Javier Pérez Frías
Universidad de Málaga
Sociedad Erasmiana de Málaga

Málaga. Día de la Virgen de agosto del 2026, sábado, 14.41 de la tarde; dos hombres comienzan a descender algo apresuradamente, como si quisieran abandonar la reunión sin ser notados, las escalinatas que bajan desde la capilla del Parque Cementerio hacia la explanada que se extiende frontera a la capilla, ahora desierta y solitaria bajo el inclemente sol. 33 grados. Conversan mientras caminan hacia las fuentes de la rotonda central.
Uno, el que salió primero, viste pantalón y chaqueta de colores claros, zapatos negros de cordón y mantiene un sombrero panamá blanco en la mano derecha. El otro, algo más mayor pero no mucho, se mueve ágilmente por los peldaños sin cuidarse demasiado de ello; de terno negro con camisa blanca y corbata se toca con un sombrero del mismo color. Ambos parecen fuera del tiempo -sin volverse a mirar como el resto de los asistentes, que abandonan parsimoniosamente el templo, forman corrillos a sus espaldas- y charlan reflexiva pero animadamente entre ambos.
El del panamá comenta:
-Caramba, Don Ángel, ha corrido usted más que yo. Por cierto, no le había visto nunca con sombrero. Le sienta bien.
Su oponente le contestó tras toser un poco como acostumbraba:
-Bueno, Don Javier, lo he recuperado del perchero cuando he visto que usted lo suele usar. La verdad es que soy tímido, aunque no lo parezca, y, hasta hace un rato no he recuperado el valor para volvérmelo a poner. Creo que la gente mira a quienes lo llevamos. – Su amigo sonrió a su vez, comprensivo. Continuó Don Ángel:
-Usted sabe que estas ceremonias suelen ser largas y tediosas; lo que se ha dicho ya se dijo en vida y no tiene ningún sentido que nosotros lo prolonguemos, especialmente ahora, cuando ninguno de los dos estamos en lo que estamos.
-Aprecio que el tránsito no le ha cambiado, sigue siendo usted tan agudo y ágil de razonamiento como siempre.
-¿Y por qué había de cambiar? Simplemente estamos, diríamos, en un espacio tiempo diferente, como dicen mis nietos; un sitio contiguo, la habitación de al lado, como acabamos de oír a esa joven en la iglesia. –Verbalizó el pensamiento con su característica voz quebrada el caballero toledano. Su amigo le miró mientras esbozaba un sutil gesto de aquiescencia y bajaba la cabeza como corroborando lo oído.
-Don Ángel, si me permite, ¿sabe que por un momento casi me engaña?
-Explíquese, no le comprendo…
-Vera usted, cuando esta mañana me enteré de la noticia me quedé impresionado, sinceramente pensé que usted, como Santa Teresa, era de los de mala salud de hierro. Después, charlando con mi señora, tan afectada como yo, dedujimos que, tras las recientes pérdidas acaecidas en su familia, y -usted perdone- su edad provecta, se habría dejado ir. – En este punto la tenue risa cascada del otro interrumpió su parlamento.
-¿Sí, Don Ángel?
-Nada, nada. Continúe, amigo mío. ¿En qué le engañaba yo entonces …?
-Como decía, pensaba que lo suyo era algo inesperado, dentro de lo posible, obviamente. Para mí, después de nuestra muy reciente conversación sobre la carta al Sur que tuvo la amabilidad de valorar y corregir, fue un mazazo. He estado todo el día de ayer como que no estaba. Ido. No quise acercarme hasta esta mañana, más que nada por no turbar el recogimiento y los trabajos que la dama blanca, cuando llega, da a los hijos, nietos y demás deudos.
-Le entiendo. No se preocupe usted. Prosiga.
-Claro. El caso es que esta mañana, hundido en mis pensamientos hacia usted, las personas que, al igual que yo, le presentaban su respeto fueron abriendo las cortinas de mi oscuridad. En fin, querido amigo. No supe de su enfermedad previa ni de su rápido desenlace hasta hace un par de horas; cuando me confirmaron que fue consciente en todo momento de cómo y cuándo se entregaba a Nuestro Hacedor. Y, lo más importante, el porqué. Y hablando con usted tuve la -con perdón- revelación.
Don Ángel, ahora sí, sonrió ampliamente mientras se destocaba, a modo de saludo, y dirigía su mirada a la joven mujer de vestido floreado que parecía esperarle junto a la fuente sin sombra y esbozaba una tímida sonrisa.
-Don Javier, no se le escapa una, mi viejo amigo. Aprendió bien de sus sabios profesores; quizá precisamente por ello no le quise comentar nada de mi último -y a lo que se ve, definitivo– achaque. Usted me perdonará. No fue menosprecio… Tal vez todo lo contrario. Lo cierto es que sentí que ya era hora, querido amigo, ya era mi hora. Y no quise demorar más algún reencuentro– miró a la joven-. Mi familia se arreglará bien. Nosotros, como ahora, nos seguiremos viendo por ahí, usted es de imaginación despierta. Hasta pronto, a las damas no se les debe hacer esperar.
Mientras aceleraba el paso, Don Ángel aún pudo escuchar un quedo:
-Guárdeme sitio cerca de usted, y disfrute… ya sin miedos. Gracias, maestro.
Los dos sombreros se alzaron levemente al despedirse.
epistemai.es – Revista digital de la Sociedad Erasmiana de Málaga – ISSN: 2697-2468
Citación: Pérez Frías J. In memoriam. Don Ángel Rodríguez Cabezas. epistemai.es [revista en Internet] 2026 octubre (30). Disponible en: http://epistemai.es/archivos/10138
