Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla…

 

María Jesús Pérez Ortiz
Doctora en Filología, catedrática y escritora

 

Dice la monotonía

del agua clara al caer;

un día es como otro día;

hoy es lo mismo que ayer.

 

Antonio Machado, el poeta de los universales del sentimiento, abre sus ojos a la luz de Sevilla en un caluroso verano de 1875 y, embriagado por el aroma del patio sevillano del Palacio de Dueñas, comienza su deambular por las horas: Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, / y un huerto claro donde madura el limonero… /. Se educó bajo la influencia de Giner de los Ríos, cuyo ideario consistía en despertar las conciencias, es decir, el espíritu crítico de los alumnos, agudizando “la sensibilidad moral (ser honestos para ser libres)” siempre partiendo de los postulados de la filosofía Krausista. Ése fue el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza, creada por Giner de los Ríos en 1876. Intelectuales de la talla de Joaquín Costa, Leopoldo Alas, Ortega y Gasset, Gregorio Marañón o Ramón y Cajal secundaron el espíritu Institucionalista. A partir de 1881 la Institución se convirtió en el centro de toda una época de la cultura española y en el cauce para la introducción en España de las más avanzadas teorías pedagógicas y científicas extranjeras. Así lo testifica la nómina de colaboradores: Bertrand Russell, Henri Bergson, Charles Darwin, Tolstoi, Tagore, Galdós, Azorín, Juan Ramón Jiménez. Algunos de ellos vinculados íntimamente con la Institución como es el caso de Antonio Machado Álvarez y sus hijos Antonio y Manuel Machado. El método pedagógico que recibió Antonio Machado es una síntesis de la filosofía socrática y de la práctica franciscana, en las que el maestro influye en sus alumnos “no por su autoridad, sino por su conocimiento y su amor”.

Antonio Machado, por Joaquín Sorolla. 1918

Fue hijo de esa España vieja y eterna que nace con la Restauración y alcanza su plenitud con la Generación del 98. ¡Gran siglo español el siglo liberal de los Machado…! Bastaba entrar en un café, en Madrid, para encontrar en torno a una mesa a un grupo de hombres ingeniosos y alegres que disertaban sobre lo divino y lo humano. Si íbamos a la Universidad, podíamos oír la palabra de Menéndez y Pelayo, de Giner, de Cajal… Si abríamos el periódico, nos encontrábamos con el pensamiento de Ganivet y de Unamuno. Si se entrábamos en el Ateneo, escuchábamos la palabra de Cánovas y Castelar. Los libros que aparecían en los escaparates eran los de Galdós, Alarcón, Pereda, Valle… la obra recién estrenada, de Zorrilla o de otros grandes románticos que inyectaron su pasión por el alma de España. Y esa obra representada por María Guerrero… Y esos versos de un excepcional lirismo de Bécquer, de Rosalía de Castro… En las exposiciones se representaban los cuadros de Sorolla o Romero de Torres… En las Cortes hablaban Maura y Canalejas. Es el segundo Siglo de Oro español como lo llamó el maestro Azorín. La vida de don Antonio Machado, cuyo ciclo vital se cumplió en Colliure, transcurrió en esa segunda mitad del Siglo de Oro liberal de España.

Y sigue su andadura por los caminos… 1899, Antonio marcha a París. Le han llegado los ecos de los simbolistas, parnasianos e impresionistas y siente ardientes deseos de conocer estos movimientos literarios. Disfruta junto a Manuel de los encantos de París. Mas Antonio siente nostalgia de España. De nuevo en Madrid, vuelve a sus reuniones literarias. Todos se relacionan y hablan hasta la extenuación, duermen poco y sueñan mucho. No se cuidan de los relojes… El bullicio se extiende al anochecer por las calles de Madrid hasta el alba… Están embriagados de literatura. Leer, producir, hablar sin descanso… Símbolo, el Café y las tertulias. Amables refugios donde prolongar las veladas.

1903: Aparece su obra poética más lírica –Soledades– y un sentimiento de inefable melancolía nos sobrecoge tras la lectura de sus poemas. En cuanto a la temática, resulta imprescindible destacar la importancia del TIEMPO en su poesía que, junto con el tema de la MUERTE y el tema del AMOR, constituyen los ejes centrales de su obra. Sin embargo, es el tiempo, la angustia de lo temporal, el eje y la raíz de todas sus preocupaciones poéticas y filosóficas. Él mismo se llamó “Poeta del tiempo”. Aunque, en su poesía, a Machado le interesa el tiempo en cuanto tiempo, vivido, como fluencia como dijera Bergson, su maestro. Porque para Machado la poesía es “el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo”, que no es sino decir con su propia vida que no es fuera del tiempo absolutamente nada. Para ello creó unos personajes figurados con los que dialogaba que no eran sino desdoblamientos de su propio yo, alter egos con los que siempre conversaba: “Converso con el hombre que siempre va conmigo”, dijo el poeta en Retrato… Y creó para el diálogo poético figuraciones como la mañana, la tarde, la noche, el agua o la fuente, que nunca pudieron ser más acertadas. Los tres grandes momentos con que marcamos el suceder de los días.

‘Soledades’, de Antonio Machado

Mas el símbolo del agua, acompañó a Machado a lo largo de su obra. Agua como eterno fluir y consagrado ya por la tradición: Agua-río en Heráclito, en Dante, en Manrique, es tiempo que fluye incesante hacia la muerte: Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir… Ello nos deja un poso de melancolía: …y al volver la vista atrás/se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar… El poeta escucha la monotonía del agua al caer cuya insistente cantinela le recuerda la fugacidad de lo temporal: Dice la monotonía / del agua clara al caer: / un día es como otro día: hoy es lo mismo que ayer.

Pero no sólo le hablan a Machado las aguas de los campos, también dialogan con el poeta las aguas de las fuentes, de los jardines… Unas fuentes, unos jardines tristes y melancólicos como las tardes machadianas: …tu monotonía, / fuente, es más amarga que la pena mía” (VI). Evidentemente, las fuentes de Machado cantan al dolor de la existencia: …Seguía su cuento / la fuente serena; borrada la historia / contaba la pena. (VIII). Inevitablemente le inducían a la melancólica meditación o al triste recuerdo. El sonido del agua trae a su melancólico corazón la canción de un ayer perdido e irreparable. Estas fuentes machadianas con las que habla el poeta, como si hablase consigo mismo, se han convertido en símbolo exacto del fluir del tiempo. Así podemos entender que sólo lo colocase en el fondo de sus poemas como símbolo de la angustia existencial que el inexorable paso del tiempo deja en lo más profundo del corazón del hombre. Y es que Machado, cuyo pensamiento se colocaba dentro de la filosofía contemporánea, pensaba el ser como ser-para-la muerte. Ello explica su desalentada visión del mundo y su horror de pensar que, con la muerte, desapareciesen todos los sueños que, un día, fueron gratos a su corazón.

Machado, al igual que Unamuno, fue también un “agónico”, un alma hambrienta de Dios y de eternidad, aunque sin la rebeldía presente en el maestro de Salamanca. Un alma, en fin, siempre buscando a Dios entre la niebla. Sin embargo, no todo fue niebla y sombra en su camino, porque para seguir viviendo se refugiaba en el consuelo esperanzador de los sueños, ese “residuo luminoso” que el flujo del tiempo deja al pasar: Se hace camino al andar… Y, también, porque a pesar de sus dudas y cavilaciones, sabía que el alma en última instancia triunfaba siempre contra las arremetidas del olvido y la muerte: El alma. El alma vence… al ángel de la muerte y al agua del olvido. Y, sobre todo, porque más allá de los sueños sentía latir en sus entrañas una afirmadora voluntad de salvación, una voluntad de VIVIR. El que tales palabras escribía no podía ser un hombre sin “esperanza”. Porque si su vida y su poesía fueron el diálogo angustioso y solitario de un hombre con su tiempo, también es verdad que aquel diálogo solitario no era otra cosa que la preparación para ese otro diálogo, el último y definitivo, con Dios en la eternidad: Quien habla solo espera hablar a Dios un día…

En unos conmovedores versos se plasma una verdadera historia de amor. Leonor Izquierdo Cuevas, el objeto de su gran pasión, era hija de los dueños de la pensión donde se hospeda el poeta, tras ocupar una plaza como profesor de francés en el Instituto de Segunda Enseñanza de la ciudad de Soria. Al poeta le sobrecogen a un tiempo los quince años de Leonor, su ingenuidad y su belleza.

Quiero ceñirme a los poemas dedicados a Leonor, la frágil compañera con quien casara un día en Soria. Una poesía hecha toda de ausencias y dolorosas evocaciones, de sueños de amor. “Se canta lo que se pierde”, dijo un día el poeta. Y es que, Machado, que no llegó a escribir a su mujer un solo poema en vida, desde el momento mismo en que Leonor muere, o sea cuando la presencia se convierte en ausencia, nos da como frutos líricos de su melancólica evocación, una serie de bellísimas composiciones que más tarde habrían de integrar la teoría amorosa del poeta.

Del “principio de su ausencia”, nos queda un poema muy breve en el que sentimos eso que el poeta llamó “el desgarrón en las entrañas”, por la separación definitiva: Señor ya me arrancaste lo que yo más quería. / Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. / Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. / Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar. (CXIX)

Hay también un romance donde el poeta narra la muerte de la esposa a todas luces conmovedor. Libre de toda gesticulación plañidera, la contenida voz de Machado reduce ese momento trascendental a la categoría de lo cotidiano y pequeño suceso, a la ruptura de algo muy tenue que se quiebra con unos dedos muy finos. Las palabras parecen moverse silenciosamente por los versos, al igual que la muerte por la casa, casi de puntillas: Una noche de verano-/ estaba abierto el balcón / y la puerta de mi casa- / la muerte en mi casa entró. / Se fue acercando a su lecho/ -ni siquiera me miró-, / con unos dedos muy finos / algo muy tenue rompió. / Silenciosa y sin mirarme, / la muerte otra vez pasó / delante de mí. ¿Qué has hecho? / La muerte no respondió. / Mi niña quedó tranquila, / dolido mi corazón. / ¡Ay, lo que la muerte ha roto/era un hilo entre los dos! (CXXIII).

‘Campos de Castilla’, de Antonio Machado

El resto de los poemas dedicados a Leonor son, ronda de sueños, pura rememoración desde la desesperanza y la melancolía. Después de la muerte de su esposa, Machado se traslada de Soria a Baeza para ejercer como profesor de su instituto. El viaje a Baeza y la muerte de su esposa-distancia y ausencia-junto a la labor depuradora del olvido, han hecho posible el sueño de la amada y su monumento al amor. Espiritualizadas las presencias del ayer, la voz, las manos, la mujer que tanto quiso y que en vida no se cantaron, irrumpen ahora, soñadas, en un cántico de amor, con tanta fuerza de realidad vivida que al sentirlas tan verdaderas en el sueño el poeta duda si todo se lo habrá tragado la tierra: Soñé que tú me llevabas / por una blanca vereda, / en medio del campo verde, / hacia el azul de las sierras, / hacia los montes azules, / una mañana serena. // Sentí tu mano en la mía, / tu mano de compañera, / tu voz de niña en mi oído / como una campana nueva, / como una campana virgen / de un alba de primavera. // ¡Eran tu voz y tu mano, / en sueños tan verdaderas!…/ Vive, esperanza, ¡quién sabe / lo que se traga la tierra! (CXXII).

Es tan viva, tan real, la aparición de la amada, que se convierte en una presencia verdadera, con la que el poeta puede pasear y dialogar, como ayer, por los campos de Soria: ¿No ves, Leonor, los álamos del río / con sus ramajes yertos? / Mira el Moncayo azul y blanco; dame / tu mano y paseemos. (CXXI) La sombra de Leonor sitia por todas partes. Las cosas más insignificantes se convierten en recordatorios de su ausencia.

Y tras años de peregrinaje, Baeza, Segovia, Madrid, el poeta, cansado, sigue, fiel, su camino… Años de sangre y fuego, 1936…,1937…, 1938…, 1939. La agonía de Antonio Machado empieza y se arrastra hasta que el telón del último acto de la tragedia cae en Colliure, un pueblecito marino de los Pirineos.

Tras el estallido de la Guerra Civil, la situación se agrava en la capital de España. El poeta se siente cada vez más herido de mortal cansancio, y con toda la familia a su cargo emprende el terrible peregrinar hacia el exilio. Su corazón cansado, guardaba íntegra la emoción de su Castilla eterna. El poeta sólo lleva consigo una pequeña maleta con ropa y un maletín con “sus queridos papeles”. A estos los quiere sobre todas las cosas. Por ellos podría decirse que ha vivido. El camino está lleno de interrupciones. Fue un espantoso naufragio en tierra. Y hay que ir tirando lo que se lleva. El poeta tira a la cuneta la maleta de ropa… y conserva “el maletín de sus amores”, apretándolo contra su corazón.

Ya está el poeta ligero de equipaje. Ya está casi desnudo, como los hijos de la mar. Ya puede cruzar en la barca la laguna Estigia, el lago de la muerte… A fin de cuentas, le aguarda el eterno descanso. Sus constantes humanas fueron la melancolía y un contenido volcán que había en su corazón. Y también la desilusión y la pena. Zanjado el caminar alegre de la juventud, todo lo demás se le fue yendo poco a poco de las manos y del alma… No estaban hechos para él los consuelos del amor duradero, ni las comodidades de la fortuna. Su destino estaba dispuesto: Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

Y para que tuviera más fuerza la tragedia de Colliure, fueron dos los enfermos. En un lecho yacía la anciana madre; en el otro, Antonio. Al poeta se le presentó la pulmonía. Corría el mes de febrero… Y la vida de Machado llegó hasta el Miércoles de Ceniza. Resulta simbólico. Entonces se extingue. A los tres días fallecía su anciana madre. El telón ha caído por última vez. La tragedia ha terminado. Mas queda el dolor de los que viven, de los que están en Colliure. ¡Y el de Manuel Machado!

 


epistemai.es – Revista digital de la Sociedad Erasmiana de Málaga – ISSN: 2697-2468
Pérez Ortiz MJ. Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla… epistemai.es [revista en Internet] 2026 febrero (28). Disponible en: http://epistemai.es/archivos/9464

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