Relato sobre lo ocurrido en un vagón que viajaba hacia el Misterio

 

 

Juan Fernández Ruiz
Doctor en Historia, Especialidad en Prehistoria,
Titular de Universidad y Secretario Gral. de la SEMA
 
 
Soy consciente de ser un viajero subido a un vagón que transita hacia no sé dónde.

Estoy facturado en un viaje sin saber quién ha pagado mi billete.

Ignoro mi estación de salida y el trazado que he recorrido.

Cuando miro por la ventanilla no veo por dónde voy, la oscuridad es la única que me responde.

Creo (no tengo certeza) que circulamos por un túnel construido sobre un terreno que presumo montañoso, pero la imagen que de él podríamos tener es pura imaginación y fantasía.

De cuándo y dónde me bajaré, tampoco sé, aunque sé que falta poco.

Y, con todo, tengo curiosidad imperiosa de conocerlo todo, lo de dentro del vagón, lo de fuera del vagón, de los compañeros de viaje, del sitio a donde llegaré, de quién me recibirá, de qué será de mi vida después de que me baje…

Por lo pronto, entra por mis sentidos un universo, el de dentro del vagón, que me parece una realidad incuestionable, aunque a la que tengo acceso es muy limitada. Con las sensaciones que recibo ‘creo’ (no tengo certeza) que puedo llegar a conocer algo del interior de este vagón: de sus asientos, del portaequipajes, de los aseos, paredes, ventanillas y persianas, de la madera del suelo y los asientos, de la mosca pegada al cristal, del olor a carbonilla, de la plataforma exterior de entrada y salida, del chirrido del tren al dar la curva, del traqueteo de los raíles… Nada de lo que me rodea me parece irrelevante y, aunque algunas cosas de ese entorno son extrañas y desconocidas, todo me parece real, no fruto de mi imaginación. Y de eso, de lo que hay a mi alrededor inmediato, la ciencia, que entiende de la materia extensa, ‘creo’ (no tengo certeza) que me pone al corriente con mayor o menor claridad. Pienso que sé de mi entorno como sabe la alúa de las piedras de mi jardín.  

¿O no?  ¿O creo (no tengo certeza) que conozco?

Hay quien dice que todo lo que creo conocer no es como tal, sino que se trata de pura ilusión de nuestros sentidos o, por lo menos, que mi visión es incompleta, parcial e irracional y que sin una visión de conjunto (o sea más amplia) no es posible captar correctamente la realidad.

Y por ello, el primer problema con el que me encuentro, de cara al conocimiento, es el de la naturaleza de la realidad: un universo aparentemente dual, materia y espíritu, lo extenso y lo inextenso, lo inmanente y lo trascendente, que tratamos de representar mediante un relato que, por proceder de dos formas distintas de crearlo (la ciencia y el mito) obliga a forzar planteamientos que son irreconciliables racionalmente: 1) materia única con dos caras de un oxímoron: una extensa, la sensible y fenoménica, otra inextensa, pneumónica y misteriosa; 2) otra, materia múltiple, con una única y exclusiva cara, la extensa (la inextensa es pura entelequia mental) .

Este es, pues, el punto de partida: el propósito de conciliar ambos planteamientos.

 

No viajo solo. Hay un grupo de personas que, como yo, se encuentran en el interior de este vagón.

Como parte del mundo sensible, afincado en él, están los viajeros humanos, aquellos que poseen mente y tienen conciencia de su existencia, los sapiens sapiens.

Cada uno de ellos, por pertenecer a la misma especie, ‘presumo’ (no tengo certeza de ello) tiene mis mismas curiosidades y mantiene un relato parecido o distinto al mío para justificar sus ritos (respuestas -actitudes y comportamientos- que se apoyan sobre todo relato).

De estas cuestiones hablamos con los compañeros de viaje. Intercambiamos anhelos y experiencias con ánimo de coincidir en cuestiones que tienen que ver con la ‘sincronización’ emocional para el bienestar y la felicidad del conjunto de viajeros. Y de entre ellos (todo de lo divino y de lo humano) se incluyen hasta aquellos de los que hay fuera del vagón (o que creemos que pueda haber), los del horizonte de la materia inextensa, de todo aquello que nos trasciende (un acto de fe que no pretende contradecir a lo que perciben los sentidos, sino que quiere ‘ver’ más allá de su horizonte).

Y es principalmente de ellos, sobre todo de los que nos trascienden, de donde surgen las inevitables controversias. Entre ellas, sobre todo, las referidas a la idea de esa extra-realidad, esa zona oscura y negra de fuera del vagón, inaccesible y misteriosa. Porque de alguna manera es la que nos exige valorar la totalidad de la realidad con la que nos relacionamos, de tal forma que constituye el eje fundamental que rige sobre todo lo demás, principalmente sobre nuestras actitudes y nuestras conductas.

A esta zona de la realidad, tras los limes de lo sensible, tenemos acceso mediante la razón, pero sobre todo (la que nos trasciende) mediante otros canales de transmisión no racionales, como son los de carácter mítico y religioso. De la fiabilidad que les demos a estos, dependerá el convencimiento y la ‘certeza’ del ‘sentido’ de nuestra existencia y la posición, que ocuparán todas las demás realidades, en la escala de valores que todo humano debe poseer como parte de su naturaleza.

 

En un instante, sin que nadie se lo espere, en el extremo opuesto del vagón, en la zona de su cabecera, en los asientos que parecen hechos para mayor lujo y confort, uno de los viajeros vocifera y reclama de forma estentórea (el fuego, la muerte) un asiento a una mujer, que sostiene a una criatura de pecho en sus brazos (el agua, la vida). Se siente apabullada y aturdida, intimidada, no duda ni un momento en ceder el asiento al energúmeno, compañero de viaje, para proteger a su cría. La señora, apesadumbrada y compungida se levanta y, calladamente, busca un nuevo asiento.

Ha sido un momento muy tenso y desagradable. Todos los viajeros han sentido y presenciado el atropello.

‘Hay un supremacista en escena’, sería el título del relato.

 

Además de asientos, portaequipajes, maletas y ventanillas (toda materia extensa accesible a la razón y objeto de conocimiento de la ciencia) en el vagón viajan personas portadoras de actitudes, intenciones, sentimientos y comportamientos. O sea, seres con cerebros extensos (la mente) capaz de utilizar entes que escapan a la racionalidad fenomenológica porque, al ser inextensos, no pueden ser objetos de experimentación y testación, trascienden los sentidos (la conciencia ¿el alma?).

Por tanto, saltamos desde un mundo de fisicalidad sensible (el interior del vagón) explicable a la luz de la razón a otro íntimo y personal que parece circular en otro horizonte paralelo y de misterio inexplicable (la oscuridad del paisaje). De él depende nuestro grado homeostático y de felicidad. Y ello, porque nos da de lleno en nuestra conciencia (una realidad apoyada en otra física, pero de naturaleza distinta, ya que es imperceptible a los recursos cognitivos). Sea cual sea, esta realidad es la que contiene la comprensión de nuestro entorno y la que gobierna nuestras actitudes y comportamientos. Ello exige una ‘lista de precios’ de todo lo que nos rodea (físico y espiritual). Ella nos permite elegir, disponer y actuar.

Esta lista de precios (la escala de valores) determina entre los viajeros perfiles diversos a partir de las distintas escalas que maneja. Estos perfiles fluctúan desde dos extremos paradigmáticos que perimetran el conjunto de dichos perfiles: un supremacista (Pany bonobiensis) y un paciente ínfero (Acqui accipiens). Son dos viajeros paradigmáticos que se sitúan en los dos extremos del vagón y que limitan una franja amplia de compañeros de viaje de muy distintos y mezclados pelajes intermedios.

Se trata, pues, a continuación, de describir las distintas actitudes que muestran los viajeros que van en el mismo vagón.

¿Cuáles son las reacciones y tomas de postura de los que presencian el atropello? ¿Podemos intentar escrudiñar en ellos sin incurrir en aquello de no juzgues y no serás juzgado? ¿O es legítimo saber de las intenciones y propósitos de los demás como componentes también, aunque no sean tangibles, de la realidad en la que estamos todos embutidos?

Tendremos que dar un repaso a estas actitudes.

Primero, los protagonistas, los personajes liminales que sirven como arquetipos: Pany, el bonobiensis, de nuestro relato, y Acqui, el accipiens.

Hacer un retrato de otra persona puede parecer un gesto de agresividad, pero puede no serlo necesariamente.

Un supremacista, el bonobiensis (Pany) hace todo aquello que le apetece, por encima de las intenciones y necesidades de los demás. Descubrir su auténtico rostro no es violencia, es desvelar lo que para nosotros es una realidad, aunque afecte a la intimidad de otra persona. Biológicamente, Pany es un personaje de la misma especie sapiens que Acqui, pero que tiene una conducta similar a la de los miembros de la especie hermana del Pan panicus, clado de chimpancé, conocido como bonobo. Cuando se relaciona socialmente con sus congéneres, satisface sus propios requerimientos instintivos de forma inmediata, sin tener en cuenta para nada las necesidades de los demás. Actitud, por cierto, muy corriente y muy ‘humana’, según nos evidencia la convivencia diaria con muchos de ellos.

Pero no todos reaccionan de la misma forma ante la situación creada. Entre el resto de los viajeros, también sapiens sapiens, como el supremacista Pany, la reacción es extraordinariamente diversa:

Para una gran parte de ellos el momento ha sido muy desagradable. Pero, al no haber sido protagonistas directos, como no les ha afectado directamente, miran para otro lado, silban distraídamente y piensan para sus adentros ¡esto no va con nosotros! ¡no te metas donde no te llaman como reza el viejo dicho! ¡que cada uno aguante su vela como mejor pueda! ¡ande yo caliente y ríase la gente!…

Estamos ante la actitud farisea del que no quiere intervenir en algo que le es ajeno, se desvía de su ruta con tal de no ‘pringarse’ y, ya bien porque sea sábado (lo que dicta su relato ideológico, su mito) o por pura comodidad, lo cierto es que ‘pasa’ del hecho.

 

Otros viajeros, ensimismados en la lectura que tienen entre sus manos, pero a los que no les ha podido pasar desapercibido el asunto, se levantan, se dirigen al supremacista y le afean su conducta. Tratan de convencerle de que las cosas no son así, que vivimos entre personas con la misma dignidad y que en la realidad en la que estamos embutidos no hay derechos de privilegio por encima de los demás semejantes (lo que no quiere decir que todos los semejantes sean iguales clónicamente, como, de forma insistente, sostienen aquellos que, en movimientos hacia una mayor entropía, tratan de homogeneizar enrasando por lo bajo a todos los componentes de la especie.

La reacción del supremacista ante esta otra actitud era de esperar ¡ni caso! ¡a palabras necias, oídos sordos! El discurso resulta vano. Es más, ¡que cada uno haga lo que quiera, el supremacista también merece un respeto, que caramba! ¡todo es relativo, los valores son todos igualmente equiparables, defender y justificar una conducta cualquiera no le da preeminencia dogmática a ninguna ideología! Este es el relativista que le da igual ocho que ochenta ¿no somos libres?, ¿quién nos manda meter las narices donde no nos llaman?

 

Otros viajeros, por el contrario, no pudiendo reprimir sus impulsos primarios, van un poco más lejos. Quieren restituir a su sitio a la mujer ultrajada y exigen al supremacista, física y violentamente, que enmiende su desatino. Dan lugar al conflicto armado, molestan y violentan a otros viajeros y, si carecen de una fuerza mayor que la del supremacista, no solucionan el problema, tampoco. Son fuentes de dolor y sufrimiento para todos. Y si consiguen quitar del asiento al supremacista, y que se apee del vagón para el bienestar de todos, se exponen a ser tachados de dictadores y fascistas indeseables, talibanes y dogmáticos, porque sus acciones no han sido debidamente consensuadas.

Es la imagen del dictador, del tirano que hace su voluntad sin tener en cuenta la opinión de los otros. Es el sistema pre-democrático que han ejercido todos los que han detentado el poder a lo largo y ancho de la Historia (y que sigue en la práctica también actualmente bajo máscaras auto-exculpatorias). Vaya por delante que, aunque no aprobemos los planteamientos de los que quieren imponer ’sus principios y concepciones’, por sus formas abusivas y autoritarias, tengamos necesariamente que reaccionar con el conformismo y la indefensión. Debe haber alguna otra forma de solucionar el conflicto.

 

Un viajero extraño, con el mismo aspecto que sus congéneres, pero un tanto ‘especial’.

 Acqui, en la parábola, un viajero que pertenece a la misma especie que Pany, incorporado físicamente no hace muchas más estaciones atrás, pero que creo tuvo que ver con el trazado ferroviario de inicio, habla de cosas de fuera del tren, de los cielos y los ríos, de la realidad total, de un paisaje idílico en la estación final, de la necesidad de tomar el rumbo para llegar a ella felizmente. Es el que, de forma ‘irracional’, o por lo menos acientífica, extrañamente, por pura empatía (¿sintonía?) (o ¿sincronía?) por ‘amor’, le cede su asiento a la madre ultrajada por el supremacista. No juzga, no ejerce violencia, no trata de convencer a nadie, se deja apalear por Pany, el supremacista que, incluso, llega a expulsarle del vagón.

Estamos ante un samaritano que renuncia a su confort para ofrecer a otro, aunque trasgreda la ley del sábado y no sea de su mismo pueblo. Es el arquetipo del Homo sapiens sapiens, v. accipiens ¿o le ponemos otro nombre? ¿Jesús, el de Nazaret?

Accipiens y bonobiensis son dos modelos polarizados de dos actitudes y comportamientos de la especie humana: Vivir para los demás o vivir para sí mismo (el agua y la vida o el fuego y la muerte, dos idearios que pilotan nuestras vidas). Probablemente sean dos figuras paradigmáticas, que en nuestras realidades se encuentran mezcladas en proporciones muy diversas, excepcionalmente en estado puro sólo la de Jesús, Cristo resucitado. Y me llama poderosamente la atención que el relato evangélico tenga un recorrido paralelo al del proceso evolutivo científico en el que la emergencia de una nueva especie sigue un protocolo de alumbramiento progresivo con una secuencia gradual lenta, temporalmente, pero que fluye en esencia como el caminar peregrino a una meta conciliadora, acogedora, fraterna y divina.

 

Y aquí es donde me pierdo, amigo mío.
Y aquí es donde el tren sale a la luz y me deslumbra.
Y aquí es donde anverso y reverso muestran dos caras a la vez,
y aquí es donde sombra y luz se juntan para mostrar agua y fuego
que dan vida y muerte al mismo tiempo
y donde cuerpo y alma se muestran como la misma cosa:
una única realidad vibrando en frecuencias distintas,
la Trinidad misteriosa.

¡Viajero que se deja apalear
y se deja arrojar a las vías
por haber cometido el desaguisado de ceder su asiento a otro!
¡Y ni se defiende ni maldice!
¿Ante que criatura estamos?
¿Es un chiflado?
¿Cómo se le ocurre pedir el perdón de sus maltratadores
porque ignoran lo que hacen?
¿Y cómo creerle cuando dice que volverá al vagón?
(¿Resurrección?)
¿y que, apeándose en la próxima,
su Espíritu quedará entre nosotros
para que el tren llegue a la estación final?
(¿Paráclito?)

Esto es humanamente, con los ojos de la razón, nada evidente, me confunde y me atenaza. ¡Es incomprensible y antinatural! Aceptarlo exige un nivel de confianza que, como bicho que soy, me supera.

A pesar de todo no renuncio a llenarme de esperanza y arriesgarme a que ese Espíritu haya vuelto para que la especie emergente, que se vislumbra como pequeños destellos en la oscuridad del Universo, sea la Realidad que ansiamos.


epistemai.es – Revista digital de la Sociedad Erasmiana de Málaga – ISSN: 2697-2468
Citación: Fernández Ruiz J. Relato sobre lo ocurrido en un vagón que viajaba hacia el Misterio. epistemai.es [revista en Internet] 2026 octubre (30). Disponible en: http://epistemai.es/archivos/10160

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