La exposición ‘Creadores de conciencia’ de visita en Málaga

 

Reclaman su hueco en el día a día esos pequeños y grandes motivos que empujan a caminar largo o a esperar con paciencia el momento en el que, por fin, pueden entrar a formar parte de nuestra personalidad. Para bien o para mal, si ese algo que buscamos llega, termina por sublimar su esencia y dejar una huella de largo recorrido. Eso es lo que me ocurrió con esta exposición Creadores de conciencia, que llamaba una y otra vez a mi mente mientras la impotencia del confinamiento municipal la mantenía alejada de mí.

Organizada por la aseguradora DKV con la colaboración del Ayuntamiento de Málaga, Creadores de conciencia recogió en las salas del Archivo Municipal y la Sociedad Económica de Amigos del País el trabajo de 40 fotógrafos, fotorreporteros de la actualidad, capaces de “añadir luz a la oscuridad y dar voz a los que no la tienen”, según explicaba en su presentación Chema Conesa, comisario de la exposición.

 

El papel de la fotografía es esencial en la sociedad, y tan innovador ahora como lo fue al comienzo, hace casi dos siglos (Nicéphore Niepce hizo la primera “fotografía” en 1829). Cualquier toma fotográfica es siempre un testimonio, pero para hacer el tipo de fotografía que recoge esta exposición es necesario acercarse a la realidad con una fuerza y un compromiso muy especiales. “El embellecimiento es una clásica operación de la cámara y tiende a depurar la respuesta moral ante lo mostrado. (…) Para que las fotografías denuncien, y acaso alteren, una conducta, han de conmocionar”, reflexionó Susan Sontag en Ante el dolor de los demás (Alfaguara, 2003), un libro con la fotografía de guerra como tema.

En una gran mayoría de los casos la primera gran barrera que debe sortear este tipo de fotógrafos es el riesgo; muchos de ellos se juegan la vida por un puñado de imágenes que testimonian la absoluta locura de los bandos enfrentados. Creo que para otros la dificultad está en seguir alimentando la creencia en el ser humano y perseverar en un acercamiento compasivo, que permita denunciar ante el mundo las condiciones infrahumanas en las que millones de personas tratan de sobrevivir. Pero esos dos tipos de acercamientos, aun siendo los más frecuentes, no son los únicos. A veces, estos contadores de historias asumen su papel con una narrativa visual serpenteante y subliman la esencia de lo que tocan, para hacerla sobresalir única y pericial. Sea cual sea la razón, es como si, efectivamente, un filtro mágico reclamara a través de sus instantáneas el despertar de la conciencia y la toma de postura.

Fotografías de Manu Bravo: Irak, abril de 2016 (arriba); Donetsk, Ucrania, enero de 2015 (izquierda y derecha)

 

Fotografías de Antonio González Caro: Conil de la Frontera, Cádiz, mayo (arriba) y julio de 2013.

Al caminar, con el corazón puesto en la mirada, frente a las imágenes de la exposición era inevitable recordar lo que decía Robert Capa: “Si tus fotos no son suficientemente buenas es que no estás suficientemente cerca”. Por eso las que encontré eran tan buenas, tan explícitas, y tan reconocidos sus autores. La multiplicidad de premios que reúnen todos estos fotógrafos imposibilita destacar a alguno en especial. Con diferentes enfoques, desde el fotoperiodismo hasta al reportaje, los trabajos de todos encuentran sitio con asiduidad en los grandes medios internacionales. No en vano entre ellos había dos premios Pulitzer (Manu Bravo y Javier Bauluz), varios y en distintos años World Press Photo (Ricky Davila, Samuel Aranda, Enric Folgosa y Fernando Moleres), un Premio Nacional de Fotografía (Gervasio Sánchez) y la mayoría repiten con premios como el Ortega y Gasset, Pictures of the Year, Fotopress, Fotografía Humanitaria, Fotoperiodismo y un largo etcétera de galardones nacionales e internacionales.

Fotografías de Samuel Aranda: Lesbos, Grecia (arriba); Saná, Yemen, octubre de 2011 (abajo izquierda); Girona, España, agosto de 2012 (abajo derecha)

Para la cámara de estos auténticos aventureros, capaces de percibir el rico significado emocional de la realidad física de su entorno, no hay fronteras ni lugares insignificantes. La exposición “conforma un mapa de hechos que resultan a la postre un retrato veraz de los dilemas a los que se enfrenta la comunidad mundial en el presente y en el futuro”, explicaba su comisario. Los escenarios internacionales que presentaban eran múltiples y plenamente reconocibles: Siria, Grecia, Yemen, R.D. del Congo, Nigeria, Ucrania, Irak, Pakistán, etcétera, pero también España, con sus costumbres y sus crisis, era (y sigue siéndolo) motivo buscado por estos autores de auténtico instinto persecutorio.

Fotografías de Ricky Dávila: Gran Sol, Irlanda, 1994 (arriba); Playas de Benidorm, Benidorm, Alicante (1995) y Herederos de Chernobil, Hospital de Tarará, Cuba, 1992 (abajo derecha)

La fotografía no inventa, simplemente recoge la realidad que llega al sensor; que esa realidad trascienda más allá de la apariencia depende y mucho de la técnica, pero antes que nada es fruto de la decisión sobre lo apropiado del lugar y el momento. “Fotografiar es encuadrar, y encuadrar es excluir”, escribió Susan Sontag en el libro ya citado, el segundo de sus ensayos sobre el tema (el primero fue Sobre la fotografía, publicado en 1977). Ninguna de las fotografías de Creadores de conciencia parte de un lugar cómodo desde el que el fotógrafo pueda otear su entorno y al tiempo estar a salvo de él. Para ellos nunca ocurre así. Inevitablemente, deben llegar a formar parte de esa realidad que quieren recoger. Importa poco si ésta está geográficamente lejana, se mueve entre una nube de proyectiles de distinto calibre o implica mostrar su intención a pesar del riesgo de desvirtuar el objetivo de las tomas. Es la única forma de entender su significado y de elegir a los protagonistas que mejor cuentan la historia, que ellos llevan ya definida en la mirada, esa historia que de tiempo en tiempo termina por llegar al mundo y convertirse en agradecido crisol para algunas conciencias.

Resulta imposible escribir estas líneas y que la noticia de los recientes asesinatos de los periodistas David Beriain y Roberto Fraile no ronde por la cabeza. Ellos y el irlandés Rory Young, presidente de la ONG Wildlife, que también murió en el ataque al convoy, pretendían rodar un documental sobre la caza furtiva en Burkina Faso, es decir, explicarnos lo que sin su testimonio sería imposible conocer. Multipremiados por trabajos previos, a ambos periodistas les importaba tanto lo que ocurría alrededor que se dejaron la vida en el intento de dejar constancia de ello. Nos queda su estilo y su buen hacer como firma indeleble.

Si tienen la suerte de encontrarse en algún lugar con estos Creadores de conciencia, no lo duden, pasen y vean.

 

 

Mª Ángeles Jiménez
Farmacéutica y miembro de la SEMA


 

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