‘Yo, Julia’, la visión novelada de la mujer más poderosa de Imperio romano

Portada del libro ‘Yo, Julia’ de Santiago Posteguillo

Hay muchas certezas que una –asidua devoradora de sus libros- aventura ya al asomarse a una novela de Santiago Posteguillo. La primera es la extraordinaria amenidad de su escritura, hecho más que necesario cuando sus libros se suelen acercar a las cuatro cifras en número de páginas. Pero si pongo esta característica como primera no es porque me parezca la más importante sino la más necesaria para quien desconoce lo que escribe este profesor de lengua y literatura que sabe, como muy pocos escritores, convertir el relato histórico en algo auténticamente adictivo.

Los puristas del género histórico encontrarán siempre en sus páginas la bibliografía básica, algunos mapas de la época, los esquemas de las principales batallas que describe, el árbol genealógico crítico, un más que útil glosario de términos, en su mayoría latinos y que, al menos en mi caso, aportan conocimiento sobre muchas razones de nuestra propia lengua y las especificaciones rigurosamente históricas de algunos de los personajes que maneja en sus historias. Hasta aquí una presentación sucinta de las características de las novelas de este autor que se repiten en esta novela y que, espero, empiecen a despertar el gusanillo en los lectores que no lo conocen, esos pocos casos que se pudieran calificar de extraños dadas las ventas de sus libros.

¿Qué tiene de diferente ‘Yo, Julia’? Al margen del más que loable y no menor atributo de haberse llevado el Premio Planeta 2018, esta vez el protagonista no es un egregio general romano sino una mujer. O mejor dicho una gran mujer, porque Julia Domna, segunda esposa del que sería emperador Septimio Severo, nacida aproximadamente en el año 170 en la ciudad de Emesa, en el territorio de la actual de Siria, llegó a ser por su peso político la emperatriz más poderosa de la antigua Roma… aunque, como en otros muchos casos, haya sido casi una desconocida hasta hace muy poco.

Selectivamente llevada de la supuesta mano de un cronista objetivo, que no es otro que el gran médico Galeno, el relato novelado de la historia de ‘Yo Julia’ arranca en el año 191 d.C. y acaba seis años después. Y no es banal el hecho de que en esos momentos el Imperio romano alcanzaba una inmensa extensión: desde las regiones romanas de Hispania y Britania al oeste, hasta Capadocia y Mesopotamia (Siria) en Oriente, pasando por todo el norte de África y la actual Europa del sur y central (desde la Galia, Germania inferior, los ríos Rin y Danubio hasta la Dacia). Tampoco lo es que en un territorio tan extenso el poder, la influencia y el posible temor hacia la actitud de los gobernadores de “las provincias” en los momentos de crisis institucional -de las muchas que tuvo el Imperio y que en algunos casos terminaron en guerra civil-, dependieran del número y la preparación de las legiones bajo su mando.

En ese contexto, la novela comienza en el momento en que Julia Domna, esposa del entonces gobernador de Panonia Superior Septimio Severo y madre de sus dos hijos, logra supervivir en Roma al amenazante poder e imprevisible comportamiento del emperador Cómodo. A partir de ese momento, el sentido de la realidad, la inteligencia, la intuición y la indiscutible valentía de esa mujer la llevan a diseñar y poner los medios para llevar adelante un plan que, paso a paso, podrían llevarla a un éxito absoluto para ella y para toda su familia… o al desastre y, por tanto, en aquella época y sin remedio, a la muerte. Santiago Posteguillo nos lo cuenta pormenorizadamente pero con un rápido y muy preciso devenir de las situaciones, los personajes y su característica habilidad para conseguir la inmersión absoluta del lector en el devenir absorbente de las distintas ramas que completan la historia.

Áureo con la efigie de Julia en las páginas del libro

El autor describe a una Julia capaz de generar afinidades y también muchas envidias; una esposa que, al contrario de las costumbres de la época, sigue a su marido en las campañas militares, hasta el punto de recibir el título de mater castrorum; una aliada con una gran influencia sobre las decisiones del “líder”, primero gobernador y después autoproclamado Augustus Imperator. En definitiva, una mujer capaz de maniobrar en un mundo de hombres, deseosos todos de poder, y donde la vida de la gente, ya fueran legionarios, esclavos, funcionarios o incluso legatus, no es más que una herramienta útil al servicio de la gloria de los auténticamente poderosos, ya fuera por el peso familiar o la trayectoria militar.

No he podido evitar que la Julia emperatriz me recordara a dos grandes mujeres que estuvieron al lado de otros “líderes” y que, sin embargo y por distintas razones, su nombre se ha escrito o se escribirá con sentidos muy diferentes en la Historia. Por una parte, Eleanor Roosevelt, esposa de Franklin Delano Roosevelt, el que fuera presidente de los Estados Unidos entre 1932 y 1945, etapa clave en el cambio de paradigma del poder mundial con una Segunda Gran Guerra ganada por medio.

Eleanor empezó su trayectoria en el segundo decenio del siglo XX luchando por los derechos de las mujeres a través de diferentes asociaciones. Más adelante fue delegada en la Asamblea General de las Naciones Unidas desde 1946 a 1952; entre 1947 y 1951 presidió la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, donde jugó un papel clave nada menos que en la aprobación en 1948 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Hay muchas frases suyas, todas espléndidas, circulando por el mundo pero hoy la que prefiero traer a la luz es ésta: “El futuro pertenece a aquellos que creen en la belleza de sus sueños”.

De Hillary Diane Rodham Clinton creemos saber mucho por la cercanía en el tiempo. Abogada ejerciente de prestigio, Primera Dama de los Estados Unidos -1993 a 2001-, senadora de Estados por Nueva York -2001 a 2009-, secretaria de Estado -2009 a 2013- y, por fin, candidata demócrata a la presidencia de su país en 2017. Difícil estar más cerca del poder absoluto… Pero no pudo alcanzarlo. Lo impidieron la inequidad del sistema electoral presidencial, ya que fue ella quien realmente ganó por número de votos las elecciones, y las sucias ayudas que intervinieron a favor de su oponente.

Si se hubiera convertido en la primera mujer Presidente de los Estados Unidos no tengo ninguna duda de que el equilibrio mundial actual hubiera sido distinto y mejor. Pero de su amarga e injusta derrota me quedo con las palabras que pronunció en su primera aparición pública en televisión dos días después de las elecciones, y que tampoco tengo duda de que pudieran podido haber estado en boca de Eleanor Roosevelt o de la propia Julia Domna: «Y para todas las niñas que me están viendo: nunca dudéis de vuestra valía, ni de que podéis y merecéis tener todas las oportunidades del mundo para perseguir y alcanzar vuestros sueños» (literalmente: “And to all the little girls who are watching this, never doubt that you are valuable and powerful and deserving of every chance and opportunity in the world to pursue and to achieve your own dreams.»).

Y el próximo 8 de marzo, al igual que todos los días, seguiremos luchando por ellos.

 

 

Mª Ángeles Jiménez

                       SEMA


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