Proverbios griegos y latinos antiguos en las lenguas modernas

 

Que la llamada cultura occidental hunde sus raíces en la Antigüedad grecolatina es un hecho bien conocido, que salta a la vista a cada paso en la lengua que hablamos, en la literatura que leemos, en las ideas que pensamos y expresamos, en las obras de arte que contemplamos o escuchamos, y también en innumerables aspectos de nuestra vida cotidiana. Pero con mucha frecuencia no somos conscientes de la profundidad y extensión de ese legado; no lo somos, por ejemplo, cuando utilizamos refranes o locuciones que creemos populares y nacidos en nuestras lenguas y que sin embargo hemos heredado del griego y el latín antiguos. Y precisamente el hecho de que sean especialmente numerosos los antiguos proverbios, sentencias y locuciones que acuñaron los griegos y latinos hace más de dos milenios y permanecen todavía hoy vivos en muchas lenguas modernas es una clarísima prueba del cordón umbilical que nos liga a la cultura grecolatina. Además, el hecho de que esos proverbios y sentencias heredados de la Antigüedad clásica se hayan mantenido en muchas lenguas prácticamente iguales o con leves variaciones formales (para dotarlos, por ejemplo, de rima o ritmo), supone también un claro indicio de que la cultura europea, por encima de variaciones nacionales, regionales o locales, es fundamentalmente una unidad, y una unidad en la que su origen grecolatino es un elemento de cohesión esencial.

Los caminos que ha seguido la transmisión de estos proverbios, sentencias y locuciones desde la Antigüedad hasta nuestros días han sido diversos. Unas veces han sobrevivido a través de un uso constante e ininterrumpido: del griego antiguo -cuando han tenido su origen en Grecia- han pasado al latín antiguo, luego al latín medieval y de ahí a las lenguas modernas. En otras ocasiones, en cambio, en algún momento de esa cadena de transmisión los proverbios han podido perderse, pero han sido luego recuperados e reincorporados a nuestra tradición cultural por diversas vías, sobre todo porque eran citados en alguna obra antigua o medieval muy leída (como es el caso del refrán “una golondrina no hace primavera”, al que nos referiremos más adelante), o bien gracias al trabajo de los Humanistas, que recogieron a menudo proverbios y sentencias antiguos, los usaron en sus escritos y enseñanzas, y en muchas ocasiones los popularizaron más allá del ámbito restringido de los eruditos. Y en esa labor de recepción, recuperación y difusión del pensamiento y la sabiduría de la Antigüedad a través de sus proverbios y sentencias el lugar más destacado lo ocupa, por supuesto, la gran recopilación titulada Adagia de Erasmo de Rotterdam.

Erasmo, Adagia, edición Aldina, Venecia 1508

El gran Erasmo, como él mismo comenta en el prólogo de su libro, echó sobre sus espaldas los “trabajos de Hércules” (Herculei labores) de recoger, editar y comentar, con unos conocimientos y una erudición absolutamente asombrosos, una parte muy importante del refranero grecolatino y las sentencias de sabiduría de los antiguos. La primera edición de los Adagia (que contenía 820 proverbios y sentencias) fue publicada en París en 1500, y Erasmo no cesó de ampliar la colección a lo largo de su vida, tanto en lo que se refiere a la cantidad de proverbios y sentencias recogidos como a la extensión de los comentarios: en 1508 vio la luz la primera edición aparecida en las míticas prensas venecianas de Aldo Manuzio, que comprendía ya 3.271 entradas, y en la última edición que se publicó en vida de Erasmo (Basilea 1536) su número había aumentado hasta las 4.151. En siglo y medio la recopilación de Erasmo se reeditó más de cuarenta veces, y fue sin duda una obra decisiva para la propagación del saber y del espíritu de la Antigüedad durante los siglos XVI y XVII, porque fue una obra cuya difusión no quedó limitada a un reducido grupo de estudiosos del Mundo Antiguo, sino que de ella bebieron los escritores (grandes, medianos y pequeños), los hombres de ciencias y de letras, y en fin cualquier persona con alguna inquietud cultural, que usaron en sus escritos esos proverbios y sentencias antiguos recopilados y comentados por Erasmo y los llevaron también a sus conversaciones cotidianas, contribuyendo con ello a su conservación en las lenguas y culturas modernas.

Veamos, pues, algunos de esos proverbios, sentencias y locuciones que nos ha legado la tradición clásica grecolatina, los cuales estoy seguro de que el lector reconocerá, puesto que siguen siendo todavía hoy de uso común. Nos detendremos con mayor pormenor en alguno de ellos, para ilustrar la idea de que estudiar la historia de cada uno de esos proverbios y sentencias en su viaje desde la Antigüedad hasta nuestros días supone trazar una pizca de la historia de la cultura europea. Ante todo, no quiero dejar de señalar que todos los proverbios, sentencias y locuciones que citaremos se encuentran recogidos y estudiados magistralmente en los Adagia de Erasmo.

1) Comenzaremos tratando con cierto pormenor la historia de uno de los refranes más usados y más extendidos en las lenguas europeas (el paremiólogo Wolfgang Mieder lo documenta en al menos 49 de ellas): “una golondrina no hace primavera/verano”, que reaparece tal cual en francés (“une hirondelle ne fait pas le printemps”), italiano (“una rondine non fa primavera”), catalán (“una oreneta no fa estiu/primavera”), gallego y portugués (“unha andoriña soa non fai verán” y “uma andorinha só não faz verão”), rumano (“o rîndunicã nu aduce/face vara/primăvera”), alemán (“eine Schwalbe macht/bringt noch keinen Sommer/Frühling”), inglés (“one swallow makes no summer/a spring”), danés (“en svale gjør es sommer eller krage vinter”), noruego (“en svale gjør ingen sommer”), sueco (“en svala gör ingen sommar”), holandés (“eene zwaluw maakt jeen zomer”), ruso (“oдна ласточка весньі не делает”), polaco (“jedna jaskółka nie czyni wiosny”), vasco (“enara batek ez du udaberria egiten”), griego moderno (ένα χελιδόνι δεν κάνει άνοιξη), etc., etc.

Sebastián de Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana o española (1611), glosa el proverbio de la siguiente manera: “Proverbio es vulgar nuestro, latino y griego, ‘una golondrina no hace verano’, presupuesto que es la anunciadora de la primavera; entiéndase cuando todas ellas vienen de golpe y no porque una se haya adelantado se le ha de dar crédito; así, ni más ni menos, del testimonio singular de uno no hemos de formar notoriedad, ni de la cosa que es rara, porque acontezca una vez, sacar regla general”. Covarrubias tiene razón: se trata de un proverbio que hemos heredado de la Antigüedad clásica, como ocurre frecuentemente en el caso de proverbios y sentencias comunes a muchas lenguas europeas, dado que éstas se asientan sobre la base común de la cultura grecolatina. No obstante, en este caso el viaje del proverbio desde la antigua Grecia hasta las lenguas modernas ha sido un tanto azaroso y, contra lo que en principio se podría pensar dada su enorme difusión y su frecuentísimo uso en el habla coloquial, “una golondrina no hace verano” ha sobrevivido en las lenguas modernas por vía culta, a causa de su uso en obras literarias y filosóficas, no porque se haya empleado ininterrumpidamente en el habla coloquial en el transcurso de los siglos, pasando del griego antiguo al latín clásico y de éste al latín medieval y a las lenguas modernas.

Ya Aristóteles, en el siglo IV a.C., cita “una golondrina no hace primavera” en su Ética a Nicómaco (I 7, 1098a18), y es éste sin duda el texto clave que explica en buena parte el extraordinario éxito que el proverbio ha tenido en nuestra tradición cultural. Aristóteles explica que para concluir que una persona ha llevado una buena vida o ha sido feliz, no basta con tener en cuenta momentos aislados (que pudieran ser la golondrina que no hace primavera) sino el conjunto de su vida, y dice así: “Y si esto es así…resulta que el bien del hombre es una actividad del alma de acuerdo con la virtud, y si las virtudes son varias, de acuerdo con la mejor y más perfecta; y además en una vida completa, porque una golondrina no hace primavera, ni un solo día; y así tampoco ni un solo día ni un instante bastan para hacer a un hombre venturoso y feliz”. Tenemos documentado el proverbio incluso antes de Aristóteles, en el siglo V a.C. y concretamente en uno de los géneros literarios griegos que hace un uso más frecuente y original de los proverbios: la comedia griega antigua. En concreto sabemos que “una golondrina no hace primavera” aparecía en una comedia perdida del poeta cómico Cratino (activo entre 450 y 423 a.C.) titulada Las mujeres de Delos (fragmento 35 Kassel-Austin), y quizá haya también una referencia a él en los versos 1416-1417 de la comedia de Aristófanes Las aves, representada en 414 a.C.

Vaso griego procedente de Vulci (hacia 510 a.C.). San Petersburgo, Hermitage 615a. El joven de la izquierda dice “¡mira, una golondrina!”; el hombre del centro confirma “¡sí, por Heracles!”; el niño de la derecha concluye “¡Ahí está! ¡Ya está aquí la primavera!”.

También para los latinos la golondrina es el ave que anuncia, y por tanto simboliza, la llegada de la primavera. Y, sin embargo, el proverbio “una golondrina no hace primavera” no se encuentra documentado en latín clásico. ¿Por qué, entonces, tuvo luego gran difusión en latín medieval, bajo la forma una hirundo non facit ver, y se ha convertido en uno de los refranes más difundidos en las lenguas europeas modernas? En mi opinión, la causa hay que buscarla fundamentalmente en la cita aristotélica, y también en la presencia del proverbio en las obras de algunos autores cristianos griegos de la Antigüedad tardía. Porque, en efecto, “una golondrina no hace primavera” siguió siendo utilizado por los griegos hasta el final del Mundo Antiguo, y se documenta también en tres de los más importantes autores del siglo IV p.C.: dos paganos, Libanio (Cartas 834, 5) y el emperador Juliano (Cartas 82, 446a), y uno cristiano, Gregorio de Nacianzo, que lo cita tanto en prosa (Discurso XXXIX 14, 352b: “si es verdad que una única golondrina no hace primavera, ni una única línea al geómetra o una única navegación al marino”) como en verso (Oda 8 = Comparatio vitarum, vv.242-243: “dicen que una golondrina no trae / la primavera gozosa, ni los cabellos la vejez”).

Son estas citas de Gregorio de Nacianzo y, sobre todo, el pasaje de la Ética a Nicómaco de Aristóteles, los textos que han cimentado la popularidad de nuestro proverbio y los responsables de que haya permanecido vivo en nuestra tradición cultural y lo sigamos utilizando todavía hoy día. Gregorio es mencionado explícitamente por autores griegos cristianos posteriores que citan el proverbio, como Juan de Damasco (hacia 676-750) en su obra Tres discursos contra los iconoclastas I 25: “en tercer lugar, la rareza no es ley para la Iglesia ni una golondrina hace primavera, como opinan tanto Gregorio el teólogo como la verdad”). Y si del griego de la Alta Edad Media pasamos al latín del siglo XIII, un autor tan leído e influyente como Santo Tomás de Aquino cita en más de una ocasión nuestro proverbio en su forma latina una hirundo ver non facit, y lo hace refiriéndose expresamente a los autores griegos de los que ha tomado la cita, Gregorio de Nacianzo y Aristóteles. Así, en Summa Theologiae III 39, 3 leemos: “Pero, como dice Gregorio de Nazianzo, ‘no es ley de la Iglesia lo que raramente acontece’, igual que una golondrina no hace primavera”; y en otro pasaje de la Summa Theologiae (II.1 51, 3) vuelve a mencionar el proverbio, en esta ocasión remitiendo a la autoridad de Artistóteles: “pero está en contra lo que dice el filósofo en el libro primero de la Etica, que una golondrina no hace primavera, ni un solo día, de manera que ni un solo día ni poco tiempo traen la felicidad y la dicha”.

Estas citas de un pensador tan influyente como Santo Tomás, así como las traducciones latinas medievales de Aristóteles y, en menor medida, de Gregorio de Nacianzo, fueron sin duda decisivas para la difusión del proverbio, el cual, por tanto, se reincorporó a la tradición proverbial europea probablemente por vía erudita y no por tradición oral continuada. Por supuesto, la presencia de “una golondrina no hace primavera” en las obras de los eruditos del Renacimiento, particularmente en los Adagia de Erasmo, fue de gran importancia para su consolidación definitiva y para que haya alcanzado tan extraordinaria difusión, pero parece que el proverbio ya por entonces se hallaba bien asentado en nuestra tradición cultural, como testimonian sus citas en el medievo, tanto en latín como en lenguas vernáculas, en las cuales se encuentra ya documentado en el siglo XIII, por ejemplo en Li livres dou trésor de Brunetto Latini (en francés de la Picardía), y luego en el Convivio (I 9) de Dante Alighieri, que de nuevo remite expresamente a Aristóteles en su cita: “E non ha contradizione perché alcuno litterato sia di quelli, ché, si come dice il mio maestro Aristotele nel primo de l’Etica, ‘una rondine non fa primavera’”.

Por lo que a las letras españolas se refiere, el proverbio se documenta amplísimamente desde el siglo XIV, y no falta, igual que ocurre en otras lenguas europeas, en obras mayores de nuestra literatura, como la poesía del Marqués de Santillana (Bías contra Fortuna, estrofa 39 versos 311-312), en La Celestina (auto VII), o en el propio Quijote, en concreto en el capítulo XIII de la primera parte, donde tiene lugar la siguiente conversación entre Don Quijote y Vivaldo:

– Don Quijote: Digo que no puede ser que haya caballero andante sin dama, porque tan propio y tan natural les es a los tales ser enamorados como al cielo tener estrellas, y a buen seguro que no se haya visto historia donde se halle caballero andante sin amores…

– Vivaldo: Con todo eso, me parece, si mal no me acuerdo, haber leído que don Galaor, hermano del valeroso Amadís de Gaula, nunca tuvo dama señalada a quien pudiese encomendarse, y con todo esto, no fue tenido en menos, y fue un muy valiente y famoso caballero.

– Don Quijote: Señor, una golondrina sola no hace verano.

2) También es de origen griego el proverbio que mejor expresa la idea de que todo se puede conseguir a base de constancia y tenacidad: “la gota de agua horada la piedra”. Se encuentra ya en un poeta épico griego del siglo V a.C., Quérilo de Samos, del que se ha conservado un fragmento que dice “la gota de agua horada la piedra con su insistencia” (fragmento 11 Bernabé). Bajo diversas formulaciones, el proverbio se documenta también en los grandes poetas latinos de época clásica, como Lucrecio, Tibulo, Propercio u Ovidio, quienes lo emplean cuando aconsejan a los amantes insistir en sus requerimientos amorosos si no tienen éxito en un primer intento (Tibulo, Elegías 1.4.18; Ovidio, Arte de amar 1.475-476), o aluden a la frecuencia con que los males se ceban en una persona (Ovidio, Cartas desde el Ponto 4.10.5). Precisamente la formulación que encontramos en este último pasaje, gutta cavat lapidem (“la gota horada la piedra”), se documenta muy a menudo en latín medieval y está en la base de los proverbios que encontramos en las lenguas modernas, que traducen simplemente el proverbio grecolatino (“la gota horada la piedra”, “la goutte d’eau cave la pierre”, “constant dropping wears the stone”, “stetes Tropfen höhlt den Stein”), o bien lo modifican formalmente para dotarlo de rima, como en italiano “goccia a goccia si scava anche la roccia” o en griego moderno σταλαγματιά σταλαγματιά, τρώει την πέτρα την πλατειά.

En español el proverbio se encuentra ya en la literatura medieval, y así en el Libro de buen amor (estrofa 526) el Arcipreste de Hita asegura que “muy blanda es el agua, mas dando en piedra dura / muchas vegadas dando face gran cavadura”; y algo parecido nos recuerda el Marqués de Santillana en su Soneto no 6: “el agua blanda en la piedra dura / face por curso de tiempo señal, / e la rueda rodante la ventura / trasmuda o troca del género humanal”; y en la Celestina (auto VIII) Sempronio también afirma que “una continua gotera horaca una piedra”.

3) En griego antiguo se usaba ya igualmente otro sabio proverbio, que nos exhorta a reflexionar con calma antes de decir algo de lo que luego podamos arrepentirnos, cuando no haya remedio: “palabra y piedra suelta no tienen vuelta”, que se conserva idéntico o casi idéntico en otras lenguas modernas (italiano “parola detta e sasso tirato non tornano indietro”, gallego “palabra e pedra solta non teñen volta”, portugués “palavra e pedra solta, atrás não volta”, catalán “paraula i pedra solta no tenen volta”, griego λόγο και πέτραν έριξες δε θα τα ξαναπιάσεις). Los franceses dicen algo semejante, aunque sin comparar explícitamente palabras y piedras (“parole lâchée ne revient jamais”), y lo mismo hacen los alemanes (“wenn das Wort heraus ist, ist es eines andern”). Los ingleses, por su parte, prefieren equiparar las palabras que no vuelven atrás con las flechas sin retorno (“a word spoken is an arrow let fly”), en tanto que los alemanes escogen otra comparación bastante menos elegante (“ein Wort und einen Furz kann niemand entgehen”: “una palabra y un pedo no pueden dejarse escapar”).

Este proverbio está documentado, prácticamente con la misma formulación, nada menos que desde el siglo V a.C., en un fragmento del poeta trágico Eurípides (fragmento 1044 Kannicht): “ni la dura piedra que se lanza con la mano es muy fácil de detener, ni la palabra que se lanza con la lengua”. Luego reaparece con frecuencia, en el curso de los siglos, en otros autores griegos y latinos, paganos y cristianos, hasta el final del Mundo Antiguo. A Menandro, poeta cómico griego de los siglos IV-III a.C., se atribuye la sentencia (692 Pernigotti) “cuando se ha lanzado una palabra, no se recoge de nuevo”. Hacia el año 100 p.C. Plutarco de Queronea, para convencernos de que a menudo por la boca muere el pez, asegura que “una palabra que se queda en la primera persona es verdaderamente un secreto; pero si pasa a una segunda, adquiere el estatuto de rumor. Es que ‘las palabras son aladas’, dice el poeta; pues no es fácil detener lo que se lanza con las manos y se deja volar, ni tampoco es posible atrapar y someter la palabra que previamente se ha soltado por la boca” (Sobre la locuacidad 507a); y asegura asimismo Plutarco que “nadie se ha arrepentido de haber callado, y en cambio muchísimos de haber hablado. Y lo que se ha callado es fácil decirlo luego, mientras que lo que se ha dicho es imposible recogerlo” (Sobre la educación de los hijos 14, 10f). Entre los latinos, Horacio nos recuerda que “la palabra que se suelta, no sabe retornar” (Arte poética 390) y, cuando aconseja huir de los charlatanes que no saben guardar secretos, alega que “nada más lanzarse, vuela irreparable la palabra” (Epístolas 1.18.71).

La idea proverbial pervive posteriormente en la tradición medieval y acaba llegando a las lenguas vernáculas, en las que se documenta desde el siglo XIII, por ejemplo en el poema medieval francés Roman de la Rose (XVI 747: “parole une fois volée, / ne peut plus estre rapellée”), en el poema didáctico de Schiavo di Bari Detto de lo Savio Salomone. Dottrina dello Schiavo (versos 189-196: “Et guarda, quando vieni a favellare, / ripensa nel tuo chuor che dèi chontare: / che la parola non si può stornare / quando è dicta, / che vola tosto chome la sagicta / et come pietra, quand’huomo la gicta, / e assai fiate dè maggior traficta / ch’uno serpente”), o, en español, en las Partidas de Alfonso X (2.4.1: “Todo home e mayormente el Rey se debe mucho guardar en su palabra, de manera que sea catada e pensada ante que la diga; ca después que sale de la boca, non puede home facer que non sea dicha”). Ya en el siglo XIV, los Proverbios morales de Sem Tob de Carrión recogen la misma idea (versos 2277-2284), con una formulación, por cierto, muy cercana a las que encontramos muchos siglos antes, y en griego, en Plutarco: “Lo que oy se callare / pued’ se lo cras fablar, / mas lo que oy ‘s fablare / ya no se pued’ callar; / lo dicho dicho es: / lo que dicho non has, / dezirlo has después; / si oy non, será cras”.

4) El proverbio “del árbol caído todos hacen leña” se recoge ya en la colección de sentencias atribuidas al comediógrafo griego Menandro, y en su versión latina deiecta quivis arbore ligna legit reaparece entre las máximas atribuidas a Publilio Siro (I a.C.). A partir de ahí es frecuente en latín medieval y termina siendo un proverbio extendidísimo en las lenguas modernas para aludir sobre todo al hecho de que, cuando un hombre destacado cae, aprovechan para humillarlo quienes antes no se atrevían siquiera a acercarse a él. Así, por ejemplo, en el renacimiento italiano Ariosto lamenta en su Orlando furioso (XXXVII 106, 3-4) que “com’ è in proverbio, ognun corre a far legna / all’arbore che `l vento in terra getta”; y en la España decimonónica Juan Valera (Historia y política, cap. “Sobre el concepto que hoy se forma de España”) observa con amargura que “en nosotros se cumple el refrán que dice ‘del árbol caído todos hacen leña’. No hay extranjero que presuma un poco de escritor y que venga a España por cualquier motivo, que no vaya luego escribiendo y publicando mil horrores”.

5) También hemos heredado de las lenguas clásicas muchas locuciones extendidísimas y empleadísimas en las lenguas modernas. Cada vez que el lector cante a sus hijos o nietos la canción infantil del ratoncito que asomaba el morro por un agujerito, salía de su agujero, corría por la alfombra y tenía miedo hasta de su sombra, recuerde que la expresión “tener miedo de la propia sombra” no es nueva, sino que la utilizaban ya, al menos cinco siglos antes de Cristo, los atenienses para referirse a las personas extraordinariamente miedosas, como atestigua por ejemplo Platón en su diálogo Fedón (101d); y lo mismo hicieron posteriormente los latinos, como testimonian las cartas de Cicerón (A Ático 15.20.4) o los poemas de Propercio (2.34.19).

6) Igualmente, cuando el lector diga de alguien que “tiene vista de lince” para los negocios, para conocer a las personas o para cualquier otra cosa, acuérdese de que esa expresión procede también del griego antiguo, aunque la versión moderna es una deformación medieval de la expresión griega original, que es en realidad “tener vista de Linceo”. Linceo es un personaje del mito griego, de quien se decía que tenía una vista tan aguda que incluso penetraba a través de los objetos sólidos, paredes, piedras y árboles, y eso le permitía encontrar bajo tierra oro, estaño y otros metales sin necesidad de llevar a cabo trabajosas prospecciones. La historia de Linceo y su prodigiosa capacidad visual aparece ya en un fragmento que hemos conservado de un viejo poema épico perdido, probablemente del siglo VII a.C., titulado Ciprias (fragmento 15 Bernabé). Pero la primera vez que tenemos documentada la locución “tener vista de Linceo” en los textos griegos y latinos antiguos es en los versos 208-210 de la comedia de Aristófanes Pluto (“Dinero”), representada en 388 a.C.; en esos versos Crémilo, el protagonista de la obra, dice lo siguiente al dios Pluto, que es ciego y por ello la riqueza se reparte injustamente entre los hombres: “No te preocupes de nada. Tan pronto como estés tú dispuesto a poner manos a la obra, te haré ver con más agudeza que Linceo”.

“Tener vista de Linceo” reaparece luego en un buen número de textos griegos y latinos antiguos. Posteriormente, en la Edad Media latina el viejo Linceo fue cayendo en el olvido y siendo progresivamente sustituido por el lince, por la similitud del nombre y no porque este animal tenga una vista especialmente aguda, al menos más aguda que otros felinos. De hecho, diversos textos antiguos describen al lince, incluso con cierto pormenor (Aristóteles, Historia de los animales II 499b24, II 500b15, V 539b23; Eliano, Historia de los animales 14.6; Opiano de Apamea Cinegético 3.86 ss.), y únicamente uno de ellos le atribuye una vista excepcional; se trata de un pasaje de la Historia Natural de Plinio (XXVIII 32, 121), donde leemos: “animales exóticos son también los linces, que de todos los cuadrúpedos son los que tienen la vista más aguda”. Pero las cosas cambian en la Edad Media latina: cuando en el siglo XIII Alberto Magno habla del lince en su tratado Sobre los animales (23.113), su primer comentario es que posee una vista tan penetrante que, según cuentan los poetas, es capaz de atravesar los objetos sólidos, asignándole, pues, las hazañas visuales que la tradición antigua atribuye a Linceo; y otro pasaje de la misma obra (21.4) confirma que el lince se ha convertido ya en el prototipo de la capacidad visual, sustituyendo a Linceo: “sabemos que el lince ve mejor que el hombre, y que a su vez los buitres tienen mejor olfato, y de modo semejante también los perros, y ciertos animales poseen mucho mejor oído”.

A pesar de que Erasmo recoge en sus Adagia la locución “tener mejor vista que Linceo” (Lynceo perspicacior) y le dedica un espléndido comentario, en el que cita textos antiguos que demuestran que en el dicho original la vista prodigiosa la tenía Linceo y no un lince, en las lenguas modernas se ha terminado imponiendo la variante medieval con el animal, que es la que usamos todavía hoy en muchas lenguas. Así, en la “novela ejemplar” de Cervantes La señora Cornelia, el boloñés Lorenzo Bentibolli se lamenta de que el Duque de Ferrara haya conseguido burlar sus desvelos por proteger a su hermana Cornelia, y dice así: “Finalmente, por acortar, por no cansaros, éste que pudiera ser cuento largo, digo que el duque de Ferrara, Alfonso de Este, con ojos de lince venció a los de Argos, derribó y triunfó de mi industria venciendo a mi hermana, y anoche me la llevó y sacó de casa de una parienta nuestra, y aun dicen que recién parida”. No obstante, las explicaciones de Erasmo no dejaron de tener eco, y cinco años después de la publicación de las Novelas ejemplares cervantinas en 1613, el escudero Marcos de Obregón en la novela homónima de Vicente Espinel (Vida del escudero Marcos de Obregón, relación segunda, descanso séptimo), afirma lo siguiente hablando de las hazañas visuales de un célebre vigía español del Estrecho de Gibraltar: “y yo creo que por mucho que se encarezcan las cosas que hizo con la vista Lince (que fue hombre y no animal, como algunos piensan), no sobrepujaron a las de Martín López”.

7) En cambio, la expresión “risa sardónica” se ha mantenido inalterable desde la Antigüedad clásica hasta nuestros días, aunque tal vez tampoco fuera ésa su forma original. Para designar una risa que no responde a un motivo alegre y que puede expresar una variada gama de sentimientos e intenciones (malicia, amargura, ironía, sarcasmo, etc.), los antiguos griegos acuñaron la expresión “risa sardónica” (quizá en origen “risa sardánica”, como veremos), que luego adoptaron los latinos y que todavía hoy seguimos utilizando nosotros en muchísimas lenguas, más o menos en el mismo sentido.

La expresión es muy antigua, tan antigua que se encuentra ya en las primeras obras literarias europeas: los poemas de Homero (VIII a.C.). Efectivamente, en el canto 20 de la Odisea Ulises, tras veinte años de ausencia, se encuentra de vuelta en su palacio de Ítaca, pero aún no se ha dado a conocer. Disfrazado de mendigo, soporta las burlas y las afrentas de los pretendientes de su mujer Penélope, esperando el momento propicio para revelar su verdadera identidad y consumar su venganza. Su hijo y cómplice Telémaco ofrece asiento y comida al fingido mendigo, en cumplimiento de las leyes sagradas de la hospitalidad. En cambio, los malvados pretendientes hacen burla de esas leyes y uno de ellos, Ctesipo, toma la palabra y afirma burlonamente que él también quiere dar de comer al mendigo; dice así el poeta (vv.299-302): “Así dijo, y arrojó una pierna de buey con su gruesa mano, cogiéndola de una cesta donde se encontraba. Pero la esquivó Ulises agachando un poco la cabeza, y sonrió para sí, con sonrisa muy sardónica; y la pierna golpeó el bien construido muro”.

En mi opinión, esa “risa sardónica” de Ulises, más que amargura por el trato que está recibiendo, lo que expresa es la malicia o el sarcasmo de quien espera hacer pagar sus fechorías a unos enemigos que en esos momentos ignoran por completo lo cerca que están de una muerte violenta (como diciendo “vosotros reíros ahora, que ya veréis lo que os espera, vais a ver quién ríe el último y ríe mejor”). La locución “risa sardónica” se documenta posteriormente con cierta frecuencia en los textos griegos y latinos antiguos, designando una sonrisa, una risa e incluso una carcajada (Platón, República I 337a) irónica, sarcástica y hasta amenazante (por ejemplo: Luciano de Samosata, Zeus trágico 16 y Lucio o El asno 24; Cicerón, Cartas a allegados 7.25.1).

Los eruditos antiguos ya se preguntaron por qué la risa fingida se llamaba “sardónica” y ofrecieron diversas explicaciones, la mayoría de las cuales relacionaban el adjetivo con la isla de Cerdeña (cuyo nombre en griego es Sardó). En efecto, los antiguos griegos y romanos entendían generalmente la expresión “risa sardónica” en el sentido de “risa de Cerdeña”, y en consecuencia elaboraron diversas explicaciones para relacionar el origen de la expresión con la isla de Cerdeña.

Una de esas explicaciones pretendía hacer remontar el origen de la expresión a una peculiar planta que crecía en Cerdeña, la cual causaba la muerte al que la probaba, y esa muerte se producía entre espasmos que dejaban en el rostro del muerto una mueca que asemejaba una risa o sonrisa. Así, el viajero del siglo II p.C. Pausanias comenta en su Descripción de Grecia (10.17.13) que “con excepción de una planta, la isla está limpia de venenos. Esta hierba mortal es parecida al apio, y dicen que los que la comen mueren riendo. Ésta es la razón por la que Homero y los que vinieron después llaman a la risa que es muy insana ‘risa sardónica’. La hierba crece sobre todo alrededor de las fuentes, pero el veneno no pasa al agua”. Comentarios semejantes encontramos en muchas obras griegas y latinas de diversas épocas, como la Historia Natural de Plinio en el siglo I (XX 45, 116), la Recopilación de hechos memorables de Solino en el siglo IV (4.4) o la Guerra Gótica de Procopio de Cesarea en el siglo VI (4.24.38), así como en escritos eruditos (escolios a República de Platón 337a; colecciones de proverbios Zenobius Athous 1.68 y Zenobius Vulgatus 5.85).

Otros ponían en relación la “risa sardónica” con la presencia de los fenicios en la isla de Cerdeña y sus (en opinión de los griegos) bárbaras costumbres. Según esta explicación, la expresión “risa de Cerdeña” se habría creado a partir de rituales practicados por los cartagineses de Cerdeña, que incluirían la muerte bien de ancianos bien de niños. Así, la colección de proverbios llamada Zenobius Vulgatus (5.85) explica el origen de la locución diciendo que “los que habitaban Cerdeña, que eran colonos de los cartagineses, ofrecían en sacrificio a su Crono, mientras se reían y abrazaban los unos a los otros, a los que habían superado los 70 años. Porque consideraban vergonzoso llorar y entonar lamentos fúnebres. Por eso se llamó ‘sardónica’ a la risa fingida”. Esa misma fuente y los escolios a la Odisea (20.302) ofrecen la explicación alternativa de que quienes reían fingidamente no eran los matadores, sino los matados: los hijos colocan en pie a sus padres ante los hoyos en los que van a ser arrojados, los golpean con palos y los tiran abajo, y a los ancianos “mientras son sacrificados, les parece que es vergonzoso y cobarde llorar y que, en cambio, abrazarse y reír es cosa viril y hermosa”.

En fin, otras fuentes eruditas (la colección de proverbios Zenobius Athous 1.68, el léxico llamado Suda y el lexicógrafo Focio, los escolios a la República de Platón) atribuyen el origen de la expresión “risa sardónica” a otra supuesta práctica ritual de los fenicios de Cerdeña que incluía sacrificios humanos, aunque en este caso los sacrificados no serían ancianos septuagenarios, sino criaturas recién nacidas que eran sacrificadas al dios fenicio Moloch, identificado con el Crono griego; los escolios a Platón, República 337a, dicen así: “Clitarco afirma que los fenicios, y especialmente los cartagineses, rindiendo honores a Crono, cada vez que tienen interés en obtener algo importante, en sus plegarias prometen que, si tienen éxito en lo que ansían, consagrarán al dios a uno de sus hijos. Y, dado que el Crono de bronce al que rinden culto está en pie con las manos extendidas hacia arriba, encima de un horno de bronce, éste hace arder al niño, y cuando la llama se precipita sobre el cuerpo del yaciente, sus miembros se contraen y el cuerpo parece hacer una mueca que recuerda a quienes se ríen, hasta que, encogido, se desliza dentro del horno”. Nuestra fuente atribuye la información a Clitarco, historiador griego de finales del siglo IV a.C., un autor demasiado inclinado hacia lo fantástico, lo escabroso y lo truculento, al que por ello Cicerón (Bruto 11.42) considera más un novelista que un historiador digno de confianza.

Es posible que la obra de Clitarco fuera el inicio de esta truculenta tradición que ligaba la risa sardónica a esos supuestos sacrificios de niños, una tradición que reaparece en otros textos griegos y de la que se hicieron eco con mucho gusto los romanos (ya que dejaba en muy mal lugar a sus acérrimos enemigos los cartagineses) y que ha tenido un larguísimo éxito hasta llegar a nuestros días. Los cartagineses presentados como bárbaros que queman niños en la imagen-horno del salvaje dios Moloch se encuentra, por citar únicamente unos cuantos mojones de un largo camino, en la Inglaterra del XVII en el Paraíso perdido de John Milton (I 392-396: “First Moloch, horrid king besmear’d with blood / of human sacrifice, and parents tears, / though, for the noyse of drumbs and timbrels loud, / their children’s cries unheard that passed through fire / to his grim idol”); en la Francia decimonónica en la novela de Gustave Flaubert Salambó; en la novela Cartago en llamas de Emilio Salgari, publicada en 1908; en la película Cabiria, dirigida en 1914 por Giovanni Pastrone, sobre un guión de D’Annunzio, Salgari y el propio Pastrone; o en uno de los textos emblemáticos de la generación beat, el poema Howl, de Allen Ginsberg, donde volvemos a encontrar a Moloch exigiendo víctimas humanas, esta vez como símbolo de la voracidad destructiva del capitalismo y la sociedad industrial.

Cartel anunciador de la película Cabiria (1914), de Giovanni Pastrone

Pero, ¿verdaderamente nuestra expresión “risa sardónica” tiene su origen en las “bárbaras” costumbres de los fenicios de Cerdeña o en una planta que crecía en la isla, mortífera y traicionera (porque dicen nuestras fuentes que era muy semejante al apio, comestible y frecuentemente empleado en la cocina antigua). Difícilmente. En primer lugar, no se explica bien por qué habrían sido precisamente los fenicios de Cerdeña y no los de la propia Fenicia o los de Cartago los que habrían dado origen a la expresión. Y además los griegos entraron en contacto con los fenicios de Cerdeña en el siglo VI a.C. y la expresión “risa sardónica” se documenta ya en la Odisea, cuya composición podemos situar (simplificando enormemente un tema tan complejo) en una época en la que probablemente los fenicios no habrían iniciado siquiera la colonización de Cerdeña. Es posible, pues, que la “risa sardónica” tuviera otro origen, también apuntado por los eruditos antiguos: el adjetivo, que en origen sería “sardánico” y no “sardónico”, estaría relacionado con un verbo (saíro) que significa “enseñar los dientes, hacer una mueca enseñando los dientes”, de manera que “risa sardánica” describiría una risa en la que se muestran manifiestamente los dientes. En un momento determinado que no podemos precisar, como “sardánico” era palabra muy rara, habría sido substituida por un adjetivo muy parecido fonéticamente y mucho más frecuente, “sardónico” (“de Cerdeña”), de modo semejante a como la locución “vista de Linceo” ha sido sustituida en las lenguas modernas por “vista de lince”, porque “Linceo” es nombre que no suena a casi nadie y en cambio el lince nos suena a todos. Y una vez establecida una falsa relación etimológica entre la expresión “risa sardónica” y la isla de Cerdeña, se fueron ideando explicaciones sobre por qué la isla de Cerdeña dio su nombre a la risa fingida, recurriéndose, como hemos visto, a la botánica y al ritual religioso.

8) Podríamos citar, en fin, otros muchos ejemplos de proverbios, locuciones y sentencias procedentes de la Antigüedad grecolatina que aún continúan vivos, y muy vivos, en las lenguas modernas. Por limitarnos, a modo de ejemplos ilustrativos, a algunos que utiliza Cervantes en sus obras, “la ocasión la pintan calva” se encuentra ya en el poeta griego Posidipo de Pela, del siglo III a.C.; “quien da primero da dos veces” tiene su origen en una máxima que se recoge en la colección de sabios pensamientos atribuidos a Publilio Siro, del siglo I a.C., y que completa es inopi beneficium bis dat qui cito dat (“al pobre da dos veces quien da pronto”); “dar coces contra el aguijón” se cita ya en los poetas griegos del siglo V a.C. Píndaro (Píticas 2.94) y Esquilo (Agamenón 1624); “parecerse como un huevo a otro huevo” se dice ya en las Cuestiones académicas de Cicerón y en el poema satírico de Séneca Apocolocintosis 11; “por la uña (se conoce) al león” se documenta en el dramaturgo siciliano del siglo V a.C. Sofrón y otros autores griegos; las recopilaciones antiguas de proverbios griegos que hemos conservado, las colecciones de fábulas y los textos literarios muestran que ya los antiguos griegos y romanos decían “encomendar las ovejas al lobo” para referirse a una actuación imprudente y absurda que pone en peligro a una persona o a una comunidad; “a buen entendedor pocas palabras bastan” es la adaptación al español del dicho latino intelligenti pauca; “la suerte está echada” es la traducción del latín alea iacta est, que a su vez es traducción del griego ἀνερρίφθω κύβος (“sea lanzado el dado”): solemos utilizar la expresión para referirnos a una decisión arriesgada que tomamos y para la que no hay vuelta atrás, y, como es bien sabido, se popularizó gracias a Julio César, que lo dijo cuando en Enero de 49 a.C. atravesó el río Rubicón sin haber licenciado a sus soldados, como establecía la ley, dando así lugar al inicio de la guerra civil que lo enfrentaría al bando de Pompeyo. Y a esta serie podemos añadir igualmente los numerosísimos proverbios y sentencias de origen bíblico, que en definitiva tienen también sus raíces en la Antigüedad grecolatina; basta recordar “por sus frutos los conoceréis”, “clamar en el desierto”, “guardaos de los falsos profetas”, “muchos son los llamados y pocos los elegidos”, “unos siembran y otros recogen” y un larguísimo etcétera.

Seguirle la pista a estos antiguos proverbios, sentencias y locuciones nos permite recorrer las distintas influencias y etapas que han ido conformando nuestra tradición lingüística y cultural. Y en ese viaje debemos contar siempre, como Dante contaba con Virgilio para su descenso al mundo de los muertos, con la guía indispensable de los Adagia de Erasmo, que siguen siendo, 500 años después de su publicación, la primera obra que debemos consultar quienes queremos saber algo sobre los proverbios griegos y latinos antiguos.

 

  Fernando García Romero

Universidad Complutense de Madrid


 

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