‘La casa del enterrador y otros cuentos hispánicos’

 

Giorgio Silfer, ‘La casa del enterrador y otros cuentos hispánicos’, Cuernavaca, México, CL Editorial Praxis, S.A., 2020, 78 págs. ISBN: 978-607-420-272-4

La portada, sobre fondo sepia, está ocupada por la imagen (no especificada) de una casa colonial de tres plantas, obra del prestigioso fotógrafo y diseñador mexicano Carlos Adampol Galindo (México, 1976), muy sugerente y adecuada al título del primer cuento del total de seis que componen el conjunto, a los que siguen dos canciones de Mor Karbasi en verso, tituladas Volveremos y Arvoles, en español y ladino respectivamente. El índice, sito en la página 77 –última impresa–, completa la estructura de la obra. La contraportada, sobre la imagen reducida de la portada, incluye un juicio crítico-literario. Dos solapas sirven de soporte a sendas sinopsis, biográfica y bibliográfica respectivamente. Las guardas, primorosamente impresas por ambas caras, llevan en forma de espiral centrífuga el nombre del autor y el título de la obra. En el haz de la contraguarda se da noticia de que el cuidado de la edición estuvo a cargo de Carlos López.

El cuento es, sin duda, el género literario más extendido y aceptado por todas las civilizaciones. El origen de su tradición oral forma parte del arcano de la humanidad y es, por tanto, muy anterior a su tradición escrita. Nada extraño sería que fuera igualmente el último género literario en desaparecer. Del cuento importa no sólo su riquísima temática y su no menor diversidad de objetivos, sino quién, dónde, cómo y cuándo lo cuenta. El cuento es un modo arquetípico de la conciencia humana, de ahí su inmenso valor simbólico. En la mente del lector aparecen siempre detalles que duermen en su inconsciente y que no están explícitos en el cuento que tiene entre manos. Es un añadido a tener en cuenta en el valor literario de un cuento: no sólo lo que dice sino lo que es capaz de sugerir (<sub-gerere, sacar del fondo). En resumen, más que su lógica, lo que define esencialmente el cuento es su magia para atrapar al lector hasta su desenlace, nunca esperado ni deseado.

Publicaciones del autor

En La casa del enterrador, primero de los cuentos de esta colección, Giorgio Silfer afronta de entrada el tema de la muerte –misterio y miedo– a través de la curiosidad que suscita en unos niños aventajados la casa del enterrador, próxima a un cementerio rural. El candor de los pequeños inquieta al lector más que su osadía. En paralelo, un segundo tema: el amor erótico infantil. El entorno de Málaga es el marco geográfico que los acoge. Resaltamos una de las muchas originalidades literarias: “–¿Por qué el cielo está más tranquilo que el mar? –Quizás el cielo lo ve todo y conoce todos los secretos. El mar los esconde. Por eso el cielo se queda tranquilo y el mar, no. Sin embargo, el cielo no está siempre indiferente. A veces se enoja, y se enoja mucho, más que el mar…” (p. 9). Mediante esta técnica de la imagen simbólica el autor aprovecha sagazmente la descripción del marco (el cielo: el más allá; el mar: el más acá) para trasladar al lector la más inquietante incógnita: el temor al castigo que ha de propinarle el cielo, conocedor de todos los secretos, y la esperanza de que el mar pueda ocultarlos, a pesar de que su mala digestión haga que se le revuelvan las tripas. Dicha tensión entre las fuerzas superiores se empareja con la existente entre el padre del niño protagonista –duro hasta provocarle el deseo de fugarse de casa– y la amabilidad del tío Melquíades –cuya forma de hablar le gusta, “porque todo parece un cuento de hadas” (íbid). La tercera fuerza motriz del hilo dramático de este primer cuento se halla en las permanentes preguntas, empezando por la que sirve de clave: “¿Por qué la casa del enterrador está vacía?” (íbid.) Lo demás, debe descubrirlo el lector. Sólo añadiré un dato y una técnica literaria más: el narrador de la historia es el niño protagonista, cuyo nombre es una incógnita. En primera persona nos guía en este cuento filosófico envuelto en celofán de voces infantiles. G. Silfer aprovecha con habilidad la técnica cinematográfica del “fundido en negro” (***) para cambiar de escenario en el relato.

En el “Diario de dos días” –segundo de los cuentos–, cuento de amor erótico, usa el pretexto del diario para narrar un amor fugaz y no exento de morbo. En este caso el marco geográfico principal es Cataluña y en él encontramos hallazgos como que “los cuerpos se hacen mensajeros del espíritu” (p. 34), “Cómo hacerse murciélago, para ser pájaro sin dejar de ser ratón” (p. 43) o “Qué bien encontrar la misma mierda en todos los idiomas” (p. 44). Además de preciosos versos en ladino insertados oportunamente acá y allá: “Luvia izo i se moxo la kaye i el kortixo. / Anda dizidle al mi amor ke es de los oxos mios” (p. 38).

“Frinemórfosis”, cuento al modo kafkiano, situado en Londres, con personajes enigmáticos de cuyos nombres sólo sabemos la inicial, y en medio, la ‘cuestión judía’. El título –cultismo sobre ‘metamorfosis’ (del griego metamórfosis)– significa ‘transformación en sapo’. Así, “Z. tenía ganas de saber qué veía la mujer amada en él. ¿Acaso un grillo grande, semejante a una cucaracha asiática? ¿O quizás un sapo…” (p. 50). Hay frases que brotan frescas, como “Mire, los judíos húngaros son como los húngaros: se comen unos a otros” (íbid.); o como “Al fin, somos lo que los otros ven en nosotros” (p. 53). De ahí la cuestión clave filosófica del cuento: “Y si la mujer que tú quieres ve en ti sólo el mal…” (íbid).

Detalle del interior del libro

“La joven que temía a los caballos” es un cuento que empieza con la tradicional fórmula universal: “había una vez…” y acaba en una extraña relación amorosa inconclusa. Lenguaje marino (boyar, bolichear…) en un entorno de equitación, mezclado con términos ornitológicos en boca de mujer (gorjear, cloquear…) y otros desconocidos –por demasiado específicos (caballos lipizzanos) o por tratarse de experimentos sociales fracasados (familisterio)–, conducen al lector a una extraña sensación de historia onírica.

“El pueblo de las hormigas” completa la colección de cuentos. Nos sitúa en la Grecia clásica –el país de los mirmidones–, pero en nuestra era, con coches y camiones, términos persas (‘parasanga’, legua europea) y paramilitares (vivaquear). Ambiente de huida y pueblos desconcertados que no se entienden entre sí: “Busqué en los ojos mi patria, mejor dicho, la dirección hacia mi patria; pero no la hallé” (p. 64). Es el pueblo que, como hormigas errantes tras la destrucción de su hormiguero, busca un nuevo hogar donde asentarse. Cada frase es un enigma y un axioma. Es un cuento muy real en nuestros días. Es el cuento de nunca acabar.

“Cuatro generaciones de idioma materno; mejor dicho, paterno” se intercala entre los susodichos cuentos y las dos canciones –ya referidas– que cierran el libro y el compendio. Cuatro generaciones hablantes de esperanto en ciudad de México. “Este artículo no es una ficción”, avisa el autor al final. Es todo un homenaje.

Enternecedoras son las dos canciones finales, obra de Mor Karbasi, cuyo texto –a decir del propio G. Silfer– inspiró la obra que reseñamos. La primera, “Volveremos”, empieza así: Sueño con tus manos que acarician / como el tintineo de tu risa, / al parpadeo del alba / cálidas vistas se nos revelan, / como una alfombra dorada / ante nosotros se tiende la senda… La segunda, “Arvoles”, en ladino, de este modo: Arvoles yoran por luvias / i montanyas por aires. / Ansi yoran los mis oxos / por ti, kerida amante. / Torno i digo ke va ser de mi: / en tierras axenas yo me veo morir?

El autor de estos cuentos hispánicos es deudor del español de México y le rinde tributo con términos como ‘apenas’ (recién), ‘aquincense’ (quinceañera), ‘concusión’ (prevaricación), ‘disimilares’ (diferentes), ‘hesitar’ (dudar), ‘en su turno’ (a su vez), ‘migale’ (araña), ‘minimal’ (diminuta), ‘portal’ (portada, fachada), ‘rato’ (mucho tiempo) y otras.

 

 

  Quintín Calle Carabias

Doctor en Filología Moderna, profesor titular de la UMA y Presidente de la SEMA


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