El sentir flamenco en Antonio Machado

 

Don Antonio Machado Ruiz, en austera biografía en prosa, nos dice: “Nací en Sevilla una noche de julio (26) de 1875, en el célebre Palacio de las Dueñas, sito en la calle del mismo nombre. Mis recuerdos de la ciudad natal son todos infantiles, porque a los ocho años pasé a Madrid, adonde mis padres se trasladaron, y me eduqué en la Institución Libre de Enseñanza. Mi adolescencia y juventud son madrileñas. He viajado algo por Francia y por España. En 1907 obtuve cátedra de Lengua francesa, que profesé durante cinco años en Soria. Allí me casé, allí murió mi esposa, cuyo recuerdo me acompaña siempre. Me trasladé a Baeza, donde hoy resido. Mis aficiones son pasear y leer”.

Este es el resumen esquemático de uno de los poetas más sobresalientes que ha tenido la Literatura Española. Por nuestra parte, podríamos añadir que en 1919 es catedrático en el Instituto de Segovia. En 1927 fue elegido académico de la Lengua Española, cuyo discurso de ingreso no llegó a leer. En el año 1931 pertenecía al claustro de profesores del Instituto Calderón de la Barca, de Madrid. Murió el 22 de febrero de 1939 en Collioure (Francia) y, por desgracia, allí sigue sepultado para vergüenza y deshonra del gobierno autonómico de Andalucía. Sic transit gloria mundi, como leemos en pasajes de su inmortal obra Juan de Mairena, cumplida la profecía del autorretrato en verso que abre su libro más hondo y transparente, Campos de Castilla (1907 – 1917): “… ligero de equipaje, /casi desnudo, como los hijos de la mar” (cfr. Poesía, pág. 70 (E.  Seix  Barral.  Barcelona, 1983). Según él mismo, era, “en el buen sentido de la palabra, bueno”. Cumplió – cfr. Colección  Austral, núm. 1.530 (1973)- , en el más alto grado que nadie de su generación, el mandato cervantino: “la  pluma es lengua del alma”. A esa alma andaluza que no le queda  más remedio que servirse del cante para expresar lo íntimo del corazón humano: y así, fue fácil para mí interpretar “sus poemas” por uno de los más añejos “palos” del cante jondo:

“En el corazón tenía

la espina de una pasión;

logré arrancármela un día:

ya no siento el corazón.

Aguda espina dorada,

quién te pudiera sentir

en el corazón clavada.”

(cfr. Polo: Alfredo Arrebola en

Cantes a los Poemas Flamencos de Antonio Machado. Málaga, 1989).

 

El flamenco como tema creativo

Pocos podrán dudar –hablo con la mayor objetividad posible- que esa “realidad cultural” llamada flamenco es una manifestación artística de primer orden en cuanto que es signo inequívoco de la cultura española y específicamente  andaluza. Nada de extraño tiene, pues, que -como los toros- el flamenco haya despertado el interés de otros ámbitos artísticos como la pintura, la escultura, la fotografía, el cine y, sobre todo, la literatura. Está suficientemente demostrado que ciertos escritores y poetas lo han tomado como “tema” de sus poemas, novelas, películas, etcétera. Ahora bien, poesía y cante son dos actitudes estéticas  íntimamente relacionadas. No hay, por tanto, error alguno en afirmar que es con los movimientos poéticos románticos cuando se da plena entrada al tema del cante jondo. Y ello porque son dos modos diferentes de ver, concebir y sentir la misma “realidad andaluza” durante el siglo XIX. Este es también el pensamiento del profesor Buendía López, quien  escribe: “…el flamenco, desarrollado y aclimatado en el siglo XIX, bajo las mismas coordenadas  cronológicas que el movimiento romántico andaluz, como arte comprometido con su tiempo, no podía estar, y no estuvo de hecho, al margen de esa circunstancia que le tocó vivir, y de alguna manera sus moldes expresivos estarían en estrecha conexión con la poesía culta de la época.

No podemos olvidar que la poesía romántica, igual que el flamenco, representa –entre otras cosas-  un hermoso canto a la libertad y que, por tanto, coinciden en cantarla al unísono con  tonos exaltados” (cfr. Revista Candil, nº 64, pág. 174. Jaén, 1989).

Así  pues, me atrevo a decir que mientras haya poesía, habrá flamenco, dado que ambas manifestaciones artísticas coinciden perfectamente en su temática: el hombre. Nacimiento, vida, muerte, Dios, sentido de la existencia, el más allá, etcétera. El flamenco, semánticamente visto, forma parte del folklore del que tan enamorado era Antonio Machado, siempre interesado en encontrar la “sabiduría” y la metafísica del pueblo en su núcleo nutricio para esponjarse vivíficamente.  Y así, el poeta sevillano –por boca de su heterónimo Juan de Mairena – nos dejaría dicho: “Reparad en que hay muchas maneras de decir lo mismo, que no son lo mismo. Cuidad vuestro “folklore” y ahondad en él cuanto podáis” (cfr. Juan de Mairena”, Cap. XII, pág. 55. Col.  Austral), como también la poesía. El artista flamenco  se identifica con el poeta: siempre dispuestos a manifestar sus sentimientos, intimidades, inquietudes, algo totalmente contrario al hombre neoclásico del siglo anterior, que se avergonzaba de mostrar sus sentimientos y estaba demasiado embriagado por el oropel de sus ideas: sentido inútil del respeto  humano, del…qué  dirán.

 

Ahondar en el cante jondo

El flamenco, como la poesía, es “algo más” que una música popular y un conjunto de tradiciones y costumbres; históricamente considerado, ha sido la “expresión vivencial” de una comunidad un tanto marginada y tiene –según mi criterio – como principio y finalidad mostrar el “mundo interno, personal y apasionado” del cantaor, tal como sucede en la poesía. Porque, no lo olvidemos, el cante es también producto de una concepción poética en la mente de todo cantaor.

 Es sobradamente conocido el interés fundamental de Antonio Machado Alvarez, ”Demófilo”, como investigador de todo el folklore andaluz y uno de los primeros estudiosos del flamenco de  forma sistemática; así como esa andaluza sensibilidad de Manuel Machado (1874-1947), tan flamenca, juncal y airosa, a veces con olores de manzanilla y arabescos de guitarra que, cuando se arrima al cante, es honda y profunda; pero resulta altamente chocante –producto de la ignorancia– decir que Antonio Machado, cuya obra, pensamiento y vida, tan ligados –afirma Manuel Urbano– por irrenunciable compromiso ético con el pueblo, desconocía  el cante jondo, cuando él, precisamente, es uno de los pioneros en adentrarse hasta lo más hondo de este fenómeno tan cualificador de la cultura andaluza, fuente de gran parte de su inspiración (cfr. El cante jondo en Antonio Machado, pág. 17. Ed. Demófilo, 1982).

En esta línea, hay que recordar las palabras de Jorge Guillén: “Don Antonio tuvo que ser folklorista de nacimiento. Creía en el pueblo y en la copla como andaluz fidelísimo a sus orígenes. La copla resuelve el posible conflicto entre la poesía como pensamiento y como sentimiento”. Por tanto, no existe la menor duda: Antonio Machado ama y admira profundamente el folklore y, fundamentalmente, al cante, expresión del alma popular no sólo por su raíz de voz propia, sino por ese su deseo de que el arte y la cultura entronquen y estén  a disposición de los que han sido despojados. Es triste saber que ciertos flamencólogos, de reconocida autoridad, pasaron de puntillas por la obra folklórica y flamenca de don  Antonio Machado.

El  cante y la poesía se han dado efusivamente la mano por lo que tienen de común: el ser humano en la soledad, en el amor y en la muerte. Trilogía de valores que supo captar el más lírico de los poetas andaluces: Antonio Machado Ruíz (1875 -1939). Él sentía el cante jondo  -escribió Ramón Solís– como algo que hay que oírlo a través de una ventana:

“Yo meditaba absorto, devanando

los hilos del hastío y tristeza,

cuando llegó a mi oído,

por la ventana de mi estancia, abierta

a una caliente noche de verano,

el plañir de una copla soñolienta,

quebrada por los trémolos sombríos

de las músicas magas de mi tierra…”

(Soledades, XIV. Cante Hondo.

Poesías Completas, pág. 85. Col. Austral. 1979).

 

Tanto es el valor de las coplas populares que es curioso –escribió R. Solís, op.cit- que los poetas de más fama, que han sido siempre en España reacios a escribir letras para canciones en otros  géneros y folklore, se han dado por entero al flamenco, precisamente en el campo menos propicio al derecho de autor. Por ello no tuve la menor duda en grabar –con la guitarra del granadino Carlos Zárate– un disco/ LP, Cantes a los poemas flamencos, de Antonio Machado. DIS-CAST., Málaga, 1989 y Presentación del escritor y poeta Manuel Urbano (Jaén)

Y será el propio poeta en Coplas Mundanas (XCV. Poesías Completas, pág.134. Espasa-Calpe, 1979), quien nos dejará incuestionable testimonio de su juventud flamenca en los cafés de cante y, además, una de las más bellas y líricas definiciones de “Copla honda”:

“Pasó  como un torbellino,

bohemia y abrasadora,

harta de coplas y vino,

mi juventud bien amada.

Y hoy miro a las galerías

del recuerdo, para hacer

aleluyas de alegrías

desconsoladas de ayer.

¡Adiós, lágrimas cantoras,

lágrimas que alegremente

brotabais, como en la fuente

de limpias aguas sonoras!…”

 

Causa pena y rabia saber que, con demasiada frecuencia, se ha omitido que Antonio Machado era “un gran aficionado al cante” y asiduo cliente, al menos en su juventud, de los cafés con cantantes, de cuya estancia nos ofrece fiel testimonio el periodista Pérez Ferrero: “También ha empezado a ir a los cafés  flamencos, entre los que siempre se puede elegir. Allí van “en serio”, enamorados del cante y del baile, que merecen honores de gran arte popular. No se cansan de ensalzar su “cuadro flamenco”, formado por la célebre Matilde Prada, “bailaora” de lo fino; el cantaor Revuelta (Antonio Revuelta, siglos XIX-XX, el primer cantaor que interpretó públicamente la Guajira), las Coquineras, Niño Medina, la Camisona, la Macarrona, etcétera. Pienso –y lo afirmo– que este visitar los cafés cantantes pide que el poeta sevillano no sea olvidado. A Machado no le llama la juerga repleta de cañas de manzanilla, de ninguna manera. Su interés era el arte, el espectáculo jondo, tal como lo refiere Ortíz de Pinedo: “Me ponen delante una caña y me la bebo… (si no se la ponen se queda sin  beber”, cfr. ABC, 10/06/1952, Un homenaje. Debo añadir aquí que el único testimonio escrito que nos ha llegado de cantaor que conociera personalmente a don Antonio, es el de José Núñez  Meléndez, “Pepe el de la  Matrona”, (1887 – 1980), mi inolvidable “Maestro”, durante mi estancia en Madrid.

 

Influencia en la obra machadiana

La  afición por el cante jondo, por todo el folklore español, nunca desaparecerá del poeta sevillano. Tenemos testimonios escritos de esta afición del “bueno” de Antonio, tal como nos  cuenta Joaquín Xirau: “…Las tardes de los sábados y domingos, en compañía de algunas personas más, solían reunirse en un salón en el que tocaba y cantaba también D. Antonio, sobre todo canciones populares españolas, andaluzas, castellanas, gallegas, bailes y danzas catalanas, y se mezclaba la música con lecturas, no sólo de clásicos, sino sobre todo de poesías y coplas populares. Veía don Antonio en estas coplas una gran profundidad de pensamiento y tenía la idea de que probablemente en ellas estaba el  germen de una filosofía española”, cfr. Homenaje a Antonio Machado (ABC, 10 de junio de 1952).

No es de extrañar, pues, mi indignación por ese olvido y desconocimiento de la influencia del cante jondo en la obra y pensamiento machadianos, así como del aprovechamiento que de los materiales flamencos efectúa en su producción literaria y, no menos, el concepto que él tenía  del folklore, punto de arranque y eje de su personalidad toda, y del que –escribe Manuel Urbano– ofrece gráficas y expresas referencias andaluzas, las más, sospechosas y sistemáticamente mutiladas en las innumerables citas que de las mismas se han efectuado (cfr. El Cante Jondo en Antonio Machado, pág.27, Madrid, 1982).

Don Antonio Machado, bajo su heterónimo “Juan de Mairena”, nos dirá que “…hemos de acudir a nuestro folklore, al saber vivo en el alma del pueblo, más que a nuestra tradición  filosófica, que pudiera despistarnos (…). Nuestro punto de arranque, si alguna vez nos decidimos a filosofar, está en el folklore metafísico de nuestra tierra, especialmente el de la región castellana y andaluza” (cfr. Juan de Mairena, pág. 153, Col. Espasa-Calpe, núm. 1.530). Y no se olvide –según mi criterio– que el flamenco (cante, baile y yoque), semánticamente considerado es parte del folklore.

Independientemente de su “status” poético en la literatura universal, es claro y fehaciente que, a lo largo de toda su obra, afloran las máscaras esenciales del flamenco, el manantial purísimo en el que se ahornan nuestras alegrías y quejas. El folklore andaluz y, dentro de él, el magma insufrible del arte flamenco, ha sido el eje sobre el que se han manido las indagaciones intelectuales y la creatividad de Antonio en sus frecuentes visitas a los cafés cantantes de la Marina, el Pez y el Naranjo en los que admiraría a Chacón, Ramón Montoya y a Pastora Imperio, haciéndoles exclamar algo que estremece: “…el arte flamenco es un monumento cultural andaluz, por lo menos, como la filosofía de Séneca y Averroes”. Un arte, unos cantes, diría en otro lugar, “en los que la pasión no quita el conocimiento y el pensar ahonda el sentir. O viceversa”.

Con la llegada a Baeza (1913) se produce en la poesía de Antonio Machado el paso decisivo y  ascendente de la poesía de tema castellano a la de tema andaluz, y no sólo porque lo popular  meridional –según  M. Urbano, op.cit. pág. 37-  sea lo que se adentre en su obra, sino porque  lo esencial de Andalucía tiene en ella fiel y adecuado reflejo. Baeza le proporciona a Machado la ocasión de conocer mejor Andalucía, la trágica y recóndita, así como sus viajes por otros lugares de la Andalucía más cantaora: El Puerto de Santa María, Sanlúcar de Barrameda, Rota, Chipiona, Lora del Río, Sevilla, etcétera, que deja una huella profunda en sus prosas y poesías de esta época. Aparece, entonces la sublime soleá de tres versos:

“Aunque me ves por la calle,

también yo tengo mis rejas,

mis rejas y mis rosales.

 

A la orillita del agua

Por donde nadie nos vea

Antes que la luna salga.”

(Lp. 1: Soleares de Triana. P. Completas CLV, II)

 

Soleá: …“este trágico cantar andaluz, ese cantar tan nuestro, tan familiar a nuestra lírica que aún no hemos reparado en su profunda originalidad”, nos dejó dicho el más lírico y profundo  de los poetas flamencos. En Antonio Machado se da una perfecta simbiosis entre “Poesía  y Cante”.

 

Dr. Alfredo Arrebola

Doctor en Filosofía y Letras. Profesor-Cantaor


 

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