El esplendor de un pueblo

Aquel sabatino once de junio de dos mil dieciséis el sol había madrugado para calentar. Las granzas secas del cerro de los Dólmenes habían dorado ya la testa orlada de cipreses del solemne sitio. El director del conjunto arqueológico, Bartolomé Ruíz González, acogía con generosa sonrisa a los miembros de la Sociedad Erasmiana de Málaga.

Esta joven institución humanística se veía así agasajada con las mejores galas de la hospitalidad antequerana. Primero, en el centro de interpretación se la puso al corriente de la probable forma en que sus primitivos pobladores habían construido aquellos magníficos templos. Luego, sobre el terreno, se le mostró la conformación geográfica del sitio y la triple panorámica que le daba sentido.

Dentro de Menga, aquellas hieráticas piedras imponían su proporción y críptico significado. Desde su umbral la noble silueta de la gran dama dormida cobraba sentido. Habrían de correr milenios para asociarla anecdóticamente a desgraciados amores que nada tuvieron que ver con los megalitos. En la penumbra de Viera se adivinaba el rayo del sol naciente; más allá, el Romeral, a noventa grados de su cuarto de hora angular, miraba al Torcal. A modo de despedida perfilamos con nuestras manos la puerta de Menga, símbolo del logotipo que esperábamos ver pronto recogido en la lista del patrimonio mundial de la UNESCO.

Así fue nuestra visita y así se cumplió al punto nuestro deseo. Poco importan ya los años de olvido, sólo cuenta ahora el esplendor de un pueblo: Antequera.

Quintín Calle
Presidente de la Sociedad Erasmiana de Málaga


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