciudad de Catania, donde vivía la familia de nuestro relato. La explosión y sus consecuencias, si no iguales, fueron al menos parecidas a las que reseñó Plinio cuando, seis siglos más tarde en la costa italiana vecina, imitó el Vesubio a esta su montaña hermana, cárcel de Tifón y taller de Hefesto, sepultando las ciudades romanas de Pompeya y Herculano.

Fig. 1. Anfínomo y Anapio salvan a sus padres de la erupción del Etna, mientras los demás huyen en barcos o cogen sus propiedades. Litografía de René Boyvin (1525-1598) a partir de Rosso Florentino. Rijkmuseum, RP-P-OB-42.328 [© Public domain, via Wikimedia Commons]

Fig. 2. Anfínomo y Anapio salvan a sus padres de la erupción del Etna, mientras los demás cogen sus riquezas. Fresco de Rosso Florentino, Galería de Francisco I en Fontainebleau (c. 1535-1540). [© Public domain, via Wikimedia Commons]

Las fuentes antiguas que conocemos nada dicen sobre las circunstancias en que discurría en ese momento la vida de nuestros jóvenes de Catania. La imaginación de los poetas, o su inspiración en algún documento perdido para nosotros, abundan más en el amor de los hermanos gemelos por sus padres; pues dicen que ya iban camino de Siracusa, invitados como huéspedes a una fiesta en honor de Diana, cuando oyeron el estruendo y que, pensando en sus ancianos padres, decidieron afrontar el peligro y regresar para salvarlos. Con estas palabras, que ahora traduzco, lo expresaba a mediados del XIX el poeta alemán Augusto Kopisch en un poema dedicado a ellos:

Dejando temprano a sus padres, se dirigen rápido a la gran fiesta de Diana, a Siracusa, donde están invitados como huéspedes. Y ya casi ha terminado la primera jornada del alegre viaje, cuando Anfínomo vuelve la vista atrás y dice a su hermano:

– “¡Mira el Etna! ¡Mira el Etna, cómo alza su nube, cómo estalla en la cima de su pico la violenta llama! ¡Mira, una niebla cubre Catania, donde están nuestros padres! ¡La tierra resuena espantosamente! ¡Hermano, regresemos de prisa!”

– “¡Regresemos de prisa! le responde a gritos Anapio ¡Cuidemos de nuestros ancianos padres en este momento de necesidad!” (“Anapios und Amphinomos”, en Gesammelte Werke von August Kopisch, vol. III, Berlín, 1853: 183-184).

Cierto. La lava descendía -dicen las fuentes- como un río desde el cráter por toda la ladera hacia la ciudad y ya alcanzaba sus muros y las primeras casas. Los habitantes, sorprendidos ante lo inusitado de la catástrofe y desesperados, solo pensaban en salvar cuanto pudieran de sus riquezas y enseres, en robar lo de otros y en huir con esos bienes, a pie o en barcos, de las torrenteras de fuego que cada vez estaba más y más cerca. Esa era la actitud de los hombres y mujeres de la ciudad, a quienes, preocupados solamente por sus tesoros, les traían sin cuidado los amigos a los amigos, los padres a los hijos, estos a los padres y los parientes a los parientes (fig. 1 y 2).

Cada cual tenía en su tribulación una sola meta: coger, como vemos a la izquierda de ambas imágenes, unas monedas, un jarrón de oro, algo de comer o cualquier otra cosa inútil que le iba a servir de poco en el futuro. Así lo describía, según Focio y mejor que yo, el narrador de historias Conón en tiempos de Augusto:

Un día los cráteres del fuego del Etna vertieron a modo de río sus llamas por la región y a los catanenses (Catania es una ciudad griega de Sicilia) les pareció que habría una destrucción total de la ciudad; y, tratando de alejarse de esta cuanto antes, unos intentaban llevarse oro, otros, plata y otros cualquier cosa útil para protegerse en la huida. (Focio, Bibl. Cod. 186, p. 139b. Trad. del autor).

Fig. 3. Eneas y Anquises. Detalle del cuadro de Rafael, ‘Incendio del Borgo’ (Vaticano), que tal vez inspira el grupo de Anfínomo y su padre de la fig. 1 [© Public domain, via Wikimedia Commons]

No les ocurrió lo mismo, como hemos leído en los versos de Kopisch y vemos en las figuras 1 y 2, a nuestros dos jóvenes, entonces todavía anónimos, aunque felices por el cariño mutuo con sus padres. Tal vez ellos habían hecho suya la piedad del troyano Eneas (fig. 3): a este, ocho o nueve siglos antes, durante el incendio de Troya, los dioses le permitieron salir de la ciudad con lo que quisiera. Él entonces se echó a hombros al viejo Anquises, su padre, y de las riquezas tomó solo algunos objetos sagrados y los penates. Sin duda esta leyenda es paradigma de una versión más antigua de la nuestra, en la que solo figuraba uno de los jóvenes (¿Anfínomo?); así lo indica el primer documento literario que conservamos, del siglo IV a.C. (Licurgo, Contra Leócrates 94-97) y parece confirmarlo tanto un denario del II a.C. (fig. 4), como los Escolios mitológicos del Pseudo-Nonno, del siglo VI d.C. (Or. 4, hist. 46). No obstante, fuera de estos pocos testimonios, el mito habla en general, como en el caso de Cléobis y Bitón, de dos hermanos gemelos que, ni cortos ni perezosos, cogieron a los ancianos, uno al padre y otro a la madre, y se precipitaron hacia el río de lava, que ya iba abrasando las primeras casas, para salvarlos.

Claudiano, poeta romano del siglo IV, compuso en verso con gran sensibilidad literaria una preciosa écfrasis del grupo escultórico de bronce que se veía en su tiempo en Catania. El artista inmortalizaba el momento preciso en que cada uno de los hijos a su modo levantaron del suelo a los dos ancianos. Vale la pena que sea el poeta, en traducción mía, quien lo describa; pues seguro que su poema inspiró a un pintor del Renacimiento, el boloñés Annibale Carracci, al interpretar la escena con igual pasión en un luneto del vestidor del palacio Farnesio en Roma.

Esta es mi traducción de los versos 9-13 del poema:

¿No ves cómo el anciano señala los violentos incendios (fig. 5), cómo la madre invoca con trémula voz a los dioses? El miedo eriza sus cabellos, y por todo el metal un pálido temblor inunda el aturdido bronce. En los miembros de los jóvenes se percibe un animoso terror, que les infunde miedo por su carga, pero no por sí mismos. Sus clámides vuelan hacia atrás por el viento. Uno de ellos extiende la diestra, bastándose con la izquierda para sostener al padre; pero al otro su carga, que requiere más cuidado al ser del sexo débil, le hace juntar los dos brazos en un nudo.

El poeta romano, como vemos, habla de estatuas de bronce, aunque otros, como Conón, hablan de λίθινας εἴκονας (imágenes de piedra), cosa que no tiene por qué ser contradictoria.

Fig. 4. Denario acuñado en Roma por Marco Herennio el año 108/107. En el anv. figura la imagen de la ‘Pietas’ y en el rev. tal vez Anfínomo, con el padre sobre sus hombros. Crawford 308/1a. [Imagen Gentileza de Leu Numismatik AG]

En cuanto al cuadro posiblemente inspirado en Claudiano, lo reproduzco en la figura 6. En él su pintor introduce varias licencias: Anfínomo parece menos confiado en la fuerza de su brazo izquierdo de lo que presumen los versos de arriba; el padre no señala con su brazo, sino que, aferrado al hijo, dirige con cierta complicidad la mirada hacia su esposa; y, a la izquierda, aparece recostado un cíclope con su bastón, quizá el Polifemo de la Odisea. El motivo de este intruso, además del contraste entre la impiedad y egoísmo del personaje con la virtud de los jóvenes, puede ser el deseo de identificarle al espectador culto el marco geográfico donde suceden los hechos; en efecto, el Cíclope, como le revela Sileno a Odiseo en Eurípides (Ciclope vv. 114 y 130) vivía del pastoreo y la caza junto al Etna. Sin embargo está claro que, pese a estas licencias, al texto del poema se debe el cuidado con que Anapio entrelaza sus brazos para dar seguridad a su anciana madre, así como la tribulación de esta, que también aquí invoca el auxilio divino.

Para documentar con la iconografía el detalle de Claudiano sobre el padre señalando tal vez la erupción y sobre la forma en que Anfínomo lo sostiene con un solo brazo, tenemos que acudir otra vez al reverso de los denarios acuñados por Sexto Pompeyo en Sicilia (arriba, fig. 5). Con esta moneda el comandante de la flota romana hacía propaganda política, pues, tras vengar a su padre Cneo Pompeyo, se aplicó el apelativo Pius, confirmado con la imagen del mito de los hermanos de Catania, a la vez que presumía de su cargo al mando de la flota en Sicilia, introduciendo entre los jóvenes un Neptuno de pie sobre la proa de un barco. Es posible por estos detalles y el de Anapio con sus dos brazos unidos para sujetar a la madre que la moneda reprodujera también la estatua descrita por el poeta del siglo IV.

Pero no son Claudiano y supuestamente la moneda de Pompeyo los únicos documentos que confirman la existencia del grupo escultórico en Catania. Ni tampoco fue ese grupo escultórico la única representación artística anterior al siglo I a.C. documentada. También el guía turístico Pausanias, en su descripción de Grecia y a propósito de un cuadro sobre el Hades de Polígnoto en que se veía un hijo castigado por ahogar a su padre, aprovecha para mencionar la virtud de los jóvenes que salvaron a sus padres de la lava en Catania y los honores (ya sea una fiesta, algún santuario o lo que parece más probable, las estatuas) que todavía por ello les seguían tributando en su época (II d.C.) los catanenses.

Fig. 5. Reverso de denario (37/36 a.C.) acuñado por Sexto Pompeyo (Crawford 511/3a)

Fig. 6. Los hermanos de Catania. Fresco de Annibale Carracci en el Palacio Farnesiano (Roma). Obsérvese el Cíclope descansando a la izquierda, el Etna en erupción detrás de él y la ciudad de Catania en llamas tras los jóvenes [© Public domain, via Wikimedia Commons]

Pues bien, hemos dejado a los gemelos con sus padres a hombros, dispuestos a salvarlos ante el torrente de lava que ya está incendiando la ciudad. Pero ¿qué ocurrió entonces? Los principales testimonios literarios sobre esta leyenda son unánimes al proclamar cómo los dioses premian la piedad filial. Ahora bien, si en el caso de Cléobis y Bitón la recompensa fue una muerte dulce tras el reconocimiento de los argivos y el orgullo de la madre, en el caso de Anfínomo y Anapio el premio resultó menos escatológico.

Cuando ambos se lanzaron decididos con su preciada carga a cuestas hacia el río de lava, el propio Vulcano detuvo por un momento la salida de fuego del Etna (Claudiano, v. 33); o bien intervino una divinidad innominada (Licurgo, Ps.-Aristóteles, De mundo, 400 b, Eliano, apud Stob. IV 25,38); o, a lo mejor, el propio fuego que algo de divino tenía, como dice el Ps.-Nonno, se rindió ante la virtud de los piadosos hijos. La verdad es que, ya fuera por una u otra de estas razones, el río de lava se paró ante ellos (Ps.-Nonno); o hizo un círculo a su alrededor (Licurgo, Conón, Ps.-Virgilio); o se iba dividiendo en dos corrientes a su paso (Ps-Aristóteles, Séneca, De beneficiis, III, 37, 2, Pausanias y Eliano). En consecuencia, ellos, sin sufrir daño alguno, pudieron dejar a sus padres en sitio seguro, mientras que los demás impíos y egoístas, como ya dije, fueron destruidos, derretidos con su plata y oro por la lava, alcanzados por las explosiones del volcán mientras robaban o cargaban los sacos de comida y enseres, o abrasados por las bolas de fuego en los barcos con que pretendían escapar.

A mí ahora me ha parecido oportuno que no sea yo quien ponga fin a esta historia, sino que dejo este deber al humanista sevillano Juan de Mal Lara. Dice así en los versos con que termina su traducción rimada del poema Etna atribuido a Virgilio (Philosophia vulgar, primera parte, Sevilla, 1568, fol. 178r):

El cobdicioso fuego se refrena
Dexalos yr en salvo, porque llevan
Sus dioses, que les salvan de la pena
Hazen, que aquellas llamas no se muevan
Materia ay (ò poetas) aquí buena
Donde tan buenos hijos su obra pruevan
Hijos tan piadosos, que defuntos
A los Elysios campos fueron juntos.


epistemai.es – Revista digital de la Sociedad Erasmiana de Málaga – ISSN: 2697-2468
Pérez Jiménez A. Más todavía, salvar al padre y a la madre. El ejemplo de los hermanos de Catania. epistemai.es [revista en Internet] 2026 junio (29). Disponible en: http://epistemai.es/archivos/9843

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