La mujer en la literatura española del Siglo de Oro

 
Ángel Rodríguez Cabezas
Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas,
Sociedad Española de Historia de la Medicina,
Sociedad Erasmiana de Málaga
 
A través de la Historia puede observarse que siempre ha existido una clasificación jerárquica natural, expresada así: Dios o dioses, Hombre y Mujer. Este escalafón de valores atendía a motivaciones biológicas y en todo caso se precisaba a través de la ‘ruta divina’.

Siempre existió una doble horma para juzgar el comportamiento, no sólo sexual, del hombre y de la mujer, aunque no cabe duda de que las desviaciones sexuales marcadas por la moral del momento dibujaban las líneas de la trama en casi toda la literatura, donde el honor fustigaba a la mujer. En el siglo XVI, y por imperativo inquisitorial, se procesaba a las mujeres adúlteras bajo la ley secular, que estimaba que el marido ultrajado podía ejecutar a su mujer y a su amante en la plaza pública. Si el adúltero era el hombre, no era necesario someterlo a proceso legal alguno. Eso sí, se acusaba a los que aseguraban que la sexualidad extramatrimonial no era pecado mortal.

Lejos están los tiempos en los que las mujeres no tenían alma, aunque hoy en algunos lugares ni siquiera tienen cara. Sin embargo, mucho se ha adelantado en la función restauradora del género, pero las enormes y ultrajantes diferencias de trato, que aún persisten, quedan en la historia muy bien reflejadas en la literatura. No voy a oponerme ahora al tanto de culpa que en este planteamiento social de la mujer tuvo la moral católica de antaño, para la que casi exclusivamente existían tres componentes: la mujer, la castidad y el diablo. Con no excesivo disimulo aquellas normas morales consideraban a la mujer inferior al hombre y casi un mal, aunque necesario para la perpetuación de la especie (crescite et multiplicamini, replete terram).

El mismo P. Feijoó no se atrevió a defenderlas sin anteponer estas frases (1): “En grave empeño me pongo. No es ya sólo un vulgo ignorante con quien entro en la contienda; defender a todas las mujeres viene a ser lo mismo que ofender a casi todos los hombres, pues raro hay que no se interese en la procedencia de su sexo con desestimación del otro.”

Hubo muchas épocas en que las mujeres, influenciadas por este ambiente hostil derivado de esta idea de género basada en el “orden de Dios”, aceptaban sumisas esta situación, mostrábanse conformes con el papel asignado, adoptando no obstante determinadas posturas para contrarrestar el humillante rol, actitudes que paradójicamente les colocaba en situaciones aún más agraviantes, ya que las únicas posibles soluciones eran el confinamiento en casa, en el convento o en el burdel. Esta era la situación de la mujer en España en los comienzos de la Edad Moderna. Unas y otras aceptaban sumisas el papel de esposas, hijas, monjas, beatas, prostitutas o pobres de beneficencia. Según indicaban los teólogos eran muy vulnerables a las tentaciones diabólicas por lo que requerían protección especial en el enclaustramiento.

Claro que hubo excepciones notables a estas situaciones y algunas mujeres desafiaron valientemente las restricciones del género. María de San José, alcaldesa carmelita de Sevilla, que desafió a las autoridades; Catalina de Erauso, la monja alférez; la madre Catalina de Jesús, que fue considerada madre espiritual; Luisa Roldán, que aprendió escultura en el taller de su padre, célebre escultor.

 

El Siglo de Oro

Todo el teatro del Siglo de Oro se fundamenta sobre el concepto del honor que impregnaba la vida diaria en aquellos tiempos. Si sobre el honor gira la trama del teatro del Siglo de Oro, lo hace con más énfasis en el drama calderoniano. Si al caballero le honran la dignidad y su nobleza, la mujer tiene el deber de la honestidad. Todo esto aboca a la honra sin tacha, al linaje sin mácula.

Pedro Calderón de la Barca

Angel Valbuena Briones considera una nómina de virtudes que deberían orlar al hombre de honor: la fortaleza, la templanza, la libertad, la magnificencia, la magnanimidad, la mansedumbre, la gratitud, la piedad, la fidelidad, la paciencia, la constancia, la modestia y, sobre todo, la prudencia. Paréceme que aquellos hidalgos de los siglos XVI y XVII deberían poseer estas cualidades prestadas de los ángeles, ya que todas juntas formarían el retrato del superhombre. No obstante, la consideración del honor nos muestra muy bien cómo eran los cimientos de aquel teatro dramático que tenía por eje narrativo la honra, y la conducta del caballero debía, pues, aparentar aquellas virtudes y ‘mantenellas‘ antes Dios, ante el rey y ante la sociedad.

Pero el honor puede perderse, siendo la causa más frecuente el adulterio de la esposa, adulterio cierto o simplemente sospechado, siendo esto la mayor desgracia que pudiera sucederle a un caballero. Esta infamia debía ser vengada siempre y de forma inaplazable para recuperar la honra perdida. Esta circunstancia se da en casi todo el teatro de la época. El individuo ofendido debe vengarse no sólo para rehabilitarse ante su círculo social, sino ante sí mismo y, además, lo que era muy importante, debe realizar el acto de vengarse (matar) sin que nadie lo advierta, a escondidas, porque en materia de honor no hay nada como callar (Valbuena). Dice D. Gutierre en El médico de su honra: «Que agravio que es oculto/oculta venganza pide».

Es curiosa la simbología que en el teatro del Siglo de Oro se utiliza con abundancia. Así, los celos son como basiliscos o áspides, y Apolo, el dios del Sol, lo es de la Fama, siendo utilizado como símbolo del honor, y también como metáfora de la mujer: «La hermosura de la mujer buena es comparada a la lucerna esplendente y al Oriente Sol” (3). Al considerar el maltrato a la mujer en la literatura del Siglo de Oro, analizaré tres dramas clásicos: El médico de su honra de Calderón de la Barca, La fuerza de la sangre de Cervantes y El castigo sin venganza de Lope de Vega.

 

El médico de su honra. Pedro Calderón de la Barca              

En este drama de honor, el marido deshonrado (D. Gutierre) aprovecha el más común de los recursos terapéuticos de la medicina de entonces para “lavar su honor” (curar su deshonra). La esposa morirá sin que nadie pueda sospechar que la causa fue la venganza por el adulterio. El marido ultrajado trae en secreto a un barbero y le obliga a sangrar a doña Mencía, su esposa, hasta la muerte. El “juego de palabras” ayuda a la ocasión: sangrar es lo que hacían los médicos para curar las dolencias de una persona. Ese médico (el médico de su honra) pretende, al sangrar mortalmente, curar, dar vida a su honor. Galeno ya dejó escrito en su Libro sobre las pasiones del ánimo que el médico debe diagnosticarlas, evitarlas y curarlas. Este pensamiento es el que aplica Calderón en este drama al utilizar para curar la deshonra la más usual de las terapéuticas médicas.

Una edición actual de ‘El médico de su honra’

Es interesante comentar diferentes pasajes del drama. En la Primera Jornada mantienen conversación el Infante D. Enrique, el personaje que presuntamente ultraja (hermano del rey D. Pedro), D. Gutierre, esposo ultrajado y la propia Dª Mencía de Acuña. Ésta, respondiendo a D. Enrique, así se expresa: “Dicen que el primer consejo / ha de ser de la mujer / y así, señor, quiero ser / (perdonad si os aconsejo) / quien os dé consuelo…». Repárese que en los refranes hechos por Hernando Nuñez Pinciano, 1510, aparece uno muy apropiado a considerar en el discursear de Dª Mencía: “El consejo de la mujer es poco, y el que no le toma es loco”.

Mas adelante Dª Mencía se justifica de esta guisa ante Jacinta: “Nací en Sevilla, y en ella / me vio Enrique, festejó / mis desdenes, celebró / mi nombre…, ¡felice estrella! / Fuése, y mi padre atropella / la libertad que hubo en mí: / La mano a Gutierre di, / volvió Enrique, y en rigor, / tuve amor, y tengo honor. / Esto es cuanto sé de mí.»

Es importante considerar luego el monólogo de D. Gutierre, lleno de sospechas que desearía desterrar de su mente, como todo esposo agraviado, pero invadido a la vez por los celos. Veamos un fragmento de este monólogo: «Yo os he de curar, honor, / y pues al principio muestra / este primero accidente / tan grave peligro, sea / la primera medicina / cerrar al daño las puertas, / atajar al mal los pasos. / Y así os receta y ordena / el médico de su honra / primeramente la dieta / del silencio, que es guardar / la boca, tener paciencia: /…Esta noche iré a mi casa, / de secreto entraré en ella / por ver qué malicia tiene / el mal; y hasta apurar ésta, / disimularé, si puedo, / esta desdicha, esta pena, / este rigor, este agravio, / este dolor, esta ofensa, / este asombro, este delirio, / este cuidado, esta afrenta, / estos celos… ¿Celos dije?… Pues basta; que cuando llega / un marido a saber que hay / celos, faltará la ciencia; / y es la cura postrera / que el médico del honor hacer intenta».

Se advierte en todo el parlamento del marido ultrajado, D. Gutierre, cómo intenta no declarar, silenciar, sus celos: “Riguroso es el dolor de los agravios; / mas con celos ningunos fueron sabios”, que un caballero se sentiría deshonrado si tal hiciera”. Esto ocurre mucho en la obra de Calderón, en consonancia con el refrán del Vocabulario de refranes de Gonzalo Correa, 1906: “hombre celoso de suyo es cornudo”.

La Segunda Jornada concluye con la decisión ya firme de D. Gutierre: «Pues médico me llamo de mi honra / yo cubriré con tierra mi deshonra».

Calderón utiliza uno de los cargos más graves que podían suceder en materia de deshonra: el escribir una carta al amante y que esta cayera en manos del esposo. La decisión es firme: “Muera Mencía de suerte / que ninguno lo imagine». Los sentimientos de D. Gutierre hacia su esposa y la resolución tomada quedan bien claros en la nota que le escribe: “El amor te adora, el honor te aborrece; y así el uno te ata y el otro te avisa. Dos horas tienes de vida: cristiana eres; salva el alma, que la vida es imposible”.

Concluye la Tercera Jornada con la entrada en acción de Ludovico, maestro sangrador, que bajo amenazas es obligado a sangrar a Dª Mencía hasta su muerte. Finalizando la Tercera Jornada, D. Gutierre aclara y sintetiza su estrategia de curar su deshonra: «Médico soy de mi honor, / la vida pretendo darle / con una sangría; que todos / curan a costa de sangre».

En este drama de Calderón, el problema de los celos acarrea el maltrato a la mujer por parte del marido en su faceta más grave, el asesinato encubierto, encubierto esta vez bajo el disfraz del tratamiento médico. Sintetizando, podemos indicar que el deshonor, la deshonra del varón a causa de adulterios o simples sospechas de ellos, los trata Calderón en tres obras de excepcional fuerza dramática, presentando casos extremos, donde el maltrato femenino alcanza su máxima crueldad representada en el asesinato.

  1. En El médico de su honra.
  2. En El pintor de su deshonra la esposa es raptada y el varón ofendido ejecuta a ambos: esposa y raptor.
  3. A secreto agravio, secreta venganza cuenta la trama de un adulterio realizado conscientemente, pero que detiene don Lope antes de que se ejecute.

En los tres dramas la trama es la misma. Los esposos burlados (presunta o ciertamente) vigilan a sus esposas y, al comprobar o creer como cierta la culpa, las asesinan, en secreto, sin dejar traslucir previamente los celos, que tal manifestación no es digna de caballeros.

 

La fuerza de la sangre. Miguel de Cervantes             

En esta obra se pone de manifiesto con toda la fuerza narrativa de M. de Cervantes un tipo de maltrato a la mujer que se olvida frecuentemente al confeccionar la nómina de los procederes y circunstancias en que la mujer ha sido y será vejada por el hombre. Se narra en La fuerza de la sangre la violación de una doncella que fue arrancada materialmente de los brazos de su padre por un caballero, auxiliado vil y cobardemente por sus camaradas de correrías.

Miguel de Cervantes

Cervantes hace aparecer la acción en la bella ciudad de Toledo: “Una noche de las calurosas del verano volvían de recrearse del río en Toledo un anciano hidalgo con su mujer, un niño pequeño, una hija de edad de diez y seis años y una criada. La noche era clara… y el paso tardo, por no pagar con cansancio la pensión que traen consigo las holguras que en el río o en la vega se toman en Toledo”. Cruzóse esta familia con un caballero que Cervantes por “buenos respetos, encubriendo su nombre” hace llamar Rodolfo, acompañado de sus camaradas. La mucha hermosura del rostro de Leocadia, que tal era el hombre de la hija del hidalgo, despertó en Rodolfo “un deseo de gozarla”, y así lo hizo saber a sus compañeros, que volviendo sobre sus pasos “resolvieron robarla, …; que siempre los ricos que dan en liberales hallan quien canonice sus desafueros y califique por buenos sus malos gustos”.

Desmayada la llevó a un cuarto aparte que tenía en casa de su padre y “antes de que de su desmayo volviese Leocadia, había cumplido su deseo Rodolfo; que los ímpetus no castos de la mocedad, pocas veces o ninguna, reparan en comodidades y requisitos … Ciego de la luz del entendimiento, a oscuras robó la mejor prenda de Leocadia, y como los pecados de la sensualidad, por la mayor parte, no tiran mas allá de la barra,… le vino a la imaginación de ponedla en la calle, a si desmayada como estaba; y yéndolo a poner en obra, sintió que volvía en si”. Pasada la confusión, Leocadia recordó todo lo sucedido, y en un alarde de generosidad perdona la ofensa al mancebo con sólo “que me prometas y jures que, como la has cubierto con esta oscuridad, la cubrirás con perpetuo silencio sin decirla a nadie”.  Pero lejos de aceptar tal pacto, el agresor (“poca recompensa para tan grande agravio”) intenta forzarla sexualmente de nuevo, lo que no consigue al defenderse Leocadia “con mas fuerza de la que su tierna edad prometía”.

Hasta aquí la narración, en la literatura de Cervantes, de las circunstancias de este ejemplo de maltrato femenino: una doncella, hija de hidalgo, violentada, con la infame colaboración de sus camaradas, y robada materialmente de los brazos de sus familiares; el testimonio del perdón por la enorme ofensa cometida, que no era otra que la perpetua pérdida de la honra, y ya se sabe cuan importante y grave era esta desdicha en aquellos tiempos, y finalmente la respuesta despreciable e  infame del agresor, traidor y desalmado.

La trama que continúa sobrepasa el tema de este trabajo. Baste poner de manifiesto que el ultraje es reparado con la boda entre Rodolfo y Leocadia, a los siete años de la afrenta, gracias a las buenas artes de Dª Estefanía y su rico esposo, padres de Rodolfo y abuelos del hijo habido de aquella relación ultrajante (Luisico). Necesario es resaltar, para concluir, las palabras que el hidalgo, padre de Leocadia, le dirige cuando tiene conocimiento por ella de la violación: “Advierte, hija, que más lastima una onza de deshonra pública, que una arroba de infamia secreta; y que puedes vivir honrada con Dios en público, no te pene de estar deshonrada contigo en secreto. La verdadera deshonra está en el pecado y la verdadera honra en la virtud”.

 

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epistemai.es – Revista digital de la Sociedad Erasmiana de Málaga – ISSN: 2697-2468
Rodríguez Cabezas A. La mujer en la literatura española del Siglo de Oro. epistemai.es [revista en Internet] 2026 junio (29). Disponible en: http://epistemai.es/archivos/9744

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