Cadencias andaluzas de alma griega

Cuando hablamos de Grecia no hablamos sólo de aquellos héroes que dan vida a nuestro pasado remoto, lejano en el recuerdo y ajeno en parte a la realidad del siglo XXI. El paisaje, el clima, la naturaleza de la Grecia actual, con sus colinas cuajadas de olivos, sus playas, los acantilados que se hunden en el mar de Odiseo, recrean en nuestra alma los rincones más diversos de la España mediterránea y, en particular, de Andalucía; de esa Andalucía erigida sobre las columnas de Hércules, sacerdotisa que ofrece al héroe las manzanas de oro vigiladas por las Hespérides. Así que no sólo se refleja en la geografía la identidad de los dos pueblos, el andaluz y el griego, sino que sobre todo cobra su fuerza en la sensibilidad de esta tierra, sembrada con la semilla de miles de años y cosechada en las voces de nuestros poetas.

Olivos en el paisaje de Corinto

Sítula de Heracles y las Hespérides. Museo Arqueólogico Nacional. Madrid

La fascinación por el mundo griego, por la cultura de Homero, de Hesíodo, de los líricos, los trágicos y los filósofos, o por los mitos, faroleando con su arco iris multicolor el pensamiento más espontáneo de las aldeas bañadas por el Egeo, es la misma que experimentan los poetas andaluces de hoy, de ayer y de siempre, con que los dioses quieran. Poetas que con sus cantos expresan el hermanamiento natural entre tierras y paisajes unidos, abrasados por el mismo fuego de sol heraclitiano.

Estatua de Rodín en Larios

Partenón

Ascienden nuestros pensamientos al cielo azul brillante de Málaga o de Atenas y el espíritu se nos vuelve nostálgico en las tardes granadinas y al contemplar las hileras de olivos que trajo a Olimpia el héroe que engendró a Hispán, desde los límites boreales de la princesa tiria, o los plátanos de nuestras calles cuya sombra nos transporta a las tertulias del Sócrates platónico.

Es todo eso lo que conforma el cemento cultural inspirador de las voces poéticas timbreadas por el pasado griego, para mayor gloria del paisaje andaluz:

Hoy a tu sombra, quiero
–nos dice Antonio Machado–
ver estos campos de mi Andalucía,
como a la vera ayer del alto Duero
la hermosa tierra de encinar veía.
Olivo solitario,
lejos del olivar, junto a la fuente,
olivo hospitalario
que das tu sombra a un hombre pensativo
y a un agua transparente,
al borde del camino que blanquea,
guarde tus verdes ramas, viejo olivo,
la diosa de ojos glaucos, Atenea.

No pretendo glosar aquí, en unas cuantas páginas, tantas vivencias como atesora un pueblo de raíces clavadas en el mismo paisaje que inspiró a los líricos antiguos. Pero valgan esos versos sencillos y profundos de Machado (que unen el recuerdo de su Andalucía a su Castilla); y valgan los personajes dolientes, sofócleos, de Federico, por ejemplo, para alejar de nuestra gente el monstruo de la ignorancia, el abandono irresponsable de tanta riqueza cultural; y para subir por las gradas dóricas del mundo antiguo con ayuda de nuestros poetas:

¡Oh laurel divino, de alma inaccesible,
siempre silencioso,
lleno de nobleza!
¡Vierte en mis oídos tu historia divina,
tu sabiduría profunda y sincera!
¡Árbol que produces frutos de silencio,
maestro de besos y mago de orquestas,
formado del cuerpo rosado de Dafne
con savia potente de Apolo en tus venas!
¡Oh gran sacerdote del saber antiguo!
¡Oh mudo solemne cerrado a las quejas!
Todos tus hermanos del bosque me hablan,
¡Sólo tú, severo, mi canción desprecias!

Con estos versos del poeta de Fuente Vaqueros vemos cómo ahonda la sabiduría griega de Apolo en cada una de las palabras vivas, calientes y, al mismo tiempo, llenas de seriedad serena, que buscan su pretexto en la cultura antigua, imprimiendo vigor a la experiencia espiritual de los andaluces poetas.

Olivo

Gradas del templo dórico de Agrigento. Sicilia

Laurel. Orcómenos

Nacimiento de Atenea. Exáleiptron. 570-560 a. C. M. Louvre

El paisaje, el amor, la rabia, la sensación de añil intenso de este cielo tan malagueño, la milenaria y tantas veces pregonada indiferencia estoica de nuestra Córdoba, las violentas pasiones desatadas en reyertas, son cosas que se perciben como un abanico de contrastes. Y, unas veces por directa inspiración, otras tal vez por casual coincidencia, en todos estos poemas está certifica la madurez helena de nuestra Andalucía.

Es el espíritu gitano, tan bellamente descrito por Federico, el que, en estrecho abrazo con los mitos, germina en su oda. Allí lo viejo y lo nuevo, lo andaluz y lo griego, conforman sociedad casi perfecta. Y aquí, en esta otra, lo hacen las palabras profundas con que Antonio Carvajal, también de la Vega, cierra la guirnalda de uno de sus poemas:

Oh Júpiter que pares Ateneas
por la jugosa herida
que te han hecho en reyertas y pedreas
Sueño, Recuerdo y Vida.

Sabiduría popular marcada con la erudita cadencia del ritmo poético. La palabra se mete en las almas andaluzas, ansiosas de la belleza griega, cuando un malagueño, Salvador Rueda, deja oír otra vez la música monótona, tantas veces vivida entre espigas y olivos cuando el verano sestea, de las cigarras; esos músicos privilegiados, que se fascinaron al oír las primicias melódicas de las musas. La cigarra amenizó en Grecia y ahora entre nosotros, mensajero del Sueño, las sobremesas de filósofos y pastores, de poetas y guerreros, haciendo vibrar las sedientas tierras de Italia, de Grecia y de Andalucía:

Silencio; es la cigarra, la doctora,
la que enseñó a Virgilio la poesía
y dio a las viñas griegas su armonía
cual bordón inmortal de luz cantora.
Aún pasa con su lira triunfadora
ardiendo en entusiasmo y energía;
encerrando en sus élitros va el día;
escuchad su canción abrasadora.
Ser en la roja siesta enardecido,
es un ascua del sol hecha alarido
que a su propio calor fundirse quiere.
Quema al cantar su real naturaleza,
canta por el amor a la belleza,
canta a las almas, y cantando muere.

Oleaje en el Mediterráneo

Símbolo, el más perfecto quizá, del hombre andaluz, espíritu fundido en ilusiones y desesperanza, en alegrías y tristeza. En ningún otro lugar de España se percibe mejor esa sensación de añeja brisa grecolatina, salpicada con el reflejo azul verdoso y con la espumosa nieve del "mar latino, y andaluz, y griego" –son palabras del mismo poeta– que "suspira dejos de cadencia mora".

Numerosos son, infinitos, los instantes en que entra por los canales de nuestros sentidos, o llega fresco a las intermitencias imaginativas del espíritu, el sabor de los mitos griegos recreados en esta Andalucía. Sus ríos, pequeños, pero imprevisibles como el Aqueloo de Deyanira, imitan y alimentan al gran padre que engendró Tartesos; y sacan, igual que los legendarios ríos de la Grecia arcaica, la fuerza de su carácter desde el fondo de las torrenteras, a veces secas, a veces rebosantes. Juegan también ellos con los fabulosos seres del mito, como buenos andaluces, a ser toreros. Así es el Guadalete, captado por otro malagueño, José Carlos de Luna, mientras funde a la casta del paisaje la energía contenida de su violencia.

Prisionero en la hoz, tira mandobles
y recias estocadas.
En jirones la capa leonada;
chafada en el campo abierto a Quimera.
Al soplo de relinchos de centauros,
desmelenado y frío,
entoldado su torvo señorío
con los sauces en flor, siembra luceros
entre humildes armajos salineros.

Danza con toro. Iraklion

Mar anapéstico en Málaga

De esta forma vive lo clásico el andaluz forjado en las armas con que renace, fénix una y otra vez joven, el milenario culto cretense del toro. Hasta en eso somos iguales: en la fabulación poética metamorfoseando ríos en hombres y esparciendo imaginaciones fantásticas por sus tierras bañadas con las mismas aguas verdes y salobres; en la creatividad borboteando vehemente, igual que la furia del toro citado por el torero, tesoro de arcanos sentimientos; y en la solemnidad que remansa en nuestras playas al ritmo anapéstico del mismo mar marchando desde los acantilados de la Calcídica hasta las oscuras y blancas arenas Andalucía.

Es sangre antigua, sin duda, la diosa que inspira a José Manuel Caballero mientras compone su apócrifo de la Antología Palatina; y la que salta como de una fuente de los poemas del cordobés Pablo García Baena. En el mito de Atenas encuentra pretexto Antonio Abad para prestar a su poesía la voz firme de Teseo. Pero es el conocimiento profundo del alma griega, hijo del abrazo entre filólogo y la poesía, lo que hace hablar hoy a Fedro en los ocho poemas recreados por el sevillano José Antonio Moreno Jurado. Cobran entonces su verdadera dimensión las vivencias andaluzas del mundo griego, cuando de la pluma de aquél surgen versos como éstos:

La música se ciñe en derredor del árbol
y alejándose queda,
desnuda de vosotros
prendida en el perfil sereno de los montes.

Sangre también de Andalucía es, en fin, la que arranca el compás poético de Francisco Garfias al contemplar los perfiles milenarios y tan familiares de la propia Grecia:

Ha sido en Delfos.
Densa, la frente de la tarde
reposa sobre el mar, el mar Egeo.
La plata gana al oro
sus últimas candelas.
Y la montaña viva,
morena y macerada, en un pino caliente
para que Apolo ponga
su pie de estatua ciega.

Tholos. Delfos

La Grecia de Ulises y Polifemo sigue viva, no hay duda; la Grecia más antigua, la que aflora aquí y allí, como las amapolas entre los mayos de primavera, coronando de guirnaldas los versos andaluces de nuestro tiempo. Y si no, vamos, guardad religioso silencio, como los iniciados de los misterios, y escuchad estas palabras; pues son el fruto de tantas semillas griegas inoculadas por los sentidos, un canto que brota, lo mismo que Afrodita de la espuma de Cítera, del alma de Aurora Luque, bacante forjada en las noches del Helicón. Nadie mejor que ella ha sabido verter en la jarra sin fondo de sus jardines todo el peso de la cultura griega, del Quirón que trota con su lira a menudo por los rincones de una sensibilidad andaluza y poética:

Los sentidos son hoy
esos dioses alegres y fuertes de los mitos.
Reinauguran el mundo,
lo cifran,
lo consisten:
la puerta del oído,
la puerta de la lengua,
la puerta de los párpados.
Ícaros,
Hermes,
Iris.
Ahora que ya sé
lo que roba la muerte
me importa mucho el aire de esta noche
mitogénico, vivo, generoso.

El Nacimiento de Venus. Boticelli. 1482-1483. M. Ufizzi. Florencia

Aurelio Pérez Jiménez
Vicepresidente primero de la Sociedad Erasmiana de Málaga

Fotografías del propio autor


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