Quintín Calle Carabias
Doctor en Filología Moderna, profesor titular de la UMA y Presidente de la SEMA
Tiberius Claudius Drusus Nero, más conocido como El Cojo, que eso significa Claudius, tuvo mala suerte con las mujeres. Empezando por su propia madre, Antonia, que lo consideraba tonto. Cuando quería insultar a alguien decía: «es más tonto que mi hijo». Claudio había nacido en Lugdunum (Lyon) el 1 de agosto del año 10 a. C. con algún defectillo: era cojo, tartamudo y con algún que otro problema neurológico. Trasladado a Roma, se encuentra años más tarde con el imperio cuando huía de él: la guardia pretoriana, que acababa de asesinar a Calígula (su tío), lo encuentra escondido detrás de las cortinas de una ventana y, velis nolis (quieras o no), lo nombra emperador.
Pero, lo que son las cosas, contra todo pronóstico, fue un gran gobernante. Los trece años que le permitieron vivir amplió el imperio (Britannia), reorganizó la administración y mantuvo en paz las tensiones relaciones internas. Algo que no logró siempre con sus esposas…
La primera de ellas, Plaucia Urgunila (Plautia Urgunilla), de ascendencia etrusca, con la que estuvo casado nueve años, le dio varios hijos. Entre ellos, Britannicus y Claudia, a la que no reconoció porque decía que no era suya. Amén de por otras razones de tipo conspiratorio, Claudio se divorció de ella.
La segunda, Elia Petina (Aelia Paetina), le dio una hija, Antonia; pero no debió de ser muy feliz con ella, porque Claudio la repudió para casarse con Valeria Mesalina. No cabe duda de que las cosas iban de mal en peor, porque a esta traviata la acabó mandando sin contemplaciones a los verdugos.

Diccionario etimológico Latín-Español. Santiago Segura Munguía (Deusto, 2013)
La última, Agripina la Menor (nacida en Colonia y madre de Nerón), acabó envenenándolo el 13 de octubre del 54 d. C., para poner a su hijo en el trono imperial. ¡Esto hiede!
Esto y mucho más nos cuenta Suetonio en Vida de los doce Césares (Gredos). Este destello de historia romana, sin embargo, ha sido sólo el sabroso aperitivo para ubicar mi artículo de hoy.
En latín existía la palabra colonia como granja o tierra de labor. Colo, colere, cultum (cultivar), colonus (culivador, cultor), colonia (granja, propiedad rural; y también ‘población enviada de un lugar a otro’ con esa misión (S. Segura Munguía, Nuevo diccionario etimológico latín-español, Univ. Deusto, 2013).
En el curso medio del Rin de la actual Alemania habían plantado los Ubios su capital. Este pueblo germánico había sido sometido ya por los suevos, unos trescientos años antes de plantarse en Galicia.
Por los años cincuenta a. C. Julio César estableció a su vez allí una fortaleza (oppidum), que se hizo permanente y daría lugar a la ciudad que es hoy. Pero el nombre no se lo dio él, sino una romana nacida allí, Agripina, que acabaría casándose con el emperador Claudio y que, antes de envenenarlo, lograría sacarle la fundación de una colonia permanente de sodados veteranos, denominada en su honor Colonia Claudia Agripina o Colonia Agripinensis. Sus propios habitantes acabarían luego acortando tan largo nombre, reduciéndolo a Colonia (al. Köln).
Hasta ahí, un olor agridulce embarga nuestras pituitarias. Harían falta diecisiete siglos más para que precisamente un italiano residente en Colonia, Giovanni Maria Farina (1685-1766), trocara ese mal olor en agradable aroma.
Tras la larga Edad Media la higiene corporal no era corriente en Europa (J. Bueno, La vida en la era de los descubrimientos, Valencia, Mas-Ivars, 1971). Aún más, en los círculos de la alta sociedad el uso del agua estaba mal vista: «la cáscara defiende al palo», se decía. Y no pocos decesos derivaron de esta mala costumbre. Por ejemplo, a ello se atribuye la muerte de nos pocas reinas, empezando por María Manuela de Portugal, primera esposa de nuestro Felipe II, muerta a los pocos días de dar a luz al príncipe Carlos (así llamado en honor a su abuelo). Una infección generalizada (entonces no había antibióticos), provocada por la mala higiene de las parteras que la atendieron, degeneró en septicemia (descubierta mucho después) y acabó en días con la vida de la reina.
Sin embargo, el mal olor persistía y se intentaba vencerlo impregnándose con el humo de las plantas aromáticas que quemaban. Esto daría lugar al término ’perfume’. Giovanni Maria Farina lograría lo nunca visto: licuar el olor de las plantas. No encontró otro nombre mejor que poner a su producto que ‘agua de Colonia’. Luego, como en el caso anterior, reducido a ‘colonia’ sin más. Su fórmula sigue siendo hoy alto secreto de la casa.
Por cierto, la palabra ‘aroma’ es la viva representación de la sinécdoque (se toma el continente (la flor del aromo o mimosa) por el contenido (su olor). Y encima se generaliza…
Pero no acaba ahí la aventura de la palabra ‘colonia’. Y ésta sí que apesta. La lengua es la notaria de la realidad y toma nota (porque el hombre necesita nombrarlo) de cuanto nuevo aparece. Es decir, cada palabra es hija de su tiempo. Si alguien pretende encontrar la palabra ‘reivindicación’ en tiempos de Carlos V se equivoca, porque es hija de la Revolución Francesa y sus prolegómenos. J. Corominas (Diccionario etimológico de la lengua castellana) localiza en 1737 su aparición en España. Historiadores muy recientes, desconocedores de este hecho, ponen tal vocablo en boca de nuestros Comuneros. Lo que no sólo es un anacronismo, sino una falsedad, pues pretendían, no avanzar un derecho, sino conservar lo que por tradición les correspondía.
Si ‘reivindicación’ es hija de la Revolución Francesa, ‘colonia’, en su último significado, lo es de la revolución industrial. Corominas la ubica en 1841 («coloniaje, 1883; colonial, 1843; colonizar, 1843, colonización»). Dado que nuestro imperio, salvando Cuba y Filipinas, se desarma en 1824, no pudo tener lo que no existía, ni siquiera como concepto.
Pero el mismo Corominas cae en el error, cuando en la voz ‘Barra’ –derivados: barrera, barrote y abarrotar (1726), entre otros– dice: «de ahí abarrotes como nombre de estos fardos, 1696, y, en América, de los artículos que contenían, importados de España en la época ‘colonial’» (el subrayado es mío). A eso se llama, a lo menos, despiste; a lo más, incongruencia y anacronismo. Habrá que irse tapando las narices, porque nos queda historia hedionda para rato.
epistemai.es – Revista digital de la Sociedad Erasmiana de Málaga – ISSN: 2697-2468
Citación: Calle Carabias Q. De Colonia, colonias y otros olores. epistemai.es [revista en Internet] 2026 junio (29). Disponible en: https://epistemai.es/archivos/10061
