Cervantes frente a Quevedo

 

Ángel Rodríguez Cabezas
Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas,
Sociedad Española de Historia de la Medicina,
Sociedad Erasmiana de Málaga

 

Es sabido cómo el ejercicio de la medicina fue escarnecido por los escritores de todos los tiempos. No es de extrañar. Hasta la I Guerra Mundial (1914-1918), que es cuando debe comenzar el siglo XX (1), la terapéutica de los médicos se reducía a escasos, bárbaros e inútiles remedios. Las sangrías abundantes, bien por flebotomías o por los ejércitos de chupadoras sanguijuelas, las ventosas con escarificaciones o sin ellas, los vejigatorios o cantáridas, las cauterizaciones, el sedal o ventoleta y las manguetas o enemas, eran administrados por personajes de nomenclatura no menos cómica y extravagante que los remedios que aplicaban. Y así, los ministrantes, sanadores, barberos, físicos, sangradores, médicos romancistas, purgadores y algebristas se encontraban frecuentemente en el punto de mira de la literatura de todas las épocas, especialmente en la del Siglo de Oro. No sólo fueron poetas y narradores los que se ocuparon de los médicos para zaherirlos, que también los dramaturgos hacían pisar las tablas a algún estrafalario médico, grotesco e iletrado que sazonaba la escena con secuencias de desagradable comicidad barata.

Francisco de Quevedo y Villegas, atribuido a Juan van der Hamen. Siglo XVII

Hasta la literatura del Siglo de Oro son muchos los escritores que podíamos enumerar ahora por haberse ocupado de forma ingrata de los médicos. Como representante de ellos sólo citaré a Adriano que mandó escribir en su epitafio esta leyenda: Turba medicorum perii (Perecí a manos de la multitud de médicos); y ya en el siglo XVI Antonio de Guevara ironiza sobre nosotros en sus famosas Epístolas familiares (1539): “Decidme señor doctor, ¿en qué ley cabe ni que justicia lo sufre, que curéis vos con vino de san Martín a vuestra calentura, y por otra parte curéis con boñigas de buey a mi ciática?”, así como Vicente Espinel que en el Escudero Marcos de Obregón no deja bien parado al médico Sagredo.

Las nóminas de escritores que atacan a los médicos y sus remedios son amplísimas, pero, sin duda, ninguno lo hace con tanta saña e impiedad como D. Francisco de Quevedo. Nunca elogió a un médico. No existe fragmento alguno en toda su obra que deje constancia de la gratitud hacia alguno de ellos. Los odiaba. Son muchos los ejemplos en este sentido que podría yo ahora citar. Baste como muestrario de su inquina estos fragmentos:

“…la vista asquerosa de tanto pasear por orinales (…), sortijón en el pulgar con piedra tan grande, que cuando toma el pulso pronostica al enfermo la losa. Eran éstos en gran número y todos rodeados de platicantes que cursan en lacayos y que tratando más con las mulas que con los doctores se gradúan de médicos. Yo viéndolos, dije: si déstos se hacen estos otros, no es mucho que ésos nos deshagan a nosotros…”

Cuando habla de la Muerte se expresa de esta suerte: “No habéis de decir cuando os preguntan ¿de qué murió Fulano? No de peste ni de heridas, sino murió de un doctor tal que dio (…)”. Quevedo, también en el entremés El Médico, donde el protagonista, el falso doctor Blas Mojón, confunde a Sócrates con Hipócrates ataca sin piedad de esta manera:

El propio aspecto del médico ya es objeto de burla para Quevedo: “Lo primero linda mula, sortijón de esmeralda en el pulgar, guantes doblados, rodilla larga, y en verano sombrerazo de tafetán. Y teniendo esto, aunque no hayas visto libro, curas y eres doctor”. Y continúa con sus burlas y sarcasmos, muchos amparados solamente en su propia apariencia física: “De gualdrapa en invierno y en verano, / traje de viudas, cuyo luto triste / declara que la muerte va en su mano”.

Quevedo y sus coetáneos -Fernando de Rojas, Mateo Alemán, Enríquez Gómez, en menor medida Lope de Vega-, exponen mortificando críticamente que los médicos no saben curar y además se revisten de gran pompa y majestuosidad para prescribir productos inútiles o para aplicar técnicas bárbaras. Lo que en realidad ocurre, es que aquellos escritores participan de la corriente de disconformidad originada por las transformaciones que en todos los aspectos de la vida social se estaba experimentando, disconformidad que en el caso de la literatura son expresados por la sátira, la burla, la palabra escrita incisiva y a la vez ocurrente. La figura del pícaro surge como elemento para exponer lo que en el ambiente social estaba ocurriendo, como testimonio y advertencia de un profundo cambio.

Retrato de Miguel de Cervantes, de Juan de Jáuregui

Todos los escritores se ponen a la tarea de vilipendiar al médico –quizás porque esa era la forma de revelar la inexistencia de un sistema controlador de la salud y reparador de la enfermedad–, pero ninguno llega al extremo de Quevedo: “…todos enferman del exceso o destemplanza de humores; pero, lo que es morir, todos mueren de los médicos que los curan”.

En el otro extremo del arco literario del Siglo de Oro se coloca Miguel de Cervantes, que en el asunto de opinar sobre los médicos es el contrapunto de Quevedo, ya que su intuición, más que su formación, le hace ver los defectos de la medicina para comprenderlos y justificarlos. Cervantes padeció en sus carnes el dolor de la enfermedad física y psíquica, el mal de la soledad y las heridas de guerra infringidas en la batalla de Lepanto, cuya secuela en la mano siniestra, que resultó lacia e inservible, se ha incorporado por los siglos como apelativo al nombre del más célebre escritor en la lengua española: el manco de Lepanto.

Miguel de Cervantes almacenaba muchos conocimientos médicos. Recuérdese cómo D. Quijote en la venta, maltrecho, no renuncia a la dignidad debida a los enfermos: “¿Úsase en este hospital hablar de esa suerte a los heridos?”. En sus obras quedan reflejados sus muchos saberes médicos, hasta el punto de que Richard Blackmore, médico de cámara de Guillermo III y poeta del siglo XVII, al pedir consejo a Sydenham sobre qué libro debería leer para incrementar sus conocimientos médicos, recibió la siguiente respuesta: “Leed el Quijote”.

El Quijote y varias de sus otras obras están plagadas de términos, frases y secuencias que mucho tienen que ver con patologías o con el arte de curar y que quizás fueran escritas bajo el influjo de vivencias de su infancia y lecturas de su adolescencia, ya que su padre, don Rodrigo de Cervantes, fue cirujano, por lo que seguramente conoció a algunos personajes del mundo de las ciencias de entonces, como al famoso Francisco Díaz, cirujano de cámara de Felipe II, y al que Cervantes dedicó el soneto que empieza así: “Tu que con nuevo y singular decoro / tantos remedios para un mal procuras…”.

Las manifestaciones de Cervantes siempre rebosan respeto hacia la medicina, siendo escasos los pasajes en lo que se muestra bastante incrédulo en la ciencia médica, y cuando lo hace adopta una posición respetuosa, quizás un tanto expectante y limada con comentarios humorísticos. Claro que Cervantes comprende los defectos de la medicina, pero no se recrea en la acometida. En general, desde su papel de herido, de enfermo, no hubo resentimiento sino agradecimiento. Los elogios hacia la figura de médico le llevan en ocasiones a ensalzarlo con respeto y con no poca dignidad:

“Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelaba por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recibía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales…”.

Además, no sólo no censura a los médicos, sino que arremete contra los que no lo son y actúan como tales. Así, Cervantes en boca del ama, reprueba a los curanderos que ejercen el arte de sanar al margen de la ciencia médica surgida del estudio sistemático. Véase el capítulo V, 1ª parte de El Quijote:

“-Ténganse todos, que vengo malferido por la culpa de mi caballo. Llévenme a mi lecho y llámese, si fuera posible, a la sabia Urganda, que cure y cate mis feridas”.

-Mira en hora mala -dijo a este punto el ama-, si me decía a mí mi corazón del pie que cojeaba mi señor. Suba vuestra merced en buena hora, que, sin que venga esa hurgada, le sabremos curar”.

Por otra parte, en el pasaje graciosísimo de Sancho, gobernador de la ínsula Barataria, en diálogo con el doctor Pedro Recio de Agüero, Cervantes, en boca de Sancho, reprueba a los médicos pedantes y de escaso saber (la mayoría) expresando su gran estima hacia los médicos sabios, prudentes y discretos a “los que honraré como personas divinas”. No obstante, en alguna ocasión Cervantes se deja llevar de la corriente crítica reinante hacia la mala e ineficaz praxis médica y se pronuncia contra los médicos, pero con expresiones muy dulcificadas, como cuando el Licenciado Vidriera dice: “…de los malos no hay gente más dañosa a la república que ellos. El juez puede torcer o dilatar la justicia; el letrado sustentar por su interés nuestra injusta demanda; el mercader a quitarnos la hacienda; pero quitarnos la vida sin temor al testigo, ninguno; sólo los médicos nos pueden matar: nos matan sin temor y a pie quedo, sin desenvainar”.

En el fiel de la balanza en este asunto está Lope de Vega, pues en no pocas ocasiones defiende a los médicos y cuando no, los justifica: “No teme a su enfermedad quien al médico la encubre”, aunque también es cierto que, a veces, se une al cortejo de escritores que tiranizan a los galenos: “No tienen tantos difuntos / las espadas y las manos, / todos los fieros tiranos, / todos los médicos juntos”.

‘El Ingenioso Hidalgo Don Quixote de la Mancha, edición de 1605

Salvo Lope de Vega y también Jerónimo Alcalá (1571-1632), Cervantes se queda solo en la defensa de los médicos, Pero ¿por qué, estando tan extendida la postura crítica, se posiciona claramente en este asunto, a favor de los médicos? Sencillamente porque los conocía, sabía de sus limitaciones y tenía profundos conocimientos de la medicina del momento. Bien es verdad que Cervantes no pasó por la Universidad, pero tuvo en la lectura de libros de Servet, de Vesalio o de la medicina árabe, la suficiente riqueza intelectual para lograr que el que luego se denominó “ingenio lego” se despegase en sus estimaciones literarias de la corriente crítica hacia la medicina y los médicos.

Pero Cervantes se aficionó a la medicina no solamente por sus lecturas médicas sino por las enseñanzas que recibió de su padre y de otros físicos y cirujanos que, con toda probabilidad, frecuentarían la casa paterna. Además, antaño, en no pocas ocasiones, el concepto que se tenía de la medicina y su ejercicio era traspolado del trato recibido en alguna época de la vida por algún médico determinado. Quizás de este pensamiento participó Cervantes al ser herido de arcabuz en el pecho y en la mano en la batalla de Lepanto el día 7 de octubre de 1571. Trasladado al hospital de Mesina, parece ser que fue intervenido por el doctor Gregorio López, médico de Carlos V. Aunque necesitó asistencia hasta marzo de 1577 y su mano quedó inservible, adquirió un gran respeto hacia la figura del médico, en cuanto que, junto a su ciencia y “arte”, aporta abnegación y exquisito trato humano. Los conceptos de medicina y de médico como profesión sublime permanecieron en él ya inalterables y la secuela traumática de la mano la llevaba con orgullo, como el propio Cervantes manifiesta: “…perdió en la batalla de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa…”, o cuando lo recalca en Viaje al Parnaso: “…en la naval, dura palestra, perdiste el movimiento de la mano izquierda para gloria de la diestra…”

“Leed el Quijote”, recomendaba Sydenham, como ya hemos dicho. El Quijote para él era casi un tratado de medicina. No diríamos nosotros tanto, pero la novela está plagada de episodios, frases y voces relacionadas bien con la salud mental (…del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro…), con la nutrición (…come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago…”), con la higiene (…lo primero que te encargo es que seas limpio, que te cortes las uñas sin dejarlas crecer…). También aparecen expresiones relativas a patologías y terapéuticas. En el capítulo X de la segunda parte leemos: “ya que el maligno encantador me persigue, y ha puesto nubes y cataratas en mis ojos…”. De los malos humores también se ocupa en varias ocasiones: “…y el que mucho bebe, mata y consume el húmedo radical (humor) donde consiste la vida…”. En fin, se ocupa de las calenturas cuartanas, de la ictericia, de los cálculos renales, del mixedema de Maritornes, de términos anatómicos y biopatológicos, de aspectos psiquiátricos, apareciendo a lo largo de la obra epilépticos, melancólicos, paranoicos, oligofrénicos e histéricos.

Para rematar la argumentación en la que basamos los amplios conocimientos médicos de Cervantes y, por ende, su inclinación o, al menos, su disculpa a la forma de ejercer la medicina, sólo queremos citar la reelaboración de la tesis doctoral del Dr. Harold López Méndez donde se clasifica la terminología médica (desde el punto de vista científico y popular) que aparece en el Quijote. Se recogen estadísticamente 269 términos con contenido anatómico-clínico, la mayor parte de ellos continúan vivos en nuestra lengua, bien en España o relegados algunos, pero con fortaleza lingüística, al habla de Hispanoamérica (3).

 

 

Notas del texto:

  1. “Si más que a las simples fechas, queremos atenernos al curso de la existencia colectiva que las fechas jalonan, parece cosa innegable que el paso de la humanidad occidental desde el modo de vivir característico del siglo XIX hasta el que, visto desde nuestra propia situación, creemos propio del siglo XX, no acontece hasta la Primera Guerra Mundial, por lo que el siglo XIX y el desarrollo de sus contenidos históricos y sociales se extienden sin solución de continuidad desde 1800 hasta 1914”. Laín Entralgo.
  2. Américo Castro en El pensamiento de Cervantes, publicado en Madrid en 1925, afirma que D. Miguel confiesa su fe en la medicina, aunque no siempre en su aplicación por los médicos.
  3. Rodríguez Cabezas, A y Rodríguez Idígoras, M.I. Historias de la Cirugía. Academia de Ciencias y Humanidades de Santo Tomás. 2000

 


epistemai.es – Revista digital de la Sociedad Erasmiana de Málaga – ISSN: 2697-2468
Rodríguez Cabezas A. Cervantes frente a Quevedo. epistemai.es [revista en Internet] 2026 febrero (28). Disponible en: http://epistemai.es/archivos/9491

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