‘Tierra de Dios’, de Francis Lee

 

Amanece en la tierra de Dios. Tierra de suaves colinas y valles inhóspitos bajo un cielo siempre gris. De muros de piedra que se extienden infinitos más allá de la neblina. De hierba, barro y ovejas. En una granja de Yorkshire se enciende una luz en una ventana. Un joven en calzoncillos (Josh O’Connor) vomita abrazado a la taza del váter. Esa misma mañana acude a una subasta de ganado y allí practica sexo furioso y anónimo con un subastador en el remolque de una camioneta. Regresa a la granja, pero no ha llegado a tiempo para asistir el parto de un ternero que tiene que ser finalmente sacrificado. Johnny Saxby podría haberse mudado a la ciudad a estudiar como los otros chicos de su edad, pero la apoplejía de su padre (Ian Hart) lo obliga a trabajar en la granja mientras su abuela (Gemma Jones) se encarga de sus cuidados. Johnny está harto y ahoga sus frustraciones en salidas nocturnas, cerveza y sexo, una dinámica que convierte en rutina y le impide ejercer sus labores, lo que provoca nuevos conflictos y frustraciones. En la tierra que los propios ingleses denominan como “God’s own country”, el páramo desolador de las cumbres borrascosas que inspiró a Emily Brontë, Francis Lee ambienta su ópera prima sobre un joven tan rudo y agreste como su entorno.

Francis Lee

Lee, actor británico reconvertido en director, creció en una granja en la campiña inglesa, y si bien su primera película no se trata de un relato autobiográfico, sí ha reconocido en entrevistas que la trama responde a un “qué hubiera pasado” si no se hubiera marchado del campo para estudiar arte dramático. El resultado: una pieza profundamente cinematográfica, de silencios, donde el movimiento de los actores habla más que las palabras, y de un exquisito gusto por el naturalismo, que causó sensación en 2017 en su recorrido por festivales y entre la crítica especializada. Tierra de Dios (God’s Own Country en su título original en inglés) fue presentada en la trigésima novena edición del Festival de Cine de Sundance, donde ganó el premio a la mejor dirección de drama en la sección World Cinema, y, entre otros numerosos reconocimientos, logró el premio a la mejor película británica independiente en la vigésima edición de los British Independent Film Awards.

En la Tierra de Dios de Lee no hay sitio para dios. El que debería ser el Edén, un paraíso terrenal, es presentado como un lugar desapacible, pero no por ello exento de belleza. Sin embargo, la trama del filme arranca con un elemento que, si no divino, sí inicia el camino hacia la redención de Johnny. Los Saxby acogen, en la caravana contigua a la granja, a Gheorghe (Alec Secăreanu), un joven inmigrante de nacionalidad rumana, para que ayude a Johnny en sus labores durante la temporada de cría. Ante la entrega y cordialidad de Gheorghe, Johnny responde con displicencia, pero también con un menosprecio que desemboca en xenofobia: prácticamente sin pretenderlo, Lee ha imprimido en el filme el discurso del Brexit. Pero si bien hay ciertos toques de ese realismo social británico que tan bien han cultivado cineastas como Ken Loach o Andrea Arnold, la trama se centra en las barreras emocionales y afectivas que el propio Johnny se autoimpone, y a consecuencia de ello no reconoce el trabajo de Gheorghe y lo descalifica. Provistos de sacos de dormir, una tetera y un cubo lleno de botes de noodles instantáneos, los dos granjeros deben instalarse unos días en una cabaña en mitad del páramo para cuidar in situ del rebaño. Y es en este contexto, con un Gheorghe capaz de revivir a un borrego neonato y de escupirle sin pudor en la herida de la mano, cuando Johnny comienza a sentir una atracción por él que la cámara capta mediante un juego de planos donde Gheorghe aparece o en escorzo o fuera de campo, pero que registra las miradas furtivas y los silencios de Johnny. La tensión sexual estalla al amanecer: Johnny busca a Gheorghe, que ha salido de la cabaña a orinar, y sin mediar palabra lo fuerza a mantener relaciones sexuales, pero Gheorghe lo derriba de un empujón y forcejean en el suelo. Tras un breve instante de duda, ambos comienzan a desvestirse y practican un sexo consentido, pero agresivo, cubiertos de lodo. A diferencia de aquel primer encuentro con el subastador, esta vez Johnny no consigue imponer sus violentos modos.

Fotograma de la película

En este punto, la comparación con la obra maestra de Ang Lee, Brokeback Mountain, se antoja ineludible, si bien realmente solo pueden ser cotejadas a un nivel superficial. En Brokeback Mountain la acción se sitúa en el Wyoming de los años sesenta, donde la homosexualidad estaba tipificada como delito. En el filme del taiwanés el conflicto de sus protagonistas es hacia fuera, ante una sociedad homófoba que primero les obliga a ocultar su relación y, después, los convierte en víctimas de violencia. En Tierra de Dios, el conflicto del protagonista es hacia dentro, consigo mismo y con la gestión y la expresión de sus emociones. En el Yorkshire del filme, la homofobia parece estar superada y ni si quiera la represión que el propio Johnny se impone parece estar fundamentada, o no solo, por una aversión a su condición, pues vive su sexualidad, si bien no de manera sana, sí al menos sin un interés expreso por ocultarla.

Fotograma de la película

La convivencia con Gheorghe, que salva la vida de un borrego cubriéndolo con la piel recién despellejada de otro que acaba de morir, y los sentimientos que comienzan a surgir entre los jóvenes, ponen a Johnny en una nueva tesitura que se opone a su modo de afrontar al mundo. El segundo encuentro sexual contrasta con el primero: se funden en abrazos apasionados y caricias, aun con los movimientos torpes e inexpertos de Johnny. El protagonista comienza a interesarse por Gheorghe y su pasado, le cuenta cómo su madre desapareció de su vida. Terminan forjando una complicidad entre ellos. De regreso de nuevo en la granja, viven su romance con cariño mientras llevan a cabo sus labores, y el imprevisto ingreso de su padre en el hospital les da la oportunidad de dirigir ambos la granja durante unos días, disfrutar juntos de los macarrones con tomate que ha preparado Gheorghe y plantearse la posibilidad de que el joven rumano se instale definitivamente con ellos en la granja. Pero Johnny sigue siendo incapaz de gestionar un enamoramiento que entiende como una vulnerabilidad inadmisible en un mundo hostil y sus malos modos acaban por hacer que Gheorghe abandone a los Saxby en el momento que más lo necesitan.

De Tierra de Dios interesa la mirada distante, casi tan gélida como la campiña al alba, con la que Francis Lee aborda un relato con un marcado afán naturalista. El cineasta evita cualquier salida melodramática y deja a sus personajes respirar y evolucionar sin juzgarlos. Pero cuando Johnny y Gheorghe se miran, rozan sus manos o funden sus cuerpos en un abrazo, Lee consigue que esa mirada objetiva se influya de una intimidad y una humanidad harto delicadas. Y es ahí, cuando oigo la voz quebrada de Johnny, lidiando con la manera de expresar sus sentimientos por Gheorghe, que me descubro profundamente conmovido con la historia de estos jóvenes. Por fin, el páramo desolador, la tierra de Dios, deviene en paraíso. Ya se pueden llevar la caravana.

 

Isidro Molina Zorrilla


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