‘Elisa la Malagueña’ de Juan Valera. Obertura inacabada de una novela griega

 
 

Aurelio Pérez Jiménez
Profesor Emérito de la Universidad de Málaga
Vicepresidente primero de la Sociedad Erasmiana de Málaga
 
 
Llevado por mi amor hacia la cultura clásica y buscando ecos de Plutarco en la literatura española del siglo XIX y XX, me topé un día, hace más de diez años con esta novelita breve, “inacabada”, donde Juan de Valera quiso tal vez dejar constancia de su deuda biográfica para con Málaga. Me refiero a Elisa la Malagueña cuyo primer capítulo publicó en la revista Blanco y Negro en 1903. En el prefacio evidencia, sin presumir de erudito, una sólida cultura grecolatina y un indisimulado interés por los temas históricos como motivo literario, más aquilatado sin duda en otras novelas y en sus estudios críticos, pero que da frescura y un encanto especial a los personajes de esta obrita.

Comienza el relato con unas supuestamente autobiográficas Confidencias de Elisa (cap. I) que resumo ahora:

En la Málaga romana del siglo III d.C., en tiempos de Severo Alejandro, andaba por los burdeles y tablaos de la ciudad aquella muchacha de baja condición social, pero con gran talento natural para el baile, a la que Valera da el nombre de Elisa. La explotaba desde muy niña en su grupo de cante y danza un empresario llamado Isidoro, que, siendo ya mocita, la traspasó para salir de sus problemas económicos a un tal Dióscoro de Samos. Este y su hermana Zoe habían llegado a Málaga contratados por el propio Isidoro, con motivo de los festejos de la ciudad para celebrar la subida al trono del emperador. Con la venta se formó así una pequeña compañía compuesta por los dos hermanos y Elisa; a esta la acogió con especial aprecio Zoe, que se encargó de instruirla en los aspectos más técnicos del baile. La joven perfeccionó con ello sus cualidades y durante unos años los tres causaron sensación por los teatros de España, Italia y Grecia. Con el éxito creció en ella durante esos años la admiración y el afecto por Dióscoro y su hermana, junto a otras sensaciones que no había experimentado antes. Un día, sin saberse cómo, Elisa sintió la presencia en sueños de un ser excepcional que la observaba y la fue enamorando y apartando del cariño no correspondido que desde hacía tiempo sentía por Dióscoro. Pues bien, estas confidencias, dirigidas precisamente a Dióscoro, cierran el capítulo; y en ellas Elisa deja entender que si ese ser maravilloso tomara cuerpo de realidad no sabe si haría una locura.

El caso es que un día desapareció (cap. II) dejando angustiados a Dióscoro y Zoe por la pérdida. A partir de aquí, la novela cuenta las zozobras de los dos hermanos, en particular de Zoe, que trató de buscarla, movida por lazos de afecto y tal vez de envidia amorosa, por todos los medios y en todos los lugares de la tierra conocida, pues recurrió sin éxito a brujas, hechiceras y nigromantes; al final, desesperada, buscó refugio en el amor, dejándose seducir por un hombre sin escrúpulos, el prefecto de Alejandría Epagato; con él marchó a Creta, a donde aquél fue trasladado en castigo por su corrupta gestión en Alejandría, quedando solo su hermano.

Dióscoro (cap. III), abandonado de esta manera por Zoe y Elisa, no disfrutó de la riqueza acumulada en tantos años y que ya no tenía que compartir, sino que a menudo pensaba en los motivos del rapto de Elisa (pues no otra podía ser la razón del abandono) y en cuál sería la identidad del raptor. Como antes hizo Zoe, se dedicó también él a buscar a la joven, consultando sin éxito a magos y astrólogos para conocer el paradero de Elisa; y, considerando la posibilidad de que estuviera en algún lugar desconocido de este o de otro mundo lejos de su alcance, pues simplemente era un ser humano, se refugió en la religión. A partir de aquí Valera no va más allá de enunciar o desarrollar mínimamente el contenido de los capítulos que nunca llegó a escribir. En los primeros Dióscoro, tras iniciarse en los misterios de Isis y Osiris (cap. IV) y vivir extrañas aventuras en diversas sectas (cap. V), acaba convertido al cristianismo (cap. VI) donde alcanza el grado de sacerdote. En este punto Juan Valera utiliza los argumentos de los apologetas cristianos antiguos para hacer un alegato sobre las excelencias sociales y religiosas de la nueva doctrina (cap. VII) y retoma en parte el hilo narrativo de su novela con la expedición de Alejandro Severo contra los persas del año 232. En ella participa Dióscoro (cap. VIII) ─las fuentes insisten en la tolerancia de Alejandro con los cristianos- que es apresado por los persas (cap. IX) y sufre cautiverio en Ctesifón (cap. X). Estos dos capítulos, y un excurso más elaborado sobre el renacimiento del imperio persa logrado por Artajerjes (cap. XI), conducen al encuentro entre los dos protagonistas y a un desenlace que el escritor parece concebir como fin de la primera parte de esta novela que nunca llegó a completar. En el cap. XII esboza con cierto detalle el congreso de los magos para reformar el mazdeísmo, el nombramiento como archimago de Arda-Viraf y la redacción que este hace de las normas del nuevo zoroastrismo, incluyendo un resumen de sus principios religiosos, todo ello inspirado en el orientalismo del XIX y tal vez en la monumental Historia (1838-1846) de César Cantú. Los capítulos XIII y XIV, mejor pergeñados, aunque de todos modos inconclusos, proponen el reencuentro de Dióscoro y Elisa. El sacerdote asceta recibe en prisión una carta de la joven donde esta le desvela los detalles de su rapto por encargo de Arda-Viraf y su desencanto con el mago, que en realidad distaba mucho del personaje idealizado con que ella había soñado, para concluir proponiéndole un plan de fuga que los devuelva de nuevo a los dominios de Roma (cap. XIII). La entrevista personal tiene lugar en el cap. XIV, donde Elisa le confiesa su amor, que Dióscoro rechaza llevado de su fanatismo religioso. Pese a todo, Elisa insiste en que huyan y le promete incluso que, si él no cambia de parecer, regresará a España, se convertirá al cristianismo y afrontará contenta, si es preciso, el martirio. Esto convence a Dióscoro. El último capítulo (cap. XV) debería haber contado la navegación por el Tigris y cómo, apartados de los marineros, Elisa se olvida de sus promesas, precipitando un inesperado desenlace, que esboza así el novelista:

(…Se olvida de las promesas que ha hecho é impulsada por una fuerza invencible, dice á Dióscoro: te amo, te amo, y se arroja sobre él, abrazándole estrechamente y uniendo su boca á la de Dióscoro, en ardiente y prolongadísimo beso. Dióscoro se resiste con horror. Elisa ve en el aire la forma astral, el espectro del archimago que se burla de ella. El corazón de Dióscoro está combatiddo por encontrados sentimientos. La antigua pasión enciende de nuevo su alma y todos los sentidos La nueva fe religiosa combate contra la pasión y procura vencerla. En esta lucha, y abrazados aun estrechamente, Dióscoro y Elisa forcejean y vacilan como ebrios. Al fin pierden el pie y caen ambos entrelazados, y besándose aún, en el fondo del río, por donde es más rápida la corriente. El archimago, cuyo espíritu desprendido del cuerpo presencia toda la escena, se complace en la terrible venganza).

Hasta aquí mi apretado resumen de lo que está escrito en esta novela. A continuación haré algunas puntualizaciones sobre aspectos concretos de su elaboración literaria que se me antojan interesantes.

El pretexto con que Valera abre su prefacio es un tópico de la literatura pseudepigráfica alejandrina que ha dejado mucha letra en papiros y pergaminos, casi siempre depositando la autoría de escritos fantasiosos y esotéricos ─por razones de autoridad y supervivencia-, en personajes de índole casi divina (como Hermes), históricos (Demócrito, Pitágoras, Aristóteles, Platón, Alejandro, Manetón, Beroso, Apuleyo, etc.) o medio ficticios, como el sacerdote Petosiris y el rey Nequepso. En nuestro caso Juan Varela, hace alarde de cultura literaria y de genio poético y creativo, escogiendo como autora de su novelita de amores, desencuentros, raptos y aventuras de estilo alejandrino ─tópicos con los que estaba familiarizado por su traducción de Dafnis y Cloe, publicada en 1880- a un personaje de cierta tradición en sus lecturas y que, en sus propias obras, tal vez disimula experiencias juveniles. Pero la ambienta, ─me gustaría pensar como recuerdo de sus vivencias de última infancia-, en una ciudad real, en Málaga, cuyas calles adyacentes a la plaza de la Constitución (fig. 6) fueron testigos mudos de sus juegos, paseos y primeros estudios. Ese supuesto autor de estas ficticias memorias es una mujer y se llama ‘Elisa’, nombre que, como la Farola de la ciudad, alumbra de lejos los entresijos simbólicos y la sensibilidad poética, del autor egabrense. ¿O tal vez esconde, como ya he sugerido, sus primeros amoríos? Nunca lo sabremos.

Lo que sí sabemos es que la historia empieza igual que comienza cualquier novela alejandrina u otras raras piezas literarias donde la ficción justifica un cuento mezclando lo que es inventado con un entorno social aparentemente real, en el que se desenvuelve:

Un doctor amigo mío [comienza diciendo Valera], hábil paleógrafo y eruditísimo helenista, cuyo nombre se guarda para mayores cosas, ha leído, entre estos manuscritos [se trata de los adquiridos por el Archiduque Raniero y llevados a Viena en 1883], parte de la biografía de cierta moza, llamada Elisa la Malagueña, y me la ha referido punto por punto.

A mí, helenista de profesión y vocación, me resultan atractivos los argumentos con que el escritor, jurista y diplomático, zanja las dudas del público a propósito de la competencia biográfica de esta Elisa, que cultiva ─dice él- el género de Plutarco, Sila, César o Marco Aurelio y que, sobre todo, sin tener formación alguna, redacta estas confidencias en griego antiguo:

Durante largo tiempo hubo colonias griegas en el litoral de nuestra península, y en varias comarcas de ellas dominaron luego los bizantinos. Natural es, pues, que no se tenga por exótica, sino por muy usitada entonces entre nosotros el habla de Homero.

¡Qué más quisiéramos…! Pero antes de seguir con otros pormenores de la novela, intentaré desvelar los detalles históricos que se mezclan con la ficción, enmarañándola como si fuera un nudo gordiano, y dándole apariencia de verosimilitud como hacían Hecateo y los primeros historiadores griegos.

Fig. 1. Cartel de la artista malagueña Pepita Oliva (1830-1871)

Fig. 2. Isidoro Maíquez (1768-1820) pintado por Goya. Museo del Prado [Public Domain CC]

Fig. 3. Dioscórides de Samos. Mosaico de la casa de Cicerón en Pompeya con escena de un grupo de sacerdotes danzantes. Firma del pintor arriba a la izquierda. Museo de Nápoles [Wikimedia Public Domain CC]

Valera toma prestados de lecturas clásicas y de su conocimiento de la época en que ambienta las venturas y desventuras de esta Elisa la Malagueña, muchos, si no todos, de los personajes que giran en torno a la bailaora o que son sus compañeros de viaje, de amores y de afectos. Y por supuesto roba no poco de sus propias experiencias personales como hombre de la segunda mitad del XIX, trotamundos de muchos países como diplomático, y empapado de inquietudes sociales y culturales: las propias del medio que le era familiar, compartido por poetas, novelistas, filólogos, historiadores, arqueólogos y artistas, crítico con las artes y atento a los descubrimientos de la época.

Volviendo a la ambientación histórica de nuestra novela, Elisa se mueve en la Málaga romana del siglo III, recién subido al trono Septimio Severo. Es artista y bailarina igual que las muchachas de Gades mencionadas en el Anacreonte quevediano y en las sátiras latinas; y comparable en gracia y habilidad a las más floridas bailaoras de la Hispania decimonónica. Y si no me creen a mí, que nos lo diga el propio Valera:

Elisa la Malagueña, no sólo era gentil, ó digamos idólatra, sino hembra algo liviana y alegre, como á su oficio convenía, pues era del género y condición de las muchachas de Cádiz, que ya celebra Anacreonte, y de la Teleusa de Bética, que Marcial encomia. Elisa cantaba, bailaba y repiqueteaba las castañuelas tan bien como ellas antes, y mejor que en nuestra edad Lola Montes [zarzuelista madrileña de principios del XX], Pepita Oliva [otra malagueña, del Perchel, fig. 1], Petra Cámara [sevillana que debutó en Málaga en 1844], ó la flamante señorita Otero [gallega icono de la Belle Époque], por quienes tal vez no en balde se dijo de atrás le viene el pico al garbanzo.

¿Y los otros personajes? O bien los inventa a partir de las experiencias decimonónicas antes mencionadas o los saca de las obras antiguas y modernas sobre la época de Severo Alejandro, o ambas cosas a la vez. Veamos:

El primer amo de Elisa, un empresario teatral llamado Isidoro, casualmente (?) lleva el mismo nombre que el cartagenero, también dueño de una farándula, muerto en Granada e inmortalizado, en la pintura, por Goya (fig. 2) y retratado, en la literatura, por Antonio Alcalá Galiano, tío de Valera. Y la hermana de Dióscoro, amiga, confidente, maestra en la pedagogía del arte y de la vida y “complacida, pero no celosa” con los progresos de nuestra Elisa se llama Zoe. No creo que el nombre sea una ocurrencia fortuita del escritor; pues entre sus artículos de A vuela pluma (Madrid 1897) Valera incluye una amplia reseña crítica del drama con tema clásico de Adolfo Wilbrandt El maestro de Palmira; y en él la protagonista femenina (una joven que sufre varias reencarnaciones en distintas épocas) es en su primera identidad una virgen y mártir cristiana de nombre Zoe [en el siglo III los hebreos tradujeron el nombre Eva (= “madre de los vivientes”) por el griego Ζωή]; y, en la segunda, una joven de vida alegre, llamada Febe (juventud, vitalidad, luz), contraste moral que cuadra con la vida sentimental y profesional de la hermana de Dióscoro en Valera.

Fig. 4. Dioscórides de Samos. Mosaico de la casa de Cicerón en Pompeya con escena mujeres consultando a una hechicera. Museo de Nápoles [Wikimedia Public Domain CC]

En cuanto al protagonista masculino de la novela, Dióscoro de Samos, su nombre y procedencia podría habérselos sugerido la firma del pintor griego en el mosaico de los músicos y danzantes (ΔΙΟΣΚΟΥΡΙΔΗΣ ΣΑΜΙΟΣ ΕΠΟΙΗΣΕ, fig. 3), autor también del de la consulta a la hechicera (fig. 4), ambos rescatados en 1762 en la villa de Cicerón de Pompeya. Es hipótesis mía, bastante plausible, que el joven diplomático tan atraído cultural y sentimentalmente por el helenismo durante su estancia (1847-1849) en Nápoles ─pues estudiaba a la sazón griego antiguo y tenía relaciones con la que él llama Dama griega– los habría admirado en el Real Museo Borbónico (inaugurado 1816), donde ya eran piezas de visita obligada, como dicen las guías turísticas de fin de siglo.

De los historiadores grecolatinos interesados por el reinado de Septimio Severo (Dion Casio y la Historia Augusta, en concreto o de la Historia Universal de Cantú) saca Valera, directa o indirectamente, al prefecto de Alejandría Epagato (admirador y amante de Zoe tras la desaparición de Elisa) a quien ésta acompañó a Creta cuando fue trasladado allí, por causa de su codicia y corrupción. Aunque con informaciones imprecisas, nuestro autor refuerza la veracidad del personaje cuando sugiere su popularidad entre los soldados y su participación en la conspiración que acabó en el 223 con la vida de Ulpiano.

Históricos son, por supuesto, tanto la expedición de Severo Alejandro contra Persia en la que tomó parte Dióscoro, entonces ya sacerdote cristiano, como los apuntes temáticos sobre el renacimiento del antiguo imperio aqueménida con el sasánida Artajerjes, el concilio de los magos y el nombramiento del archimago Arda-Viraf, reformador del zoroastrismo y redactor las nuevas normas religiosas. Todas estas referencias orientales, y en especial los poderes de bilocación y experiencias extáticas que comparte el archimago con otros sabios de la tradición griega como Aristeas de Proconeso (citado como parte de las suposiciones de Dióscoro por el mismo Valera), Hermótimo de Clazómenas, Pitágoras y Ábaris el Hiperbóreo, se acomodan, como he apuntado en el resumen, a la fascinación por el medio Oriente que bañaba las costas del Romanticismo europeo, entre las que era un grano de arena más nuestro novelista.

En cuanto al resto, las reflexiones filosóficas sobre inclinaciones naturales, conductas morales, esoterismo, y experiencias sensoriales y religiosas, que dan vida y entusiasmo grecolatino a lo que redactó o esbozó Valera como principios medulares de su novela, siguen a pie juntillas los hábitos eruditos de finales del XIX con referencias constantes a Pitágoras, Platón, los poetas latinos y, en particular a los métodos de adivinación, tan esenciales en la búsqueda de Elisa por Zoe y por Dióscoro. En este sentido, me atrevo a decir que, si el mosaico firmado por Dioscórides de Samos da visualidad a la descripción de Valera sobre el grupo de nuestros tres artistas (Elisa, Dióscoro y Zoe), no menos cumple la misma función el otro. Pues ¿no os parece que, el de la consulta a una bruja, trae a la pantalla de nuestra imaginación la visita de Zoe (fig. 4) a la hechicera de Tesalia (de larga tradición para esta clase de mujeres adivinas en Platón y Plutarco)?

Fig. 5. Ateneo de Málaga (en tiempos de Valera, Colegio Náutico de san Telmo, calle Compañía 2 [Fotografía del autor, 20 de julio de 2026]

Fig. 6. Plaza de la Constitución (en 1837 de la de 1812 y hoy de la de 1978). Panorámica tomada desde la puerta del Ateneo de Málaga [Fotografía del autor, 20 de julio de 2026]

Pero ya no molesto más. Como malagueño de adopción y helenista de vocación, lamento que los achaques de Juan Valera no le permitieran concluir su proyecto de novela al estilo alejandrino, como él mismo se quejaba en carta de 1895 a Menéndez Pelayo:

Mi querido amigo Menéndez: Veo con gusto por la carta de Vd. del 18 que está bien de salud y trabajando muchísimo. …La scribendi cacoethes [sc. “el vicio de escribir”] vence en mí a la pereza y a la vejez, a la ceguera y a la persuasión que tengo de que se escribe demasiado, y, aunque con lentitud y premiosamente, he empezado a escribir nada menos que dos novelas a la vez. La una es de casos contemporáneos que ocurren en un lugar de Andalucía, y lleva por título Juanita la Larga. La otra tiene trazas de novela histórica. Supongo que el asunto está tomado de ciertos papiros greco-egipcios de la inmensa colección del Archiduque Raniero. Serán lances (casi la biografía) de cierta encantadora bailarina y actriz llamada Elisa la Malagueña, que vivió en el III siglo de la Era Cristiana y a la que le suceden cosas extraordinarias. Va hasta a Persia y tiene relaciones amorosas y algo sobrenaturales con el famoso archimago que ayudó al primero de los Sasánidas a fundar el nuevo Imperio de Irán y que recompuso el Zeud Avesta, que se había extraviado, después de dormir durante siete días por virtud de una bebida maravillosa.

Elisa será gentil, con toda la cultura y la religión helénicas infundidas en el alma; el archimago sabrá más que Merlin y será otro Zoroastro, y el rival del archimago será un misionero cristiano, educado en Alejandria y antiguo comediante jubilado. Habrá sucesos de los que el vulgo, que tanto presume ahora de ilustrado, considera fuera de los límites que ha puesto arbitrariamente a lo natural, porque, en mi sentir, no sólo serán posibles y verosímiles, sino naturales, aunque intervengan en su realización energías misteriosas y virtudes ocultas a los profanos y no iniciados en ciertas doctrinas esotéricas.

Me parece que la novela de acción contemporánea y vulgar [= Juanita la Larga] estará escrita pronto. La otra [= Elisa la Malagueña] tiene tanto enredo que no sé si me faltarán el humor y la paciencia para escribirla toda.

Como quiera que sea, con esto me entretengo, cuando no me duermo, abrumado y atontado por el espantoso calor que hace.

 

Por mi parte ─y así termino estas reflexiones-, sigo echando de menos que en la casa de la última niñez (1837-1840) de Valera, desde la inauguración del nuevo milenio Ateneo de Málaga en la calle Compañía nº 2 (fig. 5), que casi de reojo miraba entonces como hoy hacia la Plaza de la Constitución (fig. 6), no haya una placa que diga: “Aquí vivió siendo niño Juan Valera” [pues lo hizo cuando a los 13 años llegó con su familia D. José María Valera Viaña como director del Colegio de san Telmo ubicado en ese edificio, con derecho a residencia en el mismo]. Y tampoco sería demasiado que, en ciudad tan agradecida para con sus héroes y los hombres y mujeres que la encumbraron en la política, la ciencia, las artes y la literatura, alguna calle con cierto marchamo cultural saldara la deuda que tenemos contraída con esta Elisa la Malagueña.

 

 

Para saber más

Aunque la bibliografía sobre la vida y obra de Valera es extensa, indicaré algunos títulos básicos útiles para quien quiera profundizar un poco más en el tema, todos accesibles en internet. La edición de Elisa la Malagueña que he seguido en este artículo es la de las Obras completas, de la Biblioteca Nacional de España, tomo XIII, Madrid 1907: 255-312. El resumen más extenso que conozco sobre la novelita, con anotaciones loables sobre sus tópicos, fuentes y personajes, es el artículo de Margarita Almela, “Narraciones inacabadas de Juan Valera”, publicado en las Actas del II Congreso Internacional Juan Valera (1905-2005), Cabra, 2006: 89-114, donde resume y hace anotaciones a la obra en las últimas páginas (106-114). Para la vida y personalidad política y literaria de D. Juan Valera el lector puede consultar, entre otras muchas, las monografías de Antonio Moreno Hurtado, Don Juan Valera. Hechos y circunstancias, Cabra, 2002 y de José María Garrido Ortega, Juan Valera y Alcalá-Galiano (1824-1905), Cabra, 2006, o los apuntes de Leonardo Romero Tobar, Estudio crítico. Juan Valera, en la Biblioteca Virtual Ignacio Larramendi de Polígrafos (Madrid, 2015). Y, en fin, para la relación del escritor con Málaga y con sus amigos y conocidos en el ámbito de la literatura, recomiendo el brillante trabajo de Amparo Quiles Faz, colega querida y admirada, “Juan Valera y los escritores malagueños de su tiempo: relaciones de amistad y crítica literaria”, publicado en las Actas del Primer Congreso Internacional sobre Don Juan Valera, Cabra, 1997: 195-209.

 

 


epistemai.es – Revista digital de la Sociedad Erasmiana de Málaga – ISSN: 2697-2468
Pérez Jiménez A. ‘Elisa la Malagueña’ de Juan Valera. Obertura inacabada de una novela griega . epistemai.es [revista en Internet] 2026 octubre (30). Disponible en: http://epistemai.es/archivos/10077

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