Elegir en Sicilia

 
 
Mª Ángeles Jiménez
Farmacéutica y socia de Número de la SEMA
 
 
Entre los sentidos humanos involucrados en el placer de conocer lugares nuevos, voy a utilizar la percepción visual como apoyo principal para escribir sobre Sicilia. Habiendo tan buenos especialistas en arte en la SEMA, lo lógico es hablar solo de los descubrimientos personales, que fueron muchos.
 

Disponer de la privilegiada situación de ventanilla en el vuelo con destino a Catania era una oportunidad. Me dispuse a disfrutarla cuando la ‘calzada romana’, en expresión del piloto para describir las circunstancias del primer cuarto de hora de vuelo, terminó convirtiéndose en autopista. En todo caso, la incomodidad duró lo suficiente como para comprobar una vez más que en las carreteras celestiales también hay baches que simulan el paso por una especie de duro pedregal. Afortunadamente, las percepciones cambiaron pronto hacia lo conocido. Y lo conocido para mí suele ser la tentación de imaginar la trayectoria del avión entre o por encima de las nubes y dejar que la mente flote suspendida tratando de apresar el horizonte. Tuvieron muchas recompensas esos momentos de contemplación activa, la mejor, la más elocuente, el paso en dirección perpendicular bajo nuestra trayectoria de otro avión comercial. La velocidad de vértigo de ambos reactores hizo que la duración de la escena fuera poco más que un suspiro, el que con seguridad emitió mi garganta al contemplar al ingenio traspasando veloz nuestra vertical y dejando atrás ligeras estelas serpenteantes.

Pero, no, el objetivo, el mío, no era alcanzar una especie de comunicación con un entorno celestial mientras la nave avanzaba a ritmo constante hacia el horizonte curvo. El objetivo específico, una vez presentada la oportunidad, era contemplar el imaginado perfil mayestático del Etna en el acercamiento al aeropuerto de Catania. Pero no puedo ser. La casualidad me había colocado en la ventana opuesta al espectáculo y tuve que conformarme, y no fue poco, con la observación de los campos cultivados, las fincas perfectamente delimitadas y el progresivo incremento del tamaño de los edificios en zonas no excesivamente entregadas al cemento. La hora de llegada todavía permitía apreciar la sutileza de la diversidad de colores y el ya sorprendente matiz verdoso del entorno, que en los días sucesivos se convirtió en núcleo vectorial de sensaciones.

Siracusa

‘Sala delle Dieci Ragazze’ en la Villa Romana de Casale

Templo de la Concordia en el Valle de los Templos. Agrigento

Nadando en la Historia

En la primera balanza interior de lo más sobresaliente se pelean con discreción la figura del Etna, presidiendo en solitario el este de la isla, y la posibilidad de dejarse abrazar por la Historia. Y esto último porque se constata que hay pocos pueblos del medio oriente y la futura joven Europa que no hayan dejado su legado en tierras sicilianas. La estratégica ubicación de esta isla de casi 26.000 km2 ha resultado ser siempre crucial: por una parte, la cercanía a las actuales Italia, Grecia e incluso al norte del continente africano; por otra, el ser lugar de paso entre oriente y occidente en la amplitud del mar Mediterráneo. Fenicios, griegos, romanos, bizantinos, normandos, árabes, españoles… todo el mundo ha pasado por allí, y todos han dejado su huella, convirtiendo a Sicilia en un crisol de culturas muy especial. De ahí la colección de lugares Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO -Noto, Cefalú, Erice, Siracusa…- que con justicia acumula.

La cercanía geográfica a tierras helenas fue determinante para el desarrollo de asentamientos que con el tiempo terminaron por ser grandes ciudades de la época. Estos lugares, además de la función defensiva y protectora de sus habitantes, alcanzaron un gran desarrollo cultural que todavía perdura. El legado griego es tan amplio y está tan bien conservado que resulta difícil no encontrarse a cada poco con él. La colección de templos y anfiteatros ocupa lugares excepcionales, sin duda es injusto destacar uno sobre los demás. Aun así, no puedo dejar de hacerlo.

Del Valle de los Templos, cercano a la ciudad de Agrigento, tengo mi preferencia. Situado entre el Templo de Juno y el de Hércules, las 13 columnas de largo por seis de ancho del Templo de la Concordia muestran un perfil perfectamente conservado. Inspirador, involuntario, pero justo, del logotipo de la UNESCO, este templo fue construido en el siglo V a.C. y en el XVIII de nuestra era recibió su nombre actual. Una metáfora exigente esta de ‘la concordia’ en estos tiempos de estúpida proliferación de conflictos armados, todos sin sentido y generados por sujetos que se esfuerzan en mostrar el nulo avance de la genética humana.

Imbuida de espíritu griego, traspasar la entrada del Teatro Greco de Taormina me infunde un especial respeto. A este templo ancestral de la cultura solo le supera en tamaño el de Siracusa y sigue estando tan activo como el primer día. Cuando un grupo de excelentes músicos jóvenes, que ocupa todo el escenario, comienza su concierto y los aplausos del público toman vida en las pétreas hileras de asientos, no hay otro motivo mejor en la tarde que ocupar plaza y disponerse a disfrutar. Forma parte de la magia del lugar la extraordinaria ubicación escogida en el siglo III a.C. para esta construcción, poco menos que encajada entre el cielo abierto y el mar que se dibuja detrás de la parte abierta de la herradura que forma el teatro. No es difícil de entender la dificultad que entraña despedirse de él.

Interior de la Capilla Palatina. Palermo

Pantocrátor de la catedral de Cefalù

Preparación de pistachos en una ‘pasticceria’ de Cefalù

Calle de Catania adornada y protegida del sol con vistosos paraguas

La Villa Romana del Casale, la que fuera casa de campo de Marco Aurelio Maximiano, coemperador de Roma junto a Diocleciano en el siglo III, es uno de los lugares más especiales de la Sicilia Romana. No tiene comparación; no la tiene por su tamaño, unos 3.500 m2, pero, muy especialmente, por la cantidad y calidad de sus mosaicos, al parecer de artistas norteafricanos. Estructuralmente es un espacio con múltiples estancias con diferentes finalidades. Tras un pequeño arco de triunfo, se accede al atrium y de allí a las Thermae, para continuar por la larga sucesión de dependencias que daban cotidianeidad a la vida del lugar: el comedor, las salas de banquetes, la basílica y los distintos departamentos, incluidos los aposentos privados. La tentación del visitante es detenerse a contemplar los mosaicos que decoran prácticamente todos los suelos, extraordinariamente bien conservados, y analizar una a una las escenas que describen. Impresiona el realismo del movimiento de las figuras ya sean, por ejemplo, actividades con animales, historias épicas o sencillos divertimentos. Con seguridad los mosaicos que más expectación causan están en la Sala delle Dieci Ragazze, donde nueve mujeres en bikini, que originalmente eran 10, se preparan, con o sin instrumentos, para los Juegos Olímpicos. Se pone en evidencia así que el bikini no fue, ni mucho menos, un invento francés.

Para los legos en arte como yo -seguro que es una total incorrección-, es inevitable relacionar la afinidad siciliana por los mosaicos con la decoración interior de los palacios y muy especialmente de los lugares de culto. Si la decoración completa de techos, paredes y arcos con escenas bíblicas es algo que se repite, la imponente figura del Cristo Pantocratore (Pantocrátor), cuando está presente, remarca la majestuosidad de los más emblemáticos. Qué decir del que preside la catedral de Cefalú, el más antiguo; o el de Monreale, en las cercanías de Palermo; o el de la impresionante Capilla Palatina del Palacio de los Normandos en Palermo, el edificio que hoy en día es sede de la Asamblea Regional de Sicilia. Qué espléndido resultó su siglo XII.

Pero no son los conjuntos monumentales o la impresionante decoración lo que más huella ha dejado en mi memoria, por más que lo haya dejado el claro contraste entre su buena conservación y la sensación de deterioro de ciudades como Palermo o Catania. De mi memoria será difícil que desaparezca el encanto de Erice, la villa de los élimos, pobladores primigenios de la isla, que además de la solidez pétrea de sus calles y construcciones, tiene unas vistas espectaculares a la costa tirrénica gracias a altura de su ubicación. Tampoco podrá desaparecer Cefalú, un pequeño núcleo costero de tejados rojos, situado en el norte de la isla. Quizá porque precisamente su encanto resida en recoger una combinación irrepetible y manejable de elementos diferentes. A las preciosas playas y la colección de obras árabe-normandas desplegadas por la geométrica organización de la pequeña ciudad medieval, se le unen otros elementos que no por ser habituales en Sicilia dejan de asombrar. Proliferan los ceramistas y es irresistible la atracción olfatoria de las pasticcerias con los exquisitos cannoli o la variedad de gelati a la vista.

Interior de la catedral de Monreale

Teatro griego de Taormina

Cerámica siciliana, con las tradicionales cabezas de moros y las piñas. Cefalú

Siempre el Etna

Es inevitable adentrarse en el mundo de los volcanes al hablar de Sicilia. En su cercanía, con la mirada perdida en las alturas, no es difícil entender su relación con las deidades. Su intimidante presencia y el inmenso poder de destrucción lo merecen. De los tres volcanes considerados activos en Sicilia, dos, Estrómboli y Vulcano, están en sus homónimas y cercanas islas Eolias; el tercero es el gigantesco Etna, al este de la isla, a 30 km de Catania y a 50 km de Taormina. Este volcán y sus laderas constituyen el Parco dell’Etna que ocupa 581 km2. Ver de cerca este coloso, de 3.369 metros -por ahora porque con seguridad seguirá creciendo, la última erupción es de 2024- tiene algo de mágico.

La sensación de grandeza que desprende el Etna se incrementa al progresar en el ascenso, y más cuando la carretera es un continuo de curvas en lucha con una inclinación considerable y la complejidad de sortear los ríos petrificados de lava de tantas erupciones como experimenta. Al avanzar, el paisaje va cambiando progresivamente. En la parte baja, a nivel del mar, la vegetación es tupida y a veces boscosa; paulatinamente va escaseando, y casi desaparece cuando alrededor solo se ven zonas caóticas de coladas antiguas. En primavera, en los suelos de las laderas más altas crecen colonias de una saponaria autóctona que parecen formar islas, rompiendo con sus colores púrpura y verde el mar infinito de escoria y cenizas. La vía que parte de Catania, ciudad a la que las erupciones del volcán han destruido por completo dos veces (1669 y 1693), llega por el sur hasta los 1.923 m de altura, donde está situado el Piazzale Rifugio Spienza, el punto de llegada de autobuses y coches. Desde ahí se puede subir algo más con teleférico, si está en funcionamiento, con transporte especial o andando por senderos que la naturaleza reconfigura a su antojo con cierta frecuencia.

La presencia de nubes en la cima del Etna es habitual lo que imposibilita la visibilidad de la parte más alta. En cualquier caso, los cuatro cráteres que forman la cima, uno ellos es el gigantesco que ocupa la parte central, no son visibles desde abajo. Sin embargo, no puedes evitar una cierta sensación de gratitud y secreto desvelado al tener la oportunidad de contemplar por primera vez el recorte limpio de la montaña contra el cielo azulado desde la cercanía de la tan castigada Catania.

‘Genovesi’ recién sacados del horno. Erice

Senderos en las laderas del Etna con el mar al fondo

Vista de la cima del Etna desde Catania

Colofón

Soy consciente de que me dejo en el tintero la mayor parte de lo que he visto y percibido en Sicilia. Dejo la simbología de las tradiciones, tan evidente en las piezas de cerámica; la inesperada exuberancia vegetal de la isla y especialmente en el norte; el aparente caos circulatorio de las ciudades, que no es tal y quizá no lo sea por la escasez de semáforos y la disposición y costumbre de los conductores a ceder el paso; el colorido de los mercados; las exquisiteces gastronómicas, con los antipasti a la cabeza; los graniti (exquisitos granizados de limón) y las ‘otras’ bebidas a base de limón… y muchas cosas más, entre ellas descubrir Lampedusa.

Pero si alguien me pidiera elegir ahora sabría qué decirle. Me quedaría a la sombra de las columnas del Templo della Concordia; sentada sobre la inmensidad de la escoria volcánica, dejando descansar los cuádriceps y forzando la entrada de más aire a los pulmones; o contemplando, frente al mar y en silencio, el atardecer en Taormina. Y no sería una tranquilidad pasiva, para complementarlo adecuadamente escogería paladear al tiempo unos exquisitos genovesi de la pasticceria Grammatico Maria de Erice, algo así como tocar de verdad el cielo, y tocarlo desde Sicilia.


epistemai.es – Revista digital de la Sociedad Erasmiana de Málaga – ISSN: 2697-2468
Jiménez González MA. Elegir en Sicilia. epistemai.es [revista en Internet] 2026 junio (29). Disponible en: http://epistemai.es/archivos/9886

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