Carlos García Gual, Socio de Honor de la SEMA, en la Real Academia Española

 

Era un día primaveral de pleno invierno. Aquel domingo 17 de febrero de 2019 el eminente helenista –y otras muchas virtudes– Carlos García Gual, Socio de Honor de la Sociedad Erasmiana de Málaga (SEMA), tomaba posesión en la Real Academia Española del sillón /J/ mayúscula, que antes ocuparan sucesivamente Antonio Tovar y Francisco Nieva. A las seis y media de la tarde un sol apacible parecía querer contribuir al esplendor del acto recamando de oro la neoclásica fachada. En su interior, gentiles azafatas ayudaban a los inquietos asistentes a encontrar el sitio dispuesto para ellos. En el estrado, a la izquierda, miembros de otras Reales Academias y autoridades civiles, religiosas y militares respaldaban al candidato. Entre ellos, Francisco González de Posada, cinco veces doctor, miembro de múltiples Academias e igualmente Socio de Honor de la SEMA. A la derecha, los académicos de la RAE, entre los cuales acabaría sentándose nuestro entrañable protagonista tras la lectura de su discurso, la imposición de la medalla y la recepción del diploma acreditativo de su ingreso oficial en la más que tricentenaria institución.

El salón de actos rebosaba de acompañantes rigurosamente invitados para la ocasión, entre ellos, el presidente y el vicepresidente primero de la Sociedad Erasmiana de Málaga, Dres. Calle Carabias y Pérez Jiménez. Tras ocupar su sitial, la presidencia instó a las académicas Clara Janés y Paz Battaner, madrinas del candidato, a que fueran a buscarlo y lo acompañaran al estrado. Allí, a la derecha, esperaba en su atril Carmen Iglesias, doblemente académica, que en nombre de la institución habría de darle luego más que generosa contestación.

Sin más preámbulos, el presidente de la Real Academia y del acto, Santiago Muñoz Pacheco, dio la palabra al candidato electo para que iniciara su discurso. Con verbo dulce y sosegado nos habló de Historias de amantes peregrinos. Las primeras novelas. Fue todo un festín de erudita sabiduría, al modo como Platón en su Banquete describe que solían hacer los antiguos. Nadie entre los asistentes osó interrumpir al orador con el más leve carraspeo. Era un silencio contenido con cara de satisfacción, sólo roto cuando, al terminar, los fuertes aplausos lo hicieron saltar por los aires. Tras la calma, su docta receptora dio muestras de su saber interminable. Fue sin duda un gran día para Carlos García Gual; pero también para la Real Academia, que con él gana un eximio filólogo y una excelente persona. Por eso fue también un gran día para la Sociedad Erasmiana de Málaga y para cuantos lo apreciamos y reconocemos su valía.

Concluida la oratoria, el presidente requirió al candidato acercarse a la mesa presidencial y, puestos en pie, le impuso la medalla de la institución, le entregó, enrollado con cinta roja, el diploma que acreditaba su nueva condición de académico numerario de la Real Academia Española y le dio potestad para sentarse junto a los nuevos e ilustres colegas. Habíase cumplido así el ceremonial previsto para el ingreso de un nuevo miembro y, sin más, el presidente levantó escuetamente la sesión. Faltaba mucho, no obstante, para la conclusión del acto: las felicitaciones y parabienes de todos y cada uno de los que habíamos acudido cayeron de repente sobre el flamante académico, que, emocionado, a duras penas tenía tiempo y palabras para contestar. Su bonhomía rebosaba felicidad y gratitud. Fuera, ya había caído la noche, pero la benignidad del clima invitaba a recorrer a pie el Paseo del Prado hasta el hotel. A esas horas de la noche de domingo apenas algunos vehículos osaban romper la paz con su ruido. Mientras rumiábamos lo acontecido, un sentimiento de felicidad invadía nuestro espíritu.

 

 

 

 

Quintín Calle Carabias
Presidente de la Sociedad Erasmiana de Málaga


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