Dostoyevski y El Jugador

 

Iván Ivánovich Panáyev (1812-1862), uno de los literatos del círculo petersburgués en torno al crítico Belinski (el que canonizó Pobres gentes en 1846 y abrió las puertas del mundo literario a Dostoyevski) se refiere en sus Recuerdos al autor de Crimen y castigo de esta manera: “Ya a primera vista se notaba que era un joven terriblemente nervioso e impresionable. Flaco, rubio, de tez colorada, enfermizo, sus ojos grises y más bien pequeños pasaban, inquietos, de uno a otro objeto y los labios pálidos se contraían nerviosamente… Por su juventud y nerviosismo no sabía dominarse y mostraba abiertamente su orgullo de autor y la gran opinión que tenía de su talento de escritor.”

Ese era Fiódor Mijaílovich Dostoyevski hacia 1845, cuando tenía veintipocos años. Había nacido en Moscú el 30 de noviembre de 1821, el mismo año en que murió Napoleón y en que nació Flaubert, otro de los grandes narradores europeos del siglo XIX. Era hijo de un médico militar llamado Mijaíl, perteneciente a la pequeña nobleza, que tenía un carácter insufrible y se comportaba como un déspota con su mujer y con sus siervos. La madre, Marya Fiódorovna Necháyeva, era todo lo contrario de su marido: afectuosa, sensible, inteligente, culta; murió de tuberculosis en febrero de 1837, cuando Fiódor, que era el segundo de los ocho hijos que dio a luz, tenía quince años.

A Dostoyevski se le quedó grabada en el alma la infelicidad que reinaba en su hogar por culpa del temperamento intransigente y abusivo de su padre, quien fue ganándose a pulso el rechazo de cuantos lo rodeaban, hasta el punto de ser asesinado por sus campesinos en 1839. Pese a todo, había noches de invierno en que, antes de la cena, Marya y Mijaíl salían por un rato del calabozo de su “convivencia” diaria y leían a los niños en voz alta pasajes de la Historia del Estado Ruso de Karamzín o capítulos de las divertidísimas y delirantes novelas góticas de Ann Radcliffe, entonces muy de moda en Rusia. Nos imaginamos a Fiódor pasándoselo en grande con las lúgubres y mórbidas escenas de Los misterios de Udolfo o de El confesionario de los penitentes negros.

En 1838, Dostoyevski ingresó en la Escuela Superior de Ingenieros Militares de San Petersburgo, mientras que su hermano mayor, que se llamaba igual que el padre, Mijaíl, ingresaba en la Escuela de Ingenieros de Reval, la actual Tallin, capital de la cercana Estonia, para cursar estudios análogos. Pero el corazón y la mente de Fiódor no están absortos en la ingeniería militar, sino en la creación literaria. La escritura le ocupa, así, la mayor parte de su tiempo, acompañada, cómo no, del proceso febril de lectura que suele darse entre los letraheridos adolescentes. Lee con voracidad y con una admiración sin límites a Pushkin (Anna Ajmátova [1889-1966] llegará a escribir a este respecto: “La mayoría de los personajes de Dostoyevski son héroes de Pushkin, pero más viejos, Onieguins y otros por el estilo”), a Gógol (que era de obligada referencia para los jóvenes escritores rusos del momento), a Lord Byron, a Balzac, a Goethe, a Schiller (a quien idolatraba), a E. T. A. Hoffmann (por cuyos cuentos se sintió siempre fascinado). Su madre le leía cuando era niño un libro titulado Ciento cincuenta historias sagradas del Antiguo y del Nuevo Testamento, y aquella experiencia temprana convirtió al Dostoyevski adulto en un asiduo lector de la Biblia, especialmente de los Evangelios y las epístolas paulinas. En el terreno de la filosofía, Hegel fue siempre su autor preferido.

No era fácil sustraerse al embrujo de la política en la Rusia de 1840, y el joven Fiódor, que era un idealista recalcitrante, cayó en las afiladas garras de los círculos revolucionarios que operaban en San Petersburgo y, por no dejar de caer, cayó también en manos de la policía zarista cuando tomaba parte en una reunión en casa del opositor Petrashevski. En un principio fue condenado a muerte (con simulacro de ejecución incluido), pero le conmutaron la pena capital por cuatro años de trabajos forzados en Siberia y otros seis más como soldado de frontera alejado de la Corte. Antes de su detención y de su destierro forzoso había publicado ya Pobres gentes (1846), una novela de reivindicación social, escrita en el invierno de 1844-1845, que fue muy bien acogida por el crítico de moda, Belinski, y por el público. Sus siguientes aportaciones narrativas, desde El doble hasta Noches blancas, decepcionaron tanto a los lectores como a la crítica, incapaces unos y otra de entender la profunda renovación literaria que suponían esos textos desde el punto de vista psicológico (una  profunda renovación de la que, por ejemplo, Nietzsche, gran admirador de Dostoyevski, sí fue plenamente consciente).

Aunque parezca un contrasentido, lo cierto es que los diez años de destierro sirvieron para que el genio de Dostoyevski se liberase de todo tipo de trabas mentales, sociales y familiares y se mostrara al mundo en su genuina y auténtica vocación de escritor. Como preso político en una época en que no se hacían distingos entre los condenados por razones ideológicas y los delincuentes comunes, tuvo que arrastrar los mismos grilletes que los más aberrantes psicópatas, enviados a Siberia por los crímenes más diversos, y esa terrible convivencia terminó cristalizando en sus maravillosos Recuerdos de la casa de los muertos, escritos sin ningún tipo de odio y sin afán alguno de venganza por un hombre bueno a quien la intolerancia zarista había colgado, injustamente, el cartel de malhechor. Pero la injusticia no fue baldía, porque gracias a esos años de internamiento Dostoyevski llegó a comprender que cualquier hombre, por muchos crímenes y atrocidades que haya sido capaz de cometer, tiene una parte redimible. De esa forma, los postulados cristianos contenidos en el Nuevo Testamento que su madre le leyera de niño y que se convirtió en su lectura de cabecera, fueron apasionadamente refrendados por el Dostoyevski cautivo, quien, desde el cristianismo militante, conseguía acercarse al pueblo mucho más y mejor que desde la trinchera revolucionaria que lo llevó al exilio.

El hecho es que el autor de Los hermanos Karamázov no reprochó jamás al sistema político entonces en vigor que lo condenara por delitos inexistentes (como pensar que Rusia necesitaba unas buenas reformas o ir de visita a casa de un socialista como Petrashevski). Cuando, bajo Alejandro II —el zar que abolió la servidumbre—, pudo ser publicada la crónica de la deportación, o sea, los mencionados Recuerdos de la casa de los muertos, el soberano, impresionado por su lectura, ordenó aliviar la dureza de la represión política, pero no tardó, por desgracia, en ser asesinado. Fue en Siberia, probablemente a raíz de la dureza de la jornada cotidiana y de los frecuentes castigos, cuando Dostoyevski empezó a padecer ataques epilépticos, como su personaje Mishkin, protagonista de El idiota, trasunto al mismo tiempo del propio Fiódor y del Don Quijote cervantino.

En 1859 se casó con su primera esposa, la viuda de un modesto funcionario de aduanas, Marya Dmitríevna Isáyeva, una mujer enferma que no le proporcionó la serenidad que necesitaba después del cautiverio. La pobre Marya moriría de tuberculosis en 1864, poco antes que Mijaíl, el hermano mayor de Dostoyevski, con quien este había fundado dos revistas de efímera duración, El tiempo y La época, que a la larga no dieron más que deudas y disgustos al escritor.

Antes, en 1862, Dostoyevski había viajado por Europa a lo largo de casi un trimestre, visitando Berlín, Dresde, París, Londres, Ginebra, Florencia, Milán, Venecia y Viena. En Londres, por ejemplo, se entrevistó con Bakunin, el anarquista de sangre azul, que vivía exiliado en la capital británica. No era la cultura, ni el arte, ni la naturaleza lo que atraía a Fiódor en sus viajes. Lo único que interesaba y fascinaba a nuestro santón ortodoxo, metido a redentor de almas, eran las personas. Visitaba tan solo las grandes ciudades porque en ellas vivía la mayor parte de los hombres y mujeres del planeta, y es en esas colmenas atiborradas de almas donde escribía al ponerse el sol, cuando sus ciudadanos se entregaban al sueño.

Precisamente después de ese primer viaje por Europa se inician, estando aún viva la esposa de Dostoyevski, los amores del novelista con Apollinaria (“Polina”) Súslova, una hija de siervos que se convertiría en dueña y señora del corazón del novelista hasta 1867, año en que Fiódor contraería matrimonio con su segunda y última esposa, Anna Grigórievna Snítkina, que lo haría feliz hasta su muerte, acaecida en San Petersburgo el 28 de enero de 1881 (el mismo año, por cierto, en que falleció el gran Flaubert, estricto coetáneo suyo). Entre 1866 y la fecha de su óbito fueron viendo la luz, de forma escalonada, sus cinco construcciones novelísticas más ambiciosas y de mayor calado: Crimen y castigo (1866), El idiota (1868), Los endemoniados (1871) El adolescente (1875) y Los hermanos Karamázov (1880).

He dejado para el final una referencia a las circunstancias en que fue concebida su novela El jugador, y al contenido de la misma. Volvamos a Polina Súslova, su girl-friend en aquellos momentos, una mujer de gran personalidad e inteligencia que dejó por escrito abundantes testimonios de su liaison con Dostoyevski, un hombre de cuarenta años por aquel entonces frente a los veintidós que tenía ella.

A principios de 1863, Fiódor invitó a Polina a viajar con él por Italia. Proyectaban hacerlo en verano, pero en mayo las autoridades prohibieron la publicación de El Tiempo, la revista de los hermanos Dostoyevski, lo que alteró el plan inicial: Polina se iría a París, y allí esperaría a su amante, que no podía abandonar San Petersburgo así como así después de la prohibición de su revista. En agosto, Dostoyevski sale por fin de Rusia para reunirse con la Súslova, pero su pasión por el juego hace que se detenga en el casino de Wiesbaden y pierda una importante cantidad de dinero. Cuando llega a París, Polina arde en los brazos de un joven antillano. Fiódor se desespera, pero el antillano desaparece pronto, y ambos amantes deciden realizar el viaje por Italia planeado en San Petersburgo, pero “como hermano y hermana” (ut frater cum sorore). El viaje no puede ser más desastroso: nuevas pérdidas en el juego, situación económica desesperada, discusiones demasiado frecuentes entre Polina y Dostoyevski… Lo único bueno de ese terrible viaje fue que proporcionó al escritor el argumento de su novela El jugador, originalmente titulada Roulettenburg (nombre ficticio de Wiesbaden).

De regreso en San Petersburgo, Fiódor consigue lanzar una nueva revista, La Época, siempre asociado con su hermano. Pero las muertes sucesivas de Marya Dmitríevna y de Mijaíl Dostoyevski dejan al escritor en medio del desierto. Solo y sin recursos, firma en 1865 un contrato leonino con el editor Stelovski para conseguir dinero y decide ir a probar suerte, una vez más, a Wiesbaden en compañía de Polina, pero esta pronto lo abandona y la ruleta le da la espalda, con lo que Fiódor tiene que hacer de la necesidad virtud y urdir nada menos que el argumento de Crimen y castigo para vender la idea de la novela a otro editor, Katkov, y obtener de él un adelanto para poder volver a Rusia.

Una vez en la madre patria, Dostoyevski se ve obligado a afrontar sus dos compromisos: entregar a Stelovski una novela inédita de una extensión no inferior a diez pliegos antes de noviembre de 1866 y escribir Crimen y castigo para Katkov antes de enero de 1867. Se pone a trabajar de manera febril en esta última novela, que tiene casi acabada a finales de septiembre de 1866. Le queda solo un mes para escribir los diez pliegos de la novela para Stelovski, y a su amigo Miliúkov se le ocurre la idea de contratar a una taquígrafa de veinte años, llamada Anna Grigórievna Snítkina, para que Dostoievski le dicte la novela. Y a partir de ese momento van encadenándose los milagros: el 30 de octubre, Anna Grigórievna ha transcrito los diez pliegos de El jugador, que se entregan a Stelovski el 31; una vez solventado ese tema, Dostoyevski dicta a la taquígrafa lo que faltaba de Crimen y castigo, novela que aparece publicada íntegramente en 1866, lo mismo que El jugador; y last, but not least, Fiódor y Anna Grigórievna se enamoran perdidamente y se casan, en la catedral de San Petersburgo, el 15 de febrero de 1867, poco después de la aparición de ambas novelas. A mí, al menos, me sigue agobiando, siglo y medio después, el histérico proceso de acontecimientos que condujo a esa boda.

La ludopatía de Dostoyevski no se dio por vencida al casarse con Anna Grigórievna. Con todo, hay que decir que no era el juego en sí lo que atraía de manera enfermiza al escritor, sino el deseo de conseguir por medio de la ruleta el desahogo económico que siempre le faltó, a fin de poder entregarse por entero y con plena libertad a la actividad preferida (en el caso de Fiódor, a la literatura). Pero supongo que casi todos los ludópatas, actuales o pretéritos, tratan de justificar su adicción con argumentos semejantes.

El jugador no es la mejor novela de Dostoyevski, pero es enormemente sugestiva en el planteamiento de la acción y en el diseño psicológico de los seres humanos que la habitan. Estoy completamente seguro de que los que nunca la han leído disfrutarán una barbaridad con su lectura, y de que los que ya la conocen disfrutarán igualmente recordando el conjunto de sus logradísimos personajes: Alekséi Ivánovich (trasunto del propio Dostoyevski), Polina Aleksándrovna (una Polina Súslova apenas enmascarada), Mr. Astley, Des Grieux, mademoiselle Blanche, el general Zagorianski y, sobre todos, Antonida Vasílievna Tarasevícheva, la inefable bábushka que pierde en el casino buena parte de su fortuna, sembrando la desesperación entre los buitres que aguardaban su muerte para heredarla. Si hay algo que permanece en la memoria después de la lectura de El jugador es esa entrada triunfal, enloquecida y maravillosa de la bábushka en el hotel de Roulettenburg, como una Margaret Dumont avant la lettre en cualquiera de las películas que rodó con los hermanos Marx, pero sin la amenaza permanente de un Groucho haciendo juegos de palabras a costa de ella.

Hablando de cine, El jugador tuvo una feliz adaptación cinematográfica en 1949, dirigida por Robert Siodmak, The Great Sinner (El gran pecador), con Gregory Peck y Ava Gardner en los papeles protagonistas. En una preciosa traducción española de la novela, debida a Jorge Marineda  y publicada en Barcelona por Surco en 1950, figuran diferentes fotogramas de esa película y una “Lista comparativa de los personajes de la novela Un jugador y de la película El gran pecador que no tiene desperdicio.

 

  Luis Alberto de Cuenca

Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo

(CCHS, CSIC)

Madrid, marzo de 2017

 

Dónde puede leerse El Jugador

Recomiendo la espléndida versión castellana de El jugador traducida del ruso original por el insigne polígrafo y maestro de Borges, D. Rafael Cansinos Assens. Ahora se puede conseguir fácilmente en un tomo de la renovada colección Austral con prólogo de quien suscribe. Como en todas las ediciones que supervisa la Fundación-Archivo Rafael Cansinos Assens (ARCA), el texto de la traducción de la edición de Austral presenta algunos —leves— cambios con respecto a la primera edición publicada por Aguilar en 1935 (y corregida y aumentada en 1942): además de haber sido adaptado a las normas actuales de acentuación, se han revisado aquellos usos idiomáticos desfasados que podrían ocasionar una lectura incómoda al lector de nuestros días. Con estas mínimas modificaciones la Fundación ARCA consigue que las traducciones de Cansinos Assens mantengan su vigencia a lo largo de los años.

L. A. de C.


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