Volver al inicio de 'El Llano de la Virgen, un yacimiento prehistórico que quiso hacerse visible'
Vistas las estructuras verticales, la estratigrafía, cabe fijarnos en las horizontales, estructuras de habitación y muros perimetrales, que se descubrieron en los cortes más periféricos de las excavaciones, ya que hacia el interior la potencia de los depósitos disminuía hasta desaparecer por completo con el afloramiento de la roca virgen que constituye el suelo del Llano, las calizas (fig. 10).
En el corte XVII (fig. 11), lo primero que llama la atención es que, superficialmente, bajo la albarrada moderna que contornea parcialmente esta parte del Llano, nos encontramos con un derribo de sillarejos revueltos con argamasas, detectado desde el principio en el Corte I, que parecían indicar la destrucción de una estructura de cierre de esta parte del yacimiento, la más vulnerable defensivamente, ya que se podía seguir en casi todos los cortes de la zona periférica, Cortes I, II, V, XIV, XV, XVI y XVII. Al parecer se veía amortizado y, delante de su derribo, en este Corte XVII, se documentaron también dos líneas de sillarejos paralelas, con relleno interior, que, suponemos, vendrían a constituirse en una línea de defensa que sustituiría a la anterior y que, naturalmente sería posterior a ella.

Fig. 10. Planimetría de los cortes abiertos en la excavación del Llano

Fig. 11. El corte XVII

Fig. 12. Esquema del perfil sur del corte II tras su excavación

Fig. 13. Evolución hipotética de las estructuras verticales documentadas en el corte II

Fig. 14. Estructura muraria de una posible cabaña documentada en el corte III
La figura 12 ilustra las estructuras descritas anteriormente (Albarrada). Y su evolución hipotética, creemos, fue la siguiente (fig. 13):
Además de estas posibles líneas de defensa, en el Corte III (fig. 14), apareció otra estructura que no tiene que ver por su situación con el carácter de cierre y de defensa como la anterior, sino que pudo tener una función de estructura de hábitat.

Fig. 15. Dibujo idealizado del cerro del Llano desde el norte y dibujo en sepia de un poblado imaginado de finales de la Edad del Bronce
La conclusión, pues, que podríamos extraer de este conjunto de estructuras horizontales es la de que seguramente estemos ante los restos de un pequeño poblado, con defensas localizadas en la zona más vulnerable del mismo, la parte meridional, constituido por cabañas construidas con sencillas paredes con mampuestos. Algo parecido a la imagen que hemos imaginado en color sepia y que aparece en un sitio opuesto al que figura en imagen (fig. 15). La vista del dibujo en negro está tomada desde el norte del Llano, cuando las estructuras excavadas se sitúan al sur del Llano.
Otro capítulo que hemos podido documentar es el de las estructuras funerarias que aparecen distribuidas en el exterior y alrededor del poblado, en los taludes perimetrales. Aproximadamente han llegado hasta nosotros algo más de media docena de esas estructuras, presumiblemente cistas, aunque en algunos casos sus restos son simples indicios (fig. 16 y 17). Se trata de sepulturas individuales (con un máximo de tres cadáveres por estructura) que se hallan depositados en cistas o en fosas formadas en algunos casos por ortostatos alineados, en las que se deposita, además de uno o varios (no pueden considerarse en estos casos como sepulturas colectivas al modo megalítico) elementos de ajuar, generalmente cerámicos. La aquí representada, hallada en un borde del camino de acceso a la Ermita, fue la única que pudimos documentar intacta y casi completa.

Fig. 16. Cista nº 1 de la necrópolis del Llano

Fig. 17. Elementos cerámicos de ajuar de la cista nº 1
¿De todo esto documentado hasta el día de la fecha, qué podemos inferir? ¿A qué conclusiones podemos llegar, en general, a la vista de estos datos estructurales y de los materiales funcionales asociados? En primer lugar, que conocían las prácticas agrícolas y ganaderas, cosa aparentemente evidente y normal, pero que para la zona y el momento es realmente excepcional y novedoso. Antes, en época ‘megalítica’, la economía se sustentaba en productos de recolección temporal que hacía necesaria, imponía, un tipo de ocupación itinerante, no fija (fig. 18 y 19).

Fig. 18. Dientes de hoz y molino

Fig. 19. Pesas de telar, fusayola, fragmento de quesera y cuernecillo de arcilla
¿Qué nos hace pensar que ahora cambia la economía? Porque se hallaron numerosos molinos y manos de molino para la molturación de granos, elementos de hoz para segar y fusayolas y pesas para el trabajo de lana, elementos que se dan sobre todo en regímenes de vida basados ya en economías de explotación agrícola principalmente, dato refrendado y apoyado por la presencia de estructuras de hábitat, como la del corte III, más sólidas y perdurables que las cabañas de grupos itinerantes.

Fig. 20. Hachas líticas y azuela metálica
Y, por la misma vía, dada la cantidad de hachas y azuelas que aparecen en superficie (en dioritas y también alguna metálica), también podemos afirmar que prácticas importantes debieron ser, entre sus tareas cotidianas, la arboricultura, lo que requiere igualmente un tipo de ocupación estable por los prolongados ciclos productivos de la arboricultura, y el trabajo de la madera (fig. 20).
Y por si esto no fuera suficiente, el capítulo innovador y muy destacado de la práctica metalúrgica es indicativo de una importante y novedosa actividad productiva, que se evidencia por la presencia de escorias y crisoles, se sospecha de un aprovechamiento de azuritas y malaquitas en vetas ya agotadas en las cercanías, además de numerosos y variados elementos metálicos (azuelas, punzones, puntas y puñales), lo que pone de manifiesto el uso y la elaboración in situ de estos objetos metálicos (fig. 21 y 22).
En resumen, estamos ante una secuencia cultural que se inicia con una ocupación estable en torno, por lo menos, al 2500 a. C. Se constata que esta población abandona el régimen de vida itinerante, que hasta estos momento llevaba, se sedentariza (murallas, cabaña y necrópolis, lo testifican) e inaugura en el territorio del valle del Pereilas, con lo que sería extensible al del río Grande, una forma de vida menos precaria, mejor adaptada al medio, más acorde con una forma nueva de obtener recursos e intercambiarlos, lo que, paralelamente, supondría, de forma hipotética, una superestructura ideológica (concepción del universo y religión) algo diferente a la de las poblaciones anteriores, la de los itinerantes pueblos de recolectores megalíticos.

Fig. 21. Fragmento de crisol, azuela, puñal, gota, punta y punzón

Fig. 22. Metalurgia. Ilustración del autor
Esto es lo que hay en el Llano. A partir del momento de la paralización de los trabajos de campo, comienza nuestro particular calvario, que llega hasta hoy, para darlo a conocer. Todos, desde el principio, serán quejas y obstáculos. Los problemas para la conservación, la continuación de la investigación y la difusión de sus resultados, o sea, todo lo que se ha hecho, no ha sido suficiente para contrarrestar el sibilino propósito de ‘tapar’ o ignorar la existencia de este testimonio del pasado. Todo un rosario de incongruencias, falta de comprensión y de valoración, intereses privados, obstáculos y actuaciones han silenciado y procurado la eliminación del yacimiento (fig. 23).
Por esto es por lo que he querido incluir esta conferencia en la programación de la SEMA y así refrescar la tan denostada historia, la memoria, ya que son demasiadas las distracciones que nos ofrece el mundo moderno que coadyuvan a que olvidemos las bases que constituyen nuestra entidad como seres humanos. No se trata de encontrar y señalar a los culpables (podría parecerlo) entre otras cosas porque la responsabilidad es de todos, pero sí que me gustaría llamar la atención sobre el papel que algunos sectores sociales desempeñan en esta labor. Las Administraciones, en primer lugar, no haciéndose cargo de la conservación y el rescate del yacimiento. Y la Escuela, en segundo término, como parte de ella, como transmisora de conocimientos.
Permítanme, pues, que les hable, para apoyar las conclusiones de estas reflexiones, de la sacralización del Patrimonio arqueológico y cultural. Hay cosas que tienen un valor intrínseco, como los artículos de primera necesidad, como es la vida, y hay otros a los que se les adjudica desde fuera, por los demás. Es el valor añadido.

Fig. 23. Invisible…, pero está
Las cosas valen más o menos y su valor se ‘escala’, se jerarquiza. El patrimonio cultural e histórico también y, por tanto, debe ocupar en un lugar preferente. Todo no es producto de ‘todo a cien’, como pretende el relativismo radical, las cosas se sitúan en una escala de valores y sirven para guiar y establecer normas de conducta para la sociedad que las consume. En esta ‘ordenación escalar’ hay artículos que no tienen precio (al margen del lugar que ocupen en ella) son los sagrados, los que ni se compran ni se venden. Después están todos los demás que son objetos de comercio que tienen un precio que fluctúa en el mercado según la oferta y la demanda (sacralizar es una característica genuinamente humana, somos los únicos seres vivos capaces de adjudicar un valor a entes inmateriales, que carecen de extensión y temporalidad, pero no por ello de realidad, pues son tan reales como el pan y la sal).
La sacralización de los bienes culturales e históricos es algo que debe aprenderse, de ahí la relevancia que ha de darse en los centros educativos a los hechos históricos, las fuentes arqueológicas y el patrimonio arquitectónico. Y hay que transmitirlos con sinceridad, no interesadamente de forma espuria. No caben los sesgos ni las lecturas al servicio de ideologías sectarias que pretenden cambiar el pasado para su propio beneficio. Y esto porque el pasado es la guía que ilumina nuestro futuro. Los desmanes a los que asistimos, las fechorías que se cometen sobre esos bienes y las lamentaciones a las que dan lugar, las relecturas de la memoria histórica, tienen sus orígenes en una mala praxis pedagógica que deja inermes a los pueblos ante la percepción ajustada de los valores.
Hay que aprender de los errores. No basta con lamentarse. Hay que inculcar a los jóvenes que todo no es consumir, que por encima de los instintos darwinianos de todo ser vivo, hay una urdimbre inmaterial, un alma, que nos señala un camino, una salida, hacia un nuevo ser humano, hacia un homo sapiens menos apegado a la tierra, más espiritual, más acogedor de los otros, más solidario, en términos testamentarios, más buen samaritano. La Escuela está deslumbrada por las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial es el futuro, sin duda. Hay un camino abierto en el que hay que dejar que las máquinas hagan su trabajo por nosotros y que nos ahorren esfuerzos, penurias y deberes para con los demás. Pero ¡atentos! seamos conscientes de que las máquinas no son seres humanos, que no nos pueden sustituir, que siguen, por muy sofisticadas que sean, siendo ‘objetos’, que carecen de sentimientos, no son personas, deben mantenerse en un lugar subordinado en la Escala de valores. Caer en esa trampa de humanizarlos (como hacemos con los animales algunas veces) puede dispersar, diluir y adormecer nuestras emociones y sentimientos, borrar de nuestras caras las sonrisas, anestesiar la sensación de ternura de nuestros gestos, hacer de nuestro corazón un órgano de bombeo mecánico incapaz de sufrir, por amor, por los demás. Y esto no sería ya humano.
epistemai.es – Revista digital de la Sociedad Erasmiana de Málaga – ISSN: 2697-2468
Fernández Ruiz J. El Llano de la Virgen, un yacimiento prehistórico que quiso hacerse visible. epistemai.es [revista en Internet] 2026 febrero (28). Disponible en: http://epistemai.es/archivos/9383
