‘Mujeres y poder’, de Mary Beard

 

Mujeres y poder. Un Manifiesto.
Mary Beard.
Ed. Crítica. 2018. 111 pág.

El jurado que concedió el Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales en 2016 a Mary Beard destacó en el escrito de concesión su capacidad para “integrar el legado del mundo clásico en nuestra experiencia del presente”, reconociendo así “a las Humanidades como fuente inspiradora de la reflexión social y política contemporánea”. Mujeres y Poder es una plasmación tangible y muy amena de esa admirable capacidad.

Puede parecer que a Mary Beard, catedrática de Clásicas del Newnham College, Cambridge, le resulta fácil escribir sobre la situación de las mujeres en el mundo romano. Pero hay mucho más en su obra. Profunda conocedora de la época, fecunda escritora y excelente divulgadora en distintos medios de comunicación, a sus conocimientos históricos y su habilidad para interactuar con la audiencia se une el acierto de describir, analizar y contrastar la situación de las mujeres en relación con el poder en el mundo antiguo con el de la sociedad actual.

En Mujeres y Poder, que lleva el significativo subtitulado de Un manifiesto, se recogen, con ligeras actualizaciones a la fecha de publicación, dos conferencias pronunciadas por la autora en 2014 y en 2017, acerca de las ideas de ‘poder’ que tanto excluyen a las mujeres. En estas dos exposiciones Mary Beard analiza los cimientos de la misoginia y reflexiona sobre las dificultades que las mujeres han encontrado siempre para que sus voces encuentren el eco público que merecen, los motivos culturales de las problemáticas relaciones con el poder y el liderazgo, especialmente desde la vertiente de la política, e incorpora ejemplos de aquellas que no han seguido o no siguen el patrón asignado al género femenino en la historia.

 

La voz pública de las mujeres

Dedica Beard la primera parte del libro al examen de la voz pública, y en su análisis incluye discursos, debates y comentarios. Y es que el intento de participación en público de las mujeres viene de lejos, y también la tradición literaria occidental que recoge las órdenes masculinas de callarlas en un foro público. Homero, en su Odisea, hace casi tres mil años, ya hizo que Telémaco mandara a Penélope, su madre, a ocuparse de las labores propias dejando para él el gobierno de la casa. Tres mil años ya y la intención sigue subsistiendo.

La autora trae a la luz otros ejemplos que demuestran el nulo papel público y la consideración que tenían de la mujer en el mundo antiguo, una sociedad protagonizada y dominada íntegramente por los hombres. Si Aristófanes describe como una hilarante “fantasía” la posibilidad de que las mujeres pudieran hacerse cargo del gobierno del Estado, no se queda atrás Ovidio y su Metamorfosis.

Describe la autora cómo el discurso público y la oratoria, auténticos hilos conductores y de influencia en el papel público de los personajes, definían la masculinidad como género por lo que eran prácticas a las que las mujeres no podían tener acceso. Aun especificando que la época actual se ha nutrido de múltiples influencias, ahonda en la idea de que las técnicas de retórica y persuasión modernas, con Aristóteles y Cicerón como baluartes y que se afianzan en el Renacimiento, tienen sus raíces en el mundo antiguo siendo las tradiciones clásicas las que han aportado el patrón de pensamiento que nos permite decidir sobre la calidad del resultado. Y ahí el género juega un papel fundamental.

Afortunadamente, y a pesar de múltiples ejemplos y el largo devenir histórico, no parece fácil acallar la voz de las mujeres. No deja de apuntar la autora que el propio Ovidio advierte de que la comunicación trasciende de la voz y que “algunos teóricos de la retórica de la Antigüedad reconocían que las mejores técnicas masculinas de persuasión oratoria se acercaban peligrosamente a las técnicas (tal y como ellos las veían) de seducción femenina”, y eso les preocupaba.

En el intento de eliminar a las mujeres del discurso público las excusas utilizadas han sido y son de lo más variado. Hay cuestiones de simple pertenencia al género, otras se basan en las características de la voz,… y, claro está, la supuesta ignorancia femenina. Incluso en épocas recientes, muchas de las mujeres que expresan su voz en público siguen siendo tratadas como seres andróginos. Solo, y como excepción más o menos aceptada, se les permite apoyar los intereses propios del género o expresarse como víctimas. En esos tipos se encuadran, por ejemplo, el discurso de la ex esclava, abolicionista y defensora norteamericana de los derechos de las mujeres Sojourner Truth, “¿Acaso no soy una mujer?”, en 1851, y el de Hillary Clinton de 1995, en la Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre la Mujer, en Pekín, incluido entre los cien mejores de la historia.

En pleno siglo XXI, lo que ocurre en la Red, es decir, Internet y especialmente determinadas redes sociales, es un reflejo explícito de las marginaciones que sufre la voz pública de la mujer y las respuestas agresivas que recibe sin más motivo que el género. Las amenazas e insultos que reciben las mujeres en este medio se corresponden con los viejos patrones, y ni siquiera importa qué se dice sino que el mismo hecho de decir algo es razón más que suficiente para mandarlas callar. Mary Beard lo conoce bien por sufrirlo en carne propia. Señala ella que, específicamente, esa conducta es, en definitiva, una manera “despiadada y agresiva de mantener a las mujeres fuera del ámbito del discurso masculino” y que para profundizar es necesario analizar las fracturas en el discurso masculino ya que hay unas “arraigadas convicciones de género en lo relativo al discurso público, el mythos masculino y el silencio femenino”.

Pero no basta un buen diagnóstico para que las cosas cambien. Al preguntarse qué hacer, la propia Beard reconoce “¡Ojalá lo supiera!”, aunque finalmente argumenta a favor de traer a la luz nuestra realidad: cómo hablamos en público, cuál y por qué hay voces más adecuadas, lo que podría ser el sustrato de una cierta sensibilización acerca de lo que entendemos como “voz de autoridad” y cómo hemos llegado a crearla.

 

Mujeres en el ejercicio del poder

La segunda parte del libro, el segundo de sus discursos, se centra en la situación de las mujeres cerca o en “el poder” y el liderazgo. A partir de Dellas. Un mundo femenino, la fantasía de un mundo de mujeres, escrita en 1915 por Charlotte Perkins Gilman, arranca Mary Beard la búsqueda de las claves de la relación de las mujeres con el poder, el sustrato cultural que alimenta la misoginia y el cómo y el porqué de la exclusión femenina. Para ello, como en su discurso anterior, vuelve a los orígenes.

Encuadradas en una época donde las mujeres no tenían derechos políticos ni independencia económica o social, a la mayoría de los personajes femeninos que pueblan los relatos y mitos griegos quedan retratados como auténticos bichos raros. Se las tilda de auténticas usurpadoras del poder y causantes seguras de desastres al ejercer la autoridad, certeza que justifica la “obligación” de los hombres a actuar contra ellas. Beard recoge como ejemplos a Clitemnestra, en el Agamenon de Esquilo, que ilustra el poder destructivo que buscan las mujeres; los relatos de las amazonas, en realidad un mito griego masculino donde el deber ineludible de los hombres es salvar a la sociedad del gobierno de las mujeres; o incluso Lisístrata, donde la fantasía de poder de las mujeres queda finalmente aplastada. Expresiones tan significativas como “tomar del poder”, “asaltar la ciudadela”, “romper el techo de cristal”, etcétera, formaron y forman parte del lenguaje político y del social.

En esta separación radical entre las mujeres y el poder, escoge Mary Beard como pieza que enlaza con la actualidad la cabeza de la Medusa en el peto de la coraza de Atenea, uno de los símbolos más potentes del dominio masculino sobre los peligros destructivos que la posibilidad de un poder femenino crearía. Elemento recurrente a través de distintas obras y artistas, resulta sorprendente que la decapitación se siga manteniendo como símbolo opositor al poder de las mujeres en la actualidad. Las imágenes creadas por sus oponentes contra Angela Merkel, Theresa May, Dilma Rousseff o Hillary Clinton, que en algún momento pueblan los medios de comunicación y las redes sociales, son pruebas muy notorias del constante intento de exclusión cultural del poder de las mujeres. Y, hay que reconocerlo, el esfuerzo de algunos por mantener abierto este frente debe resultarles muy rentable porque su tesón es auténticamente numantino y se mantiene en el tiempo.

Aunque centrada en ejemplos de personajes con papel en la política, no deja de aclarar la catedrática de Clásicas que éste es un poder de “gama alta”, cercano al “techo de cristal”, donde las mujeres quedan fuera y las pioneras son auténticas supermujeres a las que, aun así, los prejuicios masculinos les impiden alcanzar la cúspide de la tarea que han elegido. Es una realidad que no todas las mujeres se ajustan a este modelo; no todas quieren alcanzar el poder, pero muchas sí desean participar en distintos ámbitos y niveles, incluso como vía para tener un mayor control de sus vidas.

A día de hoy, el poder sigue siendo tratado como algo elitista, yendo de la mano del prestigio público y del llamado “liderazgo”, que, a veces, coincide con la celebridad y corresponde a unos pocos, entre los cuales, por definición, no están las mujeres. Aunque algo van mejorando a favor de las mujeres el número y el porcentaje en esas posiciones “de poder” ocupadas en los últimos años, el camino está siendo muy difícil, y es notorio que cada vez que surge una crisis económica las mujeres somos (hago notar el paso a la primer persona del plural) las principales afectadas. Cualquiera que sea la causa, afloran en la sociedad las excusas, explícitas o no, para impedir o expulsarnos de las posiciones conseguidas a fuerza de una lucha dura e incansable.

No hay soluciones fáciles ni inmediatas, apunta la investigadora inglesa mientras confiesa su falta de confianza en que las cosas mejoren ya que ni siquiera se está cerca de cambiar el modo en que las narraciones siguen utilizándose en los ataques contra las mujeres políticas. Apunta que, la estructura, codificada en masculino, no parece estar hecha para las mujeres y por eso la mejor posibilidad consistiría en “cambiarla y considerar el poder de forma distinta: significa separarlo del prestigio público; significa pensar de forma colaborativa, en el poder de los seguidores y no solo de los líderes; significa, sobre todo, pensar en el poder como atributo o incluso como verbo (“empoderar”), no como una propiedad”.

 

Comportamientos próximos

Hace mención Mary Beard a dos situaciones con las que las mujeres estamos bastante familiarizadas. En su primer discurso, dedicado a la voz pública de las mujeres, alude a la experiencia, bastante habitual, de la “intervención fallida”: una mujer interrumpe la argumentación de un hombre introduciendo una idea y, tras unos segundos en silencio, éste retoma su discurso como si nada hubiera pasado y nada hubiera oído, indicación clara de su desprecio por lo expuesto y quien lo expone. En el discurso referido al liderazgo, introduce el mansplaining, “el hábito masculino de explicar las cosas a las mujeres utilizando un tono de suficiencia paternalista y condescendiente”, se explica en pie de página; una situación tan ridícula y rechazable como la atribución sistemática de determinados temas a ser propios “de mujeres” mientras los hombres, en pura deducción, se ocupan de lo que consideran auténticamente importante.

Mirando cerca, podrían citarse múltiples ejemplos de situaciones que ocurren en nuestro país, aunque sea en ámbitos diferentes al político. Cabe citar, como muestra relevante de prejuicios contra las mujeres (¿Qué continúan profundamente enraizados en la cultura?, me pregunto), el recibimiento que dieron en algunos medios de comunicación al nombramiento de la actual presidenta de uno de los grandes bancos españoles. Tardaron muy poco en abrirse paso algunas voces, tal vez escondidos los auténticos dueños de los dardos bajo firmas tapadera, poniendo en duda su capacidad para estar a la altura del cargo, a pesar de reconocer, por la obligación que impone un mínimo rigor periodístico, el enorme bagaje de conocimientos y experiencia con los que había llegado a la posición. Pasados cuatro años de su designación, y como era de esperar, el banco es tan sólido o más que en las fechas en las que fue nombrada. Nadie ha tomado la pluma para reconocer lo errado que era su vaticinio, pero sí se atreven a levantarla para dejar caer cosas tan ridículas como la marca de la ropa que viste. Los hechos hablan por sí solos.

 

Conociendo a Mary Beard

Especificar los méritos de Winifred Mary Beard resulta innecesario para quien haya llegado al final de esta lectura. Seguramente porque la conocen, siguen sus documentales acerca de la historia de Roma, leído sus libros o visto entrevistas de ella en televisión. Pero es de justicia dejar reflejados los logros que acumula.

Esta catedrática de Clásicas en la Universidad de Cambridge es miembro del Newnham College, una de las especialistas sobre la Antigüedad más relevantes y una de las intelectuales británicas más influyentes. Autora de múltiples obras, algunas de referencia como El triunfo romano (2008) y Pompeya (2009), es editora jefe de clásicos del The Times Literary Supplement desde 1992 y escribe el blog “A Don’s Life” que se publica en The Times. Ha escrito y presentado series documentales para televisión y radio. Es miembro, entre otras instituciones, de la British Academy (2010) y de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias (2011). Está en posesión de la Orden del Imperio Británico (2013), el Wolfson History Prize (Reino Unido, 2008) por Pompeya, el Premio de la Classical Association (Reino Unido, 2013), la Medalla Bodley (2016) y el Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales (2016).

 

 

Mª Ángeles Jiménez
                     SEMA


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