Caras y lugares, de Agnès Varda y JR

 

La expresión artística ha encontrado en las redes sociales un nuevo canal de difusión. Aplicaciones móviles como Instagram acercan el arte a millones de personas con solo sacar el smartphone del bolsillo y ojear la pantalla. Pero la instantaneidad y la superabundancia de contenidos llevan al usuario a valorar la obra artística de manera irreflexiva centrándose solo en la estética: su relevancia se mide por el número de ‘me gusta’ acumulados. Ante esta desvalorización del arte, es preciso recuperar su componente humanista.

Caras y lugares. Cartel original

Esto es lo que proponen Agnès Varda y Jean René, más conocido como JR, en Caras y lugares (Visages Villages, en el original francés), reconocido documental presentado fuera de concurso en la septuagésima edición del Festival de Cannes en 2017 y nominado como Mejor largometraje documental en los premios Oscar 2018. En este filme, dos artistas aparentemente antitéticos (ella, directora de cine referente de la Nouvelle Vague, octogenaria de dilatada carrera recientemente reconocida con el Oscar honorífico; él, joven artista callejero y fotógrafo de gran proyección en las redes sociales) colaboran en un proyecto que los lleva a recorrer los pueblos de Francia en una furgoneta equipada con un fotomatón buscando personas que retratar para contar las historias detrás de sus rostros. El procedimiento es el siguiente: Varda elige el sujeto que será retratado y JR y su equipo lo fotografían, imprimen las imágenes a gran escala y componen vistosos murales con ellas. Durante el proceso creativo, la veterana directora captura con su cámara a artista, modelo y público, a quienes da voz mediante entrevistas donde destaca la calidez del tono empleado y la espontaneidad de los involucrados.

La elección del perfil que será retratado no es arbitraria, si bien se deja llevar por el azar. Varda, cineasta comprometida, presta especial atención a las personas trabajadoras, desfavorecidas, disidentes y soñadoras:

En un antiguo barrio minero, una anciana, Jeanine, se niega a abandonar su hogar ante las presiones de las entidades urbanísticas que pretenden derruirlo. Recuerda cómo su padre volvía de la mina cubierto de polvo y con el cuerpo lleno de moratones. Varda y JR recubren las fachadas del barrio con antiguas fotos de mineros y el rostro de Jeanine, su última habitante, a modo de homenaje y recuerdo de su resistencia. Un agricultor reflexiona sobre los nuevos modos de recolección del campo: del trabajo que antes hacían entre cuatro, ahora solo se encarga él. Su soledad la reflejan los artistas con un mural de su imagen con los brazos extendidos sobre la fachada del granero. Una familia ganadera utiliza ordeñadoras mecánicas y corta los cuernos de sus cabras para evitar que se dañen entre ellas (y, por tanto, afectar así a la producción). Otra las ordeña manualmente y entiende que “si una cabra tiene cuernos, debe conservar sus cuernos”. Se enfrentan dos modelos de producción caprina: en uno prima la rentabilidad, en el otro, el respeto por el animal. JR y Varda conciben un mural con el retrato a gran escala de una cabra astada. En un puerto, donde la totalidad de la plantilla es masculina, se les otorga voz a Morgane, Nathalie y Sophie, mujeres de estibadores en huelga. Sus retratos, tres gigantescas imágenes pegadas sobre los contenedores del puerto, marcan la introducción de la mujer en un “mundo de hombres”.

JR y Agnès Varda

Como anticipaba al principio, el artista JR ha sabido difundir su trabajo entre el público más joven a través de plataformas como Instagram gracias a su espectacular estética, que integra la expresión artística en el contexto urbano (o rural, como en este caso). Sus obras, como las que he apuntado en esta pequeña antología de Caras y lugares, subrayan un mensaje, una idea o una denuncia cuyas capturas son compartidas de manera instantánea con el más de un millón de seguidores de su cuenta en la red social. Pero en un ambiente donde se valora eminentemente el contenido visual, el mensaje del artista puede quedar diluido. La cámara de Varda, durante la filmación del proceso creativo en formato de largometraje cinematográfico, restaura el componente humano de la obra del artista. La sala de cine ofrece al espectador un espacio para la reflexión durante los 90 minutos de metraje, frente al escaso segundo que tarda en pasar de una imagen a otra en la mencionada aplicación móvil. La humanidad de la cineasta se demuestra tanto en la elección de los sujetos retratados como en el espacio que dedica a entrevistarlos, manifestando un claro interés por defender unos valores políticos y sociales en los que cree firmemente. Pero el tono no es adoctrinador, sino que se limita a mostrar una realidad desde la más profunda humildad.

Fotograma

La filmación del proceso creativo suma otro valor añadido a la obra. Los murales del artista no evitan su cualidad efímera: no dejan de ser retratos en papel asegurados con pegamento en un espacio al aire libre expuesto a las inclemencias del tiempo. Sus composiciones se entienden en su propio contexto espacial y temporal, si bien alcanzan difusión universal por las redes sociales. Pero la cámara de Varda inmortaliza el trabajo del fotógrafo al registrarlo en celuloide. Es el caso del mural pegado sobre el gigantesco guijarro procedente de un búnker de la Segunda Guerra Mundial clavado en una playa de Normandía. La marea, de un día para otro, barre la composición con el retrato que años atrás había tomado Varda a su amigo Guy Bourdain. La naturaleza borra la memoria de la humanidad, pero el cine consigue recuperarla.

El documental también introduce una reflexión sobre la repercusión que un arte de masas como los murales de JR puede alcanzar. Varda y JR entrevistan a una joven convertida en una suerte de celebridad en su pueblo desde que posó como modelo para el fotógrafo. Ahora vecinos y visitantes realizan fotografías y se hacen selfies con el mural, algo que llega a contrariar a la joven a causa de su introversión. Resulta evidente que, por su contenido ideológico, la obra de estos artistas puede incomodar a ciertos sectores de la población, pero en este caso es la estética lo que produce incomodidad. Recoger este testimonio no es sino otro ejemplo de la grandeza del filme, que se nutre no solo de las miradas de sus autores, sino de las diferentes percepciones que su obra artística suscita.

Fotograma

Y las diversas miradas de los autores también lo son empíricamente. Varda sufre de cataratas que le impiden ver la realidad con claridad; JR utiliza en todo momento como seña de identidad gafas de sol que oscurecen sus ojos. Con la filmación del proceso creativo, los propios artistas se convierten en sujeto de su arte, y ellos mismos manifiestan sus propios intereses y miedos. El plantón de Jean-Luc Godard en la escena final sacude a una Agnès Varda más vulnerable que nunca que desnuda sus emociones ante la cámara. JR solo puede hacer un único y sincero gesto por animarla: por primera vez, se quita sus gafas: ella lo ve borroso, pero tiene una nueva imagen de él; él descubre una nueva realidad, lo claros que son los ojos de Agnès.

La simbiosis que consiguen Varda y JR como artistas solo se puede comparar con la que consiguen como sujetos de su arte. Caras y lugares pone en el centro de su discurso al ser humano y su relación con el arte, el proceso creativo, su difusión y las perspectivas desde las que abordarlo, sin abandonar el componente ideológico y comprometido: una mirada humana y humanista a la fotografía, al cine, al arte; una carta de amor al ser humano.

 

 

  Isidro Molina Zorrilla

 


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