
Carlos Alcalde Martín
Doctor en Filología Clásica
La vertiente cristiana del mito de Dirce arranca también de la Roma pagana, pero no de la literatura ni obra artística de ningún tipo. En Roma (y en otras ciudades del imperio), ejecuciones de condenados a muerte se ofrecían con frecuencia en teatros y anfiteatros como espectáculos públicos de entretenimiento. Algunas de estas ejecuciones eran del tipo denominado damnatio ad bestias, pues los condenados eran arrojados a fieras para que los mataran o devoraran. Se aplicaban a condenados por crímenes y también, según la tradición, a cristianos durante algunas de las persecuciones. Un pasaje de Tácito (de autenticidad discutida) cuenta los suplicios sufridos por los cristianos durante la persecución de Nerón: algunos eran cubiertos con pieles de animales para que los despedazaran los perros, otros eran quemados en cruces para iluminar la noche. El emperador ofreció sus propios jardines y él mismo se mezclaba con la plebe, con atuendo de auriga o subido en el carro.
Algunos de estos espectáculos cruentos e inhumanos pretendían ser artísticos y representar episodios míticos célebres que tenían un final desgraciado. Los testimonios en la literatura latina son numerosos.
Lucilio (época de Nerón), (A.P. 11.184), cuenta cómo un ladrón murió quemado vivo para representar la muerte de Heracles:
Menisco arrebató a las Hespérides, hijas de Zeus, igual que Heracles en otro tiempo, las manzanas de oro. ¿Y qué ocurrió? Cuando lo capturaron, se convirtió en un gran espectáculo para todos, igual que Heracles en otro tiempo, abrasado vivo.
Suetonio (Nero 12.2) describe algunos espectáculos organizados por Nerón que tuvieron lugar en un anfiteatro de madera en el Campo de Marte. Entre los temas escenificados, un toro montó a Pasífae, escondida dentro de una novilla de madera según creyeron muchos espectadores. Ícaro, arrojado desde una gran altura, cayó cerca del palco de Nerón y su sangre salpicó al emperador.
El año 80, Marcial publicó su Libro de los espectáculos, un conjunto de epigramas para celebrar la inauguración del anfiteatro Flavio, el célebre Coliseo, inaugurado en el año 79 por Tito. Entre las representaciones narradas por Marcial, algunas tenían relación con la mitología:
Sp. 6: Creed que Pasífae se unió al toro de Creta: lo hemos visto, se confirmó la antigua leyenda.
Sp. 9: un ladrón crucificado alimenta a un oso como Prometeo a las aves.
Sp. 24 y 25: Orfeo entre las fieras, al final es despedazado por un oso.
Tertuliano (s. II-III), Apologético 15 describe así espectáculos que pudo contemplar en el anfiteatro, en Roma o en Cartago:
Más religiosos aún sois sin duda en el anfiteatro, donde vuestros dioses danzan sobre la sangre humana, sobre los restos pútridos de los condenados, proporcionando argumentos y leyendas a los criminales, cuando no personifican también los condenados a vuestros dioses. Hemos visto alguna vez la mutilación de Atis, aquel famoso dios de Pesinunte, y otro que era quemado vivo encarnaba a Hércules. Nos hemos reído también cuando Mercurio, entre las burlescas atrocidades de los juegos meridianos, averiguaba quiénes estaban muertos mediante un hierro candente; hemos visto igualmente al hermano de Júpiter, armado de maza, llevarse arrastrando los cadáveres de los gladiadores.
Al parecer, no era raro que una mujer condenada a muerte fuera arrojada a un toro para que la destrozara: en un pasaje del Satiricón (45.8) de Petronio, contemporáneo de Nerón, se habla de espectáculos en los que los condenados son arrojados a las fieras y para una mujer adúltera se propone un castigo que bien se puede relacionar con el de Dirce:
Magis illa matella digna fuit quam taurus iactaret
Más merecedora fue aquella asquerosa (lit. orinal) de que un toro la volteara.
En época más tardía, también se habla del suplicio de mártires cristianas arrojadas a las fieras, y en concreto a toros o vacas salvajes que las embestían y volteaban. Es el caso de Blandina el año 177 en el anfiteatro de Lión (Eus., H. E. 5.1.56), y de Perpetua y Felicidad el año 203 en Cartago (Actas de los mártires. Martirio de las Santas Perpetua y Felicidad y sus compañeros 20).
Un texto destaca entre todos: relaciona expresamente el martirio de mujeres cristianas con perversas representaciones del mito de Dirce. Es un pasaje de la Carta a los corintios atribuida al papa Clemente (s. I) sobre la persecución de los cristianos en tiempos de Nerón:
Por celos ha habido mujeres perseguidas, Danaides y Dirces que, tras sufrir terribles e impíos ultrajes, llegaron a la meta segura de la fe y obtuvieron una noble recompensa a pesar de la debilidad de su cuerpo.

Figura 1. La última oración de los mártires cristianos, de 1883 (Walters Art Museum de Baltimore, Maryland, USA)
Los manuscritos ofrecen este texto, pero algunos filólogos han puesto en duda la autenticidad de la lectura Δαναΐδες καὶ Δίρκαι. El texto de Clemente que menciona a las Dirces despierta el interés de los filólogos e investigadores, como refleja la extensa anotación sobre el debate acerca de su autenticidad en la edición de Migne de 1857. La discusión continuó posteriormente.
Sin embargo, la lectura de los manuscritos es indiscutible y encontraría, además, apoyo en los textos que he citado anteriormente.
Me pregunto si el autor del pasaje hace por su cuenta una comparación del sufrimiento de las mártires con el de personajes míticos, o bien alude a martirios de cristianas que pretendían representar episodios míticos. De ser esto último, algunas mujeres serían atadas a toros hasta morir destrozadas. El número plural podría indicar que se trataba de una práctica algo habitual y conocida como una representación mítica pues tan solo se alude al hecho sin hacer una narración detallada, que no se necesitaría. Esta interpretación del supuesto texto atribuido a Clemente, basada en los autores que mencionan representaciones mitológicas en los anfiteatros, fue fundamental en la resurrección de la derivación cristiana del mito en el s. XIX.
Pero la causa principal de tal resurrección hay que buscarla en la inserción de estos episodios de martirios de cristianos en un contexto cultural muy amplio y relacionado con la política europea, especialmente la italiana, de la segunda mitad del s. XIX. La unificación de Italia en un solo reino conllevó el fin de los estados pontificios en 1870, pero desde varias décadas antes ya se venía gestando esta gran catástrofe para el papado a la que hacía frente el papa Pío IX (su pontificado se extendió de 1846 a 1878). El gobierno absolutista del papa en sus extensos territorios se veía amenazado no solo por el nacionalismo italiano y la unificación de Italia que estaba llevando a cabo el rey Vittorio Emmanuele II, sino también por las corrientes liberales que se iban extendiendo por toda Europa. Ante estas graves amenazas, tanto territoriales como ideológicas, el papa se esfuerza en aumentar su poder sobre los creyentes católicos de diversas maneras (la más notoria, la definición del dogma de su infalibilidad). El papa pone de relieve su poder espiritual y su preeminencia frente al temporal, que está perdiendo o ya no tiene. Intenta presentarse ante los católicos como un nuevo mártir, perseguido por nacionalistas italianos y por liberales en toda Europa, semejante a los mártires cristianos de los primeros siglos. Esto motivaría el traslado de su residencia desde el Quirinal al Vaticano, donde, según una tradición, estaba el circo en el que Nerón sacrificó a los primeros cristianos. La política pontificia impulsó también las excavaciones arqueológicas en Roma, lo que tuvo, de paso, una importante repercusión en la cultura y el conocimiento del pasado, con la exploración, a partir de 1848, de las catacumbas romanas; se buscaban sobre todo testimonios de las persecuciones. Los resultados de las excavaciones en las catacumbas fueron sorprendentes y espectaculares, útiles para el conocimiento de los primeros cristianos en Roma. Esto incidía en la propaganda que identificaba las persecuciones antiguas de los cristianos y lo que se presentaba como la “persecución del papa”. Este contexto favorece el comienzo de la literatura relacionada con la persecución de los primeros cristianos; valga de ejemplo la novela titulada Fabiola o la Iglesia de las catacumbas del cardenal Wiseman, de 1854 (en el s. XX sería llevada al cine). La repercusión cultural de este ambiente político e ideológico no se limitó solo a Italia, sino que se extendió por toda Europa y surgió por todas partes un gran interés por los primeros tiempos del cristianismo durante el imperio romano.
En el campo de la historiografía, una obra magna, fundamental y de gran difusión en el s. XIX fue la de Ernest Renan, Histoire des origines du christianisme. Dentro del vol. IV, publicado en 1873 y titulado L’ Antéchrist (con referencia a Nerón), en el capítulo VII: “Massacre des chrétiens. L’ esthétique de Néron”, pp. 153-181, se narran y describen los martirios de cristianos en época de Nerón en un estilo apasionado y con rasgos pictóricos. Destaquemos, entre las narraciones de martirios, los espectáculos ofrecidos por Nerón iluminados por antorchas humanas y las representaciones del mito de las Danaides y del suplicio de Dirce:
Quant aux supplices des Dircés, … un texte et une fresque de Pompéi semblent prouver que cette scène terrible était souvent représentée dans les arènes, quand on avait à supplicier une femme. Attachées nues par les cheveux aux cornes d’un taureau furieux, les malheureuses assouvissaient les regards lubriques d’un peuple féroce. Quelques-unes des chrétiennes immolées de la sorte étaient faibles de corps; leur courage fut surhumain…
En lo referente a las Dirces, el autor se basa en las fuentes latinas, en Clemente Romano y los frescos de Pompeya (¿estos últimos conocidos directamente o por medio de publicaciones como las Memorie della Regale Accademia Ercolanese di Archeologia?). Habla de un texto y un fresco de Pompeya. A partir de aquí, crea una escena pictórica nueva, con una iconografía propia diferente de la de los frescos antiguos que representan a Dirce; en este cuadro que Renan crea con sus palabras no solo vemos a Dirce desnuda atada a los cuernos del toro; también, como si se tratara de una película, la mirada lúbrica y la efervescencia de los espectadores.

Figura 2. Dirce cristiana (Museo Nacional de Varsovia)
En algunas obras de arte de la Antigüedad se puede suponer o percibir un componente erótico, e incluso sádico, de sumisión de la mujer, que está desnuda, a la fuerza física superior de los varones y de un animal salvaje. La desnudez de Dirce también podría interpretarse en algunos casos como señal de un comportamiento indecoroso por su condición de bacante, en contraste con la correcta vestimenta de Antíope. Pero en la “Dirce cristiana” es distinto. En el texto de Clemente hay solo una insinuación de erotismo y sumisión: el cuerpo débil de las mujeres; y en Renan, el aspecto erótico y sádico es explícito, por la exhibición del cuerpo femenino desnudo y martirizado sometido a la mirada lujuriosa y de los espectadores. La escena creada por Renan influirá de forma decisiva en la iconografía y en el componente erótico de la literatura, el arte y el cine posteriores.
La muestra más extendida y visible del interés por la antigua Roma, los espectáculos circenses y el cristianismo primitivo fueron las representaciones pictóricas; destacan entre ellas las realizadas por Jean-Léon Gérôme; sus cuadros, y sobre todo La última oración de los mártires cristianos, de 1883 (Walters Art Museum de Baltimore, Maryland, USA) (Figura 1), han ejercido una gran influencia en la manera de imaginar y representar, en ilustraciones y películas, las escenas de mártires cristianos en la arena romana y, más allá del denominado Academicismo, otras representaciones de espectáculos circenses romanos, como las numerosas de Giorgio di Chirico.
Fuera de Italia, en Polonia, los ciudadanos, con un fuerte sentimiento nacionalista, quieren recuperar la independencia de la nación, repartida desde 1795 entre Prusia, Austria y Rusia (conseguirán de nuevo la independencia en 1918). Los polacos toman su religión católica como una seña de identidad nacional frente a los protestantes y ortodoxos de Prusia y Rusia, simpatizan con el papa y su causa y además comparan la opresión que sufren con las persecuciones de los cristianos en el imperio romano. No es casualidad, por tanto, que la culminación de las obras relacionadas con este tipo de temas tuviera lugar en Polonia a partir del final del s. XIX y principios del XX con la novela Quo vadis? (en adelante QV) del escritor polaco Henryk Sienkiewicz (1846-1916). El título proviene de una anécdota relatada en obras neotestamentarias apócrifas como los Hechos de Pedro o la Pasión de Pedro y Pablo. Pedro huía de Roma para evitar el martirio y se le apareció Cristo. Pedro le preguntó:
Pass. Petr.Paul. 61: Κύριε, ποῦ πορεύῃ; καὶ ὁ κύριος αὐτῷ εἶπεν· Εἰσέρχομαι εἰς τὴν Ῥώμην σταυρωθῆναι.
Lat.: Domine, quo vadis? Romam venio iterum crucifigi.
Cuenta la tradición cristiana que Pedro volvió a Roma y fue crucificado boca abajo.
La novela de Sienkiewicz se publicó primero por entregas entre 1895-96 en un periódico de Varsovia, y en su totalidad en Cracovia el año 1896. Le valió al autor el premio Nobel de Literatura de 1905. En seguida alcanzó un éxito inmenso también fuera de Polonia, y pocos años después ya había traducciones en las más importantes lenguas europeas. En la novela se entrelazan las tradiciones sobre la persecución de los cristianos, San Pedro y otros mártires, con personajes históricos como Nerón, Popea, Petronio, y otros personajes ficticios. Entre estos últimos destacan el patricio Marco Vinicio y la cristiana Ligia, protagonistas de una historia de amor que es la trama principal de la novela. La joven Ligia es apresada y destinada a morir en el anfiteatro; con este temor, su prometido, el patricio Marco Vinicio, asustado y rezando (ya se ha convertido al cristianismo) asiste al espectáculo en un palco muy cercano al de Nerón. El momento de máxima emoción se produce cuando en la arena irrumpe un toro salvaje con una joven desnuda sobre su espalda y atada a sus cuernos: es Ligia, la prometida de Marco. El gigante forzudo Ursus, protector de la joven y también destinado al martirio, cogiendo el toro por los cuernos, logra derribarlo y torcerle el cuello. Aclamados por los espectadores, Nerón se vio forzado a conceder de mala gana la gracia a la doncella y al gigante.
Este episodio tiene como antecedente lejano a Clemente de Roma, pero deriva directa y claramente de Renan; la influencia de este, así como la de Tácito, Suetonio y otros testimonios de la literatura latina, la reconoce el propio Sienkiewicz en una carta a un amigo. Efectivamente, la imagen de Ligia desnuda atada a los cuernos de un toro coincide con la descripción de Renan. Un año después de la publicación del libro, en 1897, el pintor polaco Henryk Siemiradzki, que ya se había interesado por temas de este tipo , pinta la Dirce cristiana (Museo Nacional de Varsovia): vemos a Nerón de pie en la arena, como inspirándose antes de cantar y tañer su lira, contemplando a la mártir cristiana que yace muerta (evidentemente, esta no es Ligia), su bello cuerpo desnudo echado sobre el animal y su larga cabellera atada a los cuernos del toro, también muerto con una lanza clavada (Figura 2).
epistemai.es – Revista digital de la Sociedad Erasmiana de Málaga – ISSN: 2697-2468
Alcalde Martín C. El castigo de Dirce en la literatura y el arte. De Eurípides a Picasso. Parte II: Dirce “cristiana” y sus secuelas. epistemai.es [revista en Internet] 2026 junio (29). Disponible en: http://epistemai.es/archivos/9913
