La enfermedad del sudor inglés y los hantavirus

 

 

 

Jesús Rueda Cuenca
Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas

 

Vaya por delante que este no es un artículo de investigación, sino de información o divulgación; destinado a los lectores de Epistêmai, es decir, principalmente a los miembros de la Sociedad Erasmiana de Málaga, desea simplemente ilustrar a los no expertos en la materia (ya lo son, y bastante, en la suya propia) sobre una cuestión que ha suscitado la atención pública en los últimos meses. El pasado mes de abril saltó la noticia de que algunos pasajeros (alrededor de 10 personas) de un crucero de lujo que venía cruzando el Atlántico desde Argentina hasta las islas Canarias, había sufrido una infección por hantavirus, con el resultado de tres fallecidos a bordo. Dejando al lado cuestiones técnicas o políticas, merece centrarnos en esta infección vírica, que tiene una historia, cuando menos, llamativa.

Historia que se relaciona con el fin de la llamada Guerra de las Dos Rosas (1455-1487); fue este un conflicto dinástico entre dos descendientes de Enrique III de Inglaterra (1327-1377) en pugna por esta corona, los York contra los Lancaster; el 7 de agosto de 1485, Enrique Tudor desembarcó en Milford Haven, Pembrokeshire, Gales, procedente de Francia, con un contingente de soldados mercenarios; ese mismo mes, venció a Ricardo III en la batalla del campo de Bosworth, adueñándose de la corona de Inglaterra. Según las crónicas, casi inmediatamente después de la batalla, se desencadenó una extraña, pero mortal, enfermedad entre el resto del ejército vencedor, que le siguió en su desplazamiento hasta Londres, de tal manera que no pudo celebrarse la ceremonia de coronación hasta el 30 de octubre de ese año, por haberse declarado en la ciudad una epidemia de un padecimiento de características hasta entonces desconocidas, y que, según las crónicas, mató a más de 5.000 personas, más del 25 % de las afectadas.

Sin embargo, parece que ya había casos de ella con anterioridad a la batalla, pues Lord Stanley excusó su presencia en la lucha alegando que estaba enfermo “del sudor”;  también Erasmo hizo mención a esta enfermedad en 1483 y en el reporte en el York Civic Records se cita una pestilencia que semejaba al sudor inglés tres meses antes de la invasión; también se dijo que en junio, antes de la llegada del ejército Tudor, había existido un brote bien reconocido y muy temido en el norte de Inglaterra, sobre todo en Cumberland, Cheshire y Yorkshire, cuya descripción es elocuente para la época:

A newe Kynde of sickness came though the whole region, which was so sore, so peynfull, and Sharp, that the lyke was never harde of to any mannes remembrance before that tyme.”

Es decir que ya desde el principio comienzan a aparecer agujeros negros en la narrativa de esta epidemia; no son muchas las descripciones contemporáneas disponibles de la enfermedad; es primordial la del francés Thomas le Forestier, Tractatus contra pestilentia thenasomonem et dissenterium, es menos minuciosa la del italiano Polydoro Virgil, Anglicae Historiae de 1546, con menor impacto fue la recogida en el informe que Rembertus Giltzheim dirigió al Gran Duque de Mecklenburg, en 1529 – titulado Underricht wie man sich vor der schweissenden krankheit waren und darynne halten sol– al mismo tiempo que Euricius Cordus, médico y profesor de medicina en Marburg, publicó en 1529 una minuciosa exposición de la enfermedad del sudor, Eyn Regiment, wie ma sich vor der Newen Plage/ Der Englisch schweiß genant/ bewaren/ Un so man damit ergriffen wirt/ darin halten sol., si bien el libro paradigmático es debido al británico John Caius (nombre latinizado de John Keys, nacido en Norwich en 1510), con su tratado de 1552 A boke or counseill against the disease commonly called the sweate or the sweating sicknnes; según este, el mal tenía preferencia por los individuos de clase social más bien alta – recibió el apodo de ‘stop gallant’ – afectando raramente a mujeres, niños o ancianos:

“either men of wealth, ease or welfare, or of poorer sort, such as were idle persons, good ale drinkers and tavern haunters.”

Retrato de John Caius, autor desconocido

El padecimiento comenzaba con una sensación de malestar, como de aprensión, de peligro irrefrenable, escalofríos muy intensos y vértigo; dolor intenso de cabeza, cuello, hombros, miembros, tanto superiores como inferiores, y gran cansancio; muy poco después, alrededor de la media hora, aparecía un cuadro de fiebre alta y sudoración muy profusa, de olor fétido y nauseabundo; a continuación, calor, intenso, más cefalea, delirio, sed abrasadora, alteraciones en el pulso, dolor cardiaco, dificultad respiratoria, disminución del nivel de conciencia y colapso que llevaba a la muerte en menos de 24 horas. Si se sobrevivía a este periodo, la convalecencia era larga y penosa, con debilidad extrema, y con el riesgo añadido de poder volver a sufrir la enfermedad en cualquier momento.

Señalemos, en este punto, que los relatos de la enfermedad se expresan fundamentalmente en términos de semiología clínica, descripción de signos y síntomas, basados en la observación y aprendizaje sobre la marcha, pues nadie tenía conocimiento previo ni experiencia de cuadros similares; la mentalidad médica de la época se centraba en la valoración de las manifestaciones del padecimiento, sin plantearse en ningún momento, hipótesis etiológicas (¿Cuál es la causa?: Caius se refería a una infección debida a nieblas malignas y exhalaciones procedentes del suelo), ni patogénicas (¿Cómo se produce la enfermedad?: por un “exceso de humores”, siguiendo la teoría galénica), ni terapéuticas (¿Existe algún remedio que se pueda emplear, y qué no se debe hacer en esta situación? Caius apuntaba “si puede haber otras causas supranaturales, dejo a los divinos su búsqueda y la cura de sus enfermedades, ya que es un asunto que escapa al alcance de mis facultades”), ni tampoco pronósticas. La abundancia de enfermos permitía plantear algún método, de base más bien empírica, como terapéutica; a veces con miras a no empeorar más que a mejorar los síntomas; una especie de estudio prospectivo ensayo/error; en ocasiones recomendaban abrigar bien al paciente, por si la enfermedad podía ser eliminada mediante el sudor; no se permitía al paciente sacar ninguna parte del cuerpo fuera de los cobertores, por mucho calor que aquejase; en otras, más bien al contrario, lo aconsejable era cubrir al paciente con ropa de cama ligera; todos, no abrir ventanas ni permitir corrientes de aire; había coincidencia unánime en prohibir el alimento; respecto de la bebida, de nuevo opiniones contrapuestas; unos partidarios de no dar líquidos que aumentarían la sudoración, otros, de dar bebidas pero no frías, por ejemplo cerveza caliente; y también en mantener despierto al paciente, no dejar que cayera en el letargo, preludio del exitus letalis.

‘The Works of John Caius, M.D.’. John Venn, Sc. D. Cambridge: at the University Press, 1912

Confinada a Inglaterra, en poco más de un mes, la enfermedad desapareció, igual de misteriosamente que había venido; se postula que hubo otro brote en 1492, no bien documentado; lo que si se conoce con certeza es que esta patología, cuya característica clínica fundamental era la profusa y maloliente sudoración, empezó a ser conocida como el sudor inglés, la enfermedad del sudor inglés, técnicamente, ‘Sudor Anglicus’. Entre finales de junio y el mes de octubre de 1508 hubo otro brote, menos extenso, también limitado a Inglaterra, y que costó menos vidas que el primero.

Unos pocos días antes de la citada batalla, la enfermedad de sudor brotó en Oxford, una ciudad situada a más de 120 km. del ejército pretendidamente enfermo de Enrique. Parece altamente improbable que la enfermedad pudiera haber viajado desde el ejército de Enrique hasta Oxford en tan corto espacio de tiempo y con antelación al choque.

 

En este punto, podemos plantearnos algunas dudas ante los comentarios históricos. A la luz de los conocimientos actuales, no cabe duda ninguna que se trató de una enfermedad infecciosa, de fácil contagio, de corto periodo de incubación, breve fase prodrómica, y evolución clínica rápidamente progresiva con muy altas tasas de infecciosidad y de mortalidad; lo primero que nos viene a la mente, ahora, es un virus como agente causal. Pero, si como se afirma, fue transportado desde Francia con las tropas mercenarias de Enrique Tudor, hay algunas cuestiones poco claras al respecto: por ejemplo: ¿eran los soldados o era cualquier otro agente vector incluido en la mesnada?; los soldados ¿eran meros portadores o ya sufrían la enfermedad cuando arribaron  a la isla? No se entiende muy bien que si los soldados ya venían afectos, vista la severidad y rapidez evolutiva del proceso morboso, plantasen combate ¡y venciesen! a las tropas de Ricardo, salvo una desproporción numérica o armamentística abismal a favor del Tudor. Podría ser que alguna avanzadilla arribase a Londres en poco tiempo (de Milford Haven a Londres hay 262 millas) y llevase ya el germen de la enfermedad (presente ya el 19 de septiembre), de modo que cuando Enrique llegó a la capital la encontró sumida en la plaga. Se puede, cuando menos, cuestionar la afirmación de la llegada de la enfermedad con los mercenarios franceses; siempre es más fácil culpar a la guerra y a los extranjeros.

Paralelamente, no falta quien relaciona la muerte “por un vapor maligno que procedía del aire” (2 de abril de 1502) del

entonces príncipe de Gales, Arturo, casado el 14 de noviembre de 1501 con Catalina de Castilla y Aragón, hija de los Reyes Católicos, con la enfermedad del sudor complicando su tuberculosis declarada; no parece demasiado plausible la afirmación.

Y es que, además de los mencionados episodios de 1485 y 1508, tuvo reapariciones en 1517, 1528 y 1551. En la primera del siglo XVI, las Universidades de Oxford y Cambridge fueron clausuradas, por la muerte de muchos y la huida de los restantes estudiantes: menos intensa y más extendida en el tiempo, en oleadas sucesivas, se describieron casos hasta en 1511. En una de ellas, resultó afectado Erasmo de Rotterdam, cuando estaba en Londres durante el verano de ese año; en una carta enviada desde Cambridge el 25 de agosto a Andrea Ammonio, dijo “hasta ahora no hay nada nuevo que contarle sobre mis asuntos, excepto que el viaje fue muy incómodo, y que mi salud es todavía un poco delicada como resultado de la enfermedad del sudor, como le comenté”. Erasmo, estuvo, de hecho, tan enfermo que los rumores sobre su muerte llegaron tan lejos como Mechlin y Bolonia. Erasmo, en una carta a Francisco, físico de Wolsey, adscribe la enfermedad del sudor “en parte a la forma incómoda y mala exposición de las casas, a la inmundicia de las calles y a la suciedad de puertas adentro. Los suelos son comúnmente de arcilla, sembrados de juncos bajo los cuales yace sin molestia una antigua colección de cerveza, grasa, fragmentos, huesos, esputos y excrementos de perros y gatos, y todo lo que es asqueroso”.

‘Eyn Regiment, wie ma sich vor der Newen Plag…’. Euricius Cordus, 1529

La epidemia de 1517 tuvo consecuencias adyacentes; entre las personas destacadas que sufrieron la enfermedad figuran Ana Bolena, segunda esposa de Enrique VIII y el cardenal Wolsey, en dos ocasiones. El rey abandonó la corte (más bien la hizo itinerante) cuando aparecieron los primeros contagios entre sus familiares/servidores, rotando de un lugar a otro tan pronto como tenía noticias de la aparición allí de algún caso; ambos personajes sobrevivieron al mal. Thomas Cromwell perdió así a su esposa y dos hijas.

El cuarto brote, 1528 fue sin duda el peor de todos, con una tasa de mortalidad superior al 25 %; en julio de 1529 la enfermedad pasó a Hamburgo por un barco procedente de Inglaterra y se extendió a lo largo de la costa báltica, alcanzando Lübcek el 30 de julio, Stettin el 31 de agosto y Danzig el 1 de septiembre. Se desplazó hacia el norte a Schleswig-Holstein y Dinamarca, alcanzando incluso Suecia y Noruega, y también el sur de Alemania donde Estrasburgo, Frankfurt, Colonia, Marburgo y Göttingen fueron asaltadas en septiembre.

El último brote fue en 1551; desde entonces no ha vuelto a aparecer en Inglaterra. Hacia 1718 se presentó en la región de Picardía, Francia, una enfermedad con ciertas similitudes a la del sudor inglés.

Ignorando el medio de contagio, es igual de difícil hacer conjeturas sobre la evolución de esta patología. Como hemos señalado, todo apunta, a luz de los conocimientos actuales, a un virus como agente etiológico; así, la causa de su desaparición podría relacionarse con mutaciones en la estructura vírica, que, lo mismo que en ocasiones exacerbaron su patogenicidad y severidad del cuadro clínico, pudieron evolucionar en otros sentidos; por ejemplo, transformándose en un virus menos agresivo, o con menor tasa de infectividad y de letalidad, o capaz de inducir la formación de anticuerpos en el contagiado que generasen inmunidad contra el virus; o incluso, alterando la vehiculización por su vector habitual, a la baja, dejando prácticamente de ser infectivo, y por tanto, transmisible, o al alza, con tal virulencia extrema que pudiera acabar con la estirpe de animal vector.

La comunicación de algunos casos de patologías en cierto modo semejantes en tiempos más recientes, como la aparecida en soldados americanos en la guerra de Corea (1950-1953), o el episodio ocurrido en el pueblo Navajo en las regiones de Gallup, Nuevo Méjico, al suroeste de los EEUU conocido con el Four Corners outbreak en 1993, hizo plantear la hipótesis de que la enfermedad del sudor inglés hubiera sido un síndrome pulmonar producido por virus, designado de inicio como Virus Sin Nombre.

Resultó pertenecer este a la familia de los Bunyaviridiae, especie bunyavere, con varios géneros, pertenecientes unos a los arbovirus (Arthropod borne viruses) y otros a los robovirus (Rodent borne viruses), siendo en estos donde se encuadra el hantavirus, es decir, los que tienen como huésped, fundamentalmente, un roedor. Se han identificado al menos 20 hantavirus, mantenido cada uno de ellos en la naturaleza por una única especie de roedor, y viceversa, y designado comúnmente por el lugar donde fue hallado (Laguna Negra, Rio Mamori, Oran, Choclo, Juquitiva, etc.); su vía de transmisión es indirecta, a través de sus excreciones y deyecciones, saliva, orina, heces, donde el virus permanece aerosolizado; sensibles a la desecación, pueden permanecer  viables más tiempo sin son protegidos por material orgánico (recordemos que los virus son incapaces de generar energía y necesitan captarla de otra fuente, generalmente una célula animal para poder vivir y duplicarse). Absorbido por el ser humano por vía respiratoria, produce el cuadro infeccioso, pero solo un tipo concreto de hantavirus, señalado como ANDV (vulgo Andes) es susceptible de transmisión interhumanos.

Este tipo de virus se manifiesta en el ser humano con dos expresiones clínicas bastante específicas: la fiebre hemorrágica con síndrome renal por hantavirus y el síndrome cardiopulmonar por hantavirus. Es de resaltar que en la literatura moderna, la descripción de estas dos patologías se basa más en su mecanismo patogénico (daño de la célula endotelial del sistema circulatorio, con aumento de la permeabilidad y extravasación de líquido del espacio vascular al intersticial y alveolar, con subsiguiente edema pulmonar, alteraciones de la contractilidad y automatismo cardiaco, con signos de bajo gasto y arritmias, desaturación arterial, shock cardiogénico, que precisa a menudo terapia intensiva, con soporte respiratorio artificial, técnicas de depuración extrarrenal, oxigenación por membrana extracorpórea, etc.). Se da por asumido que el lector actual conoce suficientemente la semiología de estos complejos sindrómicos como para no tener que detenerse a explicitarla en un artículo de revistas médicas de prestigio demostrado, por no perdernos en el piélago de las determinaciones analíticas y estudios del genoma vírico y sus mutantes, estudio de marcadores de inmunidad, reactantes…

Esto afecta a la concepción original de la enfermedad: prácticamente ningún estudio moderno describe como síntoma principal la sudoración maloliente; la supervivencia claramente se alarga más allá de las 24 primeras horas, merced a las técnicas de soporte vital avanzado y a las unidades de medicina intensiva; pero la tasa de mortalidad, no parece haber mejorado sustancialmente: desconociendo datos de seguimiento de pacientes infectados, mencionaremos que en el crucero HV Hondius se comunicaron diez afectados y tres fallecidos: tasa del 30%, nada despreciable.

No concuerdan mucho estos conocimientos actuales con los descritos en la literatura del siglo XVI de la enfermedad del sudor inglés, ni tampoco con el llamado ‘sudor de Picardía’, que afectó a esta región francesa entre 1718 y 1847; ambas siguen siendo un misterio; no concuerda un periodo de incubación en el humano entre 1 y 6 semanas para el síndrome renal por hantavirus, o de 1 semana a 39 días para el síndrome cardiopulmonar, con la rapidez evolutiva descrita para la enfermedad del sudor inglés, rapidez en abatir a sus víctimas, rapidez en transmitirse, rapidez en desaparecer del lugar de implosión. Sin entrar en detalles sobre las condiciones climatológicas y atmosféricas que pudieran crear el medio idóneo para su aparición, como podrían ser periodos de intensa lluvia, inundaciones, que aumentasen la población de roedores, condiciones sociales que favoreciesen su reproducción, como podrían ser almacenes de alimento o graneros bien surtidos en las clases más acomodadas, o la mala situación higiénico-sanitaria de calles y viviendas en la Inglaterra Tudor. Y, por el contrario, la enfermedad actual por hantavirus declarada a bordo debería haber sido contraída por algún pasajero durante su estancia en tierra firme (se habla de una visita turística a un vertedero), pues es poco asumible la presencia de ratones en la sentina de un crucero de lujo.

A diferencia de lo ocurrido con la pandemia de gripe de 1918 (la mal llamada “gripe española), cuyo agente etiológico, el virus A H1N1, pudo ser identificado años más tarde, a partir de cuerpos humanos no inhumados sino conservados en el permafrost de las heladas regiones de Alaska, en este caso no se ha podido lograr ninguna muestra biológica, ni humana ni animal, que pudiera permitir una investigación si quiera medianamente rigurosa sobre el agente causal de la conocida enfermedad del sudor inglés.

 

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epistemai.es – Revista digital de la Sociedad Erasmiana de Málaga – ISSN: 2697-2468

Citación: Rueda Cuenca JA. La enfermedad del sudor inglés y los hantavirus. epistemai.es [revista en Internet] 2026 junio (29). Disponible en: http://epistemai.es/archivos/9860

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